“Si el Señor no edifica la casa, en vano se afanan los constructores”
Sal 127, 1
Decía un viejo profesor de Sagrada Escritura que en la antigüedad todo costaba mucho; y hoy, que las cosas cuestan poco, todo ha perdido valor. Pensaba en eso recordando que, cuando en 1248 los primeros obreros comenzaron a recoger las cenizas de lo que fuera hasta entonces su antigua catedral -que había sido pasto de las llamas-, emplazada en el centro de Colonia, en un solar ocupado por templos cristianos desde el siglo IV, para poner los cimientos de una nueva, sabían perfectamente que lo que estaban por hacer iba a costar mucho tiempo y esfuerzo, y que ninguno de ellos viviría para ver el fruto de su trabajo. Aún así, tenían la certeza de que eran sólo una pieza de un engranaje mucho mayor, que lo que estaban haciendo era por y para algo mucho más grande que ellos mismos. Después de todo, recordaban bien que preocuparse de más es inútil, pues según la ley oral fundamental del dialecto local: “Et kütt wie et kütt!”, las cosas vienen cuando tienen que venir. La gente de Colonia siempre ha aplicado ese dicho literalmente; y seguramente fue eso lo que dijeron cuando finalmente culminaron la soberbia estructura en 1880, 632 años después[1].
El actual edificio de la Abadía de Westminster se había comenzado a construir tan solo tres años antes, en 1245, pero los ingleses fueron un poco más veloces que los alemanes, y acabarían sus labores en apenas 500 años, con la ampliación de las dos torres principales finalizada en 1745. La construcción del Duomo de Milán comenzaría más de un siglo después, en 1388, y los italianos se quedaron a medio camino entre alemanes e ingleses, dando término a su magna catedral 577 años después, en 1965. Se dice que la filigrana y los exquisitos detalles de los artesonados, ocasionaron que las obras de la Alhambra de Granada se demoraran unos 600 años. Y remontándonos ya hasta los albores de la humanidad, algunos estudiosos creen que Stonehenge se fue construyendo a lo largo de 1600 años; ningún estudioso sabe todavía exactamente para qué[2].
El hecho es que en la antigüedad, las grandes empresas se acometían porque tenían que hacerse, sin importar el tiempo que llevaran y sin importar demasiado quién se llevaba el crédito, con algunas célebres excepciones, como las sonadas disputas y rivalidades en Florencia y Roma sobre la ejecución de la formidable cúpula de Santa María del Fiore, entre Filippo Brunelleschi y Lorenzo Ghiberti, o entre Miguel Angel y Sangallo, por la Catedral de San Pedro; ambas construidas en los brevísimos plazos de 140 y 120 años, respectivamente[3].
Pero volviendo a la maravilla gótica de Colonia, es mucho lo que se ignora sobre quiénes fueron los arquitectos y constructores originales, y a nadie parece importarle demasiado el asunto. El hecho es que la obra se hizo entre muchos, durante mucho tiempo. En un documento oficial del templo se zanjó todo el asunto con esta lacónica frase: “Para la eterna memoria de la Catedral alemana más grande, finalmente concluida luego de seis siglos”.
Con el correr de los años, la técnica y las prisas, ya fuera por necesidad o por mero deseo de sus autores de alcanzar la gloria antes de que el olvido los alcanzara a ellos, hicieron que los tiempos de ejecución se comprimieran mucho, al punto de que al final estaba bastante bien documentado quién había hecho qué. Y así pasaron a la historia el romanticismo y la épica de las viejas catedrales medievales -en cuya edificación el qué y el para qué eran más importantes que el quién-, erigidas durante generaciones mediante un enorme esfuerzo colectivo, a la manera de Fuenteovejuna: ¡Todos a una!
A los hombres de estos tiempos nos ha quedado, sin embargo, una memorable reliquia de aquellas viejas glorias. Siguiendo un poco la estela de sus hermanas mayores, la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona -que el Papa León XIV visitará este 10 de junio, centenario de la muerte de Gaudí, para oficiar una misa solemne y bendecir la recién culminada torre de Jesucristo- no fue una idea original del propio Gaudí, ni nació con la magnitud que hoy conocemos. La iniciativa tuvo un origen bastante más modesto, de la mano de Josep María Bocabella, un librero de filiación profundamente conservadora que, tras un viaje al Vaticano, fundó en 1866 la Asociación de Devotos de San José con el objetivo de edificar un templo expiatorio que sirviera de contrapeso a las corrientes laicas y revolucionarias de finales del siglo XIX[4].

Con el dinero recaudado, Bocabella compró en 1881 un terreno en San Martín de Provençals. El diseño original le fue encomendado a Francisco de Paula del Villar, quien proyectó una iglesia de estilo neogótico cuyos trabajos comenzaron en 1882. Gaudí asumiría la dirección de las obras en 1883 de manera providencial, tras insalvables discrepancias técnicas y económicas entre Villar y la junta promotora. Al tomar el relevo, el joven arquitecto modificó por completo los planos tradicionales para dar rienda suelta a su revolucionaria y fértil imaginación.
Sus métodos heterodoxos desconcertaban tanto a sus contemporáneos como a los académicos de la época: rechazó el uso de los contrafuertes góticos tradicionales; en su lugar, se inspiró directamente en las leyes de la naturaleza. El diseño de las célebres columnas inclinadas y ramificadas que configuran el interior del templo como un bosque de piedra y cristal, nació de la minuciosa observación de un árbol de eucalipto que crecía justo al lado de su taller en la obra.
Prescindió de los planos tradicionales. En la maqueta del templo —y previamente en la cripta de la Colonia Güell— empleó un sistema de saquitos de perdigones suspendidos de hilos. La gravedad determinaba de forma natural la curva perfecta de los arcos catenarios. Una vez estabilizada la estructura colgante, bastaba con colocar un espejo debajo o fotografiarla al revés para obtener el diseño exacto de los alzados.
La Sagrada Familia dividió radicalmente a los intelectuales y artistas de la época, convirtiéndose en el blanco de enconadas críticas. George Orwell, durante su estancia en la Guerra Civil, la describió como «uno de los edificios más horribles del mundo» y lamentó públicamente que los anarquistas no la hubieran dinamitado cuando tuvieron la oportunidad. Pablo Picasso, por su parte, manifestó un profundo desprecio por la estética gaudiniana, asociándola a un misticismo retrógrado.
Frente al rechazo de las vanguardias locales o de observadores externos, otros creadores quedaron subyugados por su audacia. Con el paso de los años, la monumentalidad artesanal y la originalidad del templo terminaron por imponerse, demostrando que la edificación trascendía las modas de su tiempo y albergaba un alma ecuménica, una especie de “atrio de los gentiles” donde podían reunirse todos los creyentes, e incluso todos los que deseaban creer[5].
De alguna manera, la evolución de la obra fue un reflejo de la evolución del propio Gaudí: un desasimiento de lo superfluo para quedarse con lo esencial. En sus inicios profesionales, era conocido por su gusto refinado, sus trajes a medida, su afición a la buena mesa y su estrecha relación con la alta burguesía catalana, personificada en su gran mecenas, Eusebi Güell. Hacia el final de su vida, tras sufrir sucesivas pérdidas familiares y afectivas, abandonó todo apego material y comenzó a vivir a la manera de un asceta consagrado a la obra de su vida -aun cuando, en el mismo espíritu renacentista, sabía que no vería la obra completa en vida ni sería él el único autor-, recluyéndose a un modesto camastro ubicado en el propio taller de la Sagrada Familia. Se convirtió en un hombre de aspecto desaliñado, volcado en el ayuno, la oración y la recolección de limosnas puerta a puerta para financiar la continuidad de las labores cuando los fondos escaseaban.
Para esculpir las figuras humanas de la Fachada del Nacimiento, Gaudí no recurrió a modelos profesionales. Utilizaba a los propios obreros de la construcción, a los vecinos del barrio e incluso a los mendigos que frecuentaban la zona. En su búsqueda de un realismo absoluto y simbólico, el arquitecto llegó a adormecer temporalmente a gallinas y pavos con cloroformo para obtener moldes exactos de yeso antes de que los animales despertaran. De igual forma, utilizó un burro moribundo, subido a un sistema de poleas, para moldear con precisión la escena de la Huida a Egipto. A quienes lo increpaban constantemente por las demoras en la obra, les ofrecía invariablemente la misma respuesta: “Mi cliente no tiene prisa”[6].
El 7 de junio de 1926, al cruzar la Gran Vía de las Cortes Catalanas en dirección a la iglesia de San Felipe Neri para la misa diaria, Gaudí fue atropellado por un tranvía. Debido a sus ropas raídas y a la ausencia de documentos, los transeúntes y los taxistas lo confundieron con un vagabundo abandonado a su suerte. Fue trasladado al Hospital de la Santa Cruz -un hospicio para desamparados-, donde tardó en ser reconocido por el mismo capellán de la Sagrada Familia, que había salido en su búsqueda al no hallarlo en su lugar de trabajo. Falleció tres días después, un 10 de junio de 1926, hace ahora cien años. En abril de 2025 el Papa Francisco lo proclamó Venerable[7].
Para que la crónica del templo no estuviera ajena a los avatares y las tragedias de la historia que nunca pueden faltar, diez años después de su muerte, durante los disturbios anticlericales al inicio de la Guerra Civil, un grupo de exaltados asaltó el taller de Gaudí. El fuego destruyó la práctica totalidad de sus planos, notas manuscritas y fotografías, y se destrozaron a martillazos las valiosísimas maquetas de yeso a gran escala.
Gracias al titánico esfuerzo de sus discípulos y arquitectos sucesores (como Domènec Sugranyes, Francesc Quintana o Lluís Bonet i Garí, hasta llegar a Jordi Faulí, el séptimo y actual), quienes dedicaron años a recomponer pacientemente los fragmentos de yeso rescatados de los escombros, y al conocimiento de las reglas geométricas abstractas que Gaudí había dejado pautadas, fue posible continuar la edificación del templo de manera fiel a su concepción original, uniendo la artesanía tradicional con las más modernas tecnologías de modelado digital. De manera que, por más que la obra haya sido el resultado del esfuerzo de muchos, hay un nombre que ha quedado inseparablemente vinculado a ella: el de Antoni Gaudí.
Es muy poco probable que volvamos a ver, en estos tiempos de técnicas aceleradas, plazos perentorios, individualismo sobreexpuesto y utilidad inmediata, otro proyecto colectivo de construcción que se extienda a lo largo de los siglos; de manera que, los que alguna vez hemos tenido la buena fortuna de estar allí, o hemos vivido aunque sea a través de imágenes la instalación de la imponente cruz que corona la Torre de Jesucristo, podremos decir a quienes nos sucedan que fuimos testigos privilegiados de la construcción de la última de las catedrales.
[1] 5 edificios que tardaron más de 500 años en construirse https://www.dw.com/es/5-edificios-que-tardaron-m%C3%A1s-de-500-a%C3%B1os-en-construirse/g-40476342
[2] Ibíd.
[3] Véanse las vidas de Brunelleschi y Miguel Ángel en la clásica obra de Giorgio Vasari, Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos. 1568. Selección y edición de Ana Ávila. Traducción de Helena Aguilà, Mercedes Fernández, Giovanna Gabriele y Rosario López Gregoris. Madrid: Cátedra, 2013.
[4] Gijs van Hensbergen, La Sagrada Familia: El paraíso terrenal de Gaudí (Plaza & Janés, 2016)
[5] Gaudí, cien años después: el «arquitecto de Dios» que sigue construyendo la Sagrada Familia https://www.aciprensa.com/noticias/125729/gaudi-cien-anos-despues-el-arquitecto-que-sigue-construyendo-la-sagrada-familia
[6] El viaje eterno de la Sagrada Familia https://elpais.com/eps/2026-05-31/el-viaje-eterno-de-la-sagrada-familia.html
[7] Antoni Gaudí, «el arquitecto de Dios» se convierte en Venerable https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2025-04/antoni-gaudi-arquitecto-de-dios-se-convierte-en-venerable.html



