Por:Addison Lashly*
“Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me recogiste; estuve desnudo, y me cubriste; enfermo, y me visitaste…” (Mateo 25:35-36).
Hay frases que llegan a nosotros como llegan muchas verdades: tarde, pero igualmente a tiempo.
Una de ellas es aquella que popularizó Fred Rogers, el querido comunicador estadounidense que varias generaciones recuerdan simplemente como Mr. Rogers. Cuando era niño y veía en las noticias imágenes de catástrofes, miedo y destrucción, su madre le daba un consejo que nunca olvidó: “Look at the helpers”. Mira a quienes ayudan.
No le decía que ignorara el desastre. No le pedía que fingiera que el dolor no existía. Tampoco le sugería refugiarse en una ingenuidad confortable. Le enseñaba algo más difícil y más profundo: cuando el mundo parece desmoronarse, busca a quienes están intentando sostenerlo.
El reciente terremoto que golpeó a Venezuela nos recordó, una vez más, una verdad incómoda: las tragedias no cambian a las personas; las revelan.
En situaciones extremas emerge lo mejor y lo peor del ser humano. Aparece el oportunista y aparece el generoso. Aparece quien especula y quien comparte. Aparece quien utiliza el sufrimiento ajeno para dividir y quien, sin preguntar nombres, ideologías o procedencias, se lanza a ayudar.
No debemos olvidar lo malo. Sería irresponsable minimizarlo. Las fallas, las improvisaciones, los errores, incluso las miserias humanas forman parte de la realidad y deben ser reconocidos para aprender de ellas.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario: permitir que lo negativo eclipse todo lo demás.
Porque, si uno mira con atención, descubre que hubo mucho más.
Hubo personas que vaciaron sus despensas para llenar las de otros. Hubo quienes compraron y repartieron alimentos, agua, medicamentos y artículos de primera necesidad. Hubo médicos, enfermeras, paramédicos, bomberos, policías y militares (si, ellos también), trabajando hasta el agotamiento. Hubo rescatistas profesionales y también improvisados. Hubo ciudadanos comunes haciendo cosas extraordinarias porque las circunstancias se lo exigieron.
Y hubo también algo que merece ser dicho con gratitud explícita: llegaron manos desde otros países.
Vinieron extranjeros a ayudar a venezolanos que no conocían.
Vinieron porque entendieron que el sufrimiento humano no reconoce fronteras y que la solidaridad tampoco debería reconocerlas.
A todos ellos, gracias.
No como fórmula protocolar, sino como reconocimiento genuino.
Porque cada uno de esos gestos constituye algo más importante que una ayuda puntual: constituye una evidencia.
La evidencia de que existe un capital moral sobre el cual todavía podemos construir.
Demasiadas veces hablamos del país como si fuera una abstracción. Decimos “Venezuela” y pensamos en instituciones, estadísticas, crisis o conflictos. Pero un país es, antes que nada, una suma de actos humanos.
Y cuando miles de personas deciden ayudar a desconocidos sin esperar recompensa, están demostrando que existen valores comunes capaces de sostener una sociedad incluso cuando sus estructuras se tambalean.
Por eso es importante destacarlo.
Porque no es normal.
Porque no es menor.
Porque no puede despreciarse.
La solidaridad no es un reflejo automático. Es una decisión.
Cada persona que cargó una caja, preparó una comida, ofreció su vehículo, abrió su casa, hizo una transferencia, compartió información útil o simplemente acompañó a quien se encontraba solo tomó una decisión consciente de ponerse al servicio de otro.
Y eso tiene un enorme valor civilizatorio.
Sin embargo, la tragedia también dejó otra lección que sería un error ignorar.
Las buenas intenciones, por sí solas, no bastan.
Lo vimos en medicamentos y alimentos que llegaron vencidos o se deterioraron antes de llegar a quién más lo necesitaba. En toneladas de ropa que, aunque ofrecidas con generosidad, terminaron generando problemas logísticos porque requerían clasificación, ocupaban espacios críticos o desplazaban insumos más urgentes, así como muchas otras iniciativas, ejecutadas con las mejores intenciones, pero que de una forma u otra fallaron en cumplir su objetivo final.
Nada de esto invalida la solidaridad.
Al contrario.
La confirma.
Porque demuestra que la compasión necesita dirección. Que la buena voluntad necesita organización. Que la generosidad necesita criterio.
La solidaridad es una base.
No una meta.
Sobre ella deben levantarse el profesionalismo, la planificación, la preparación y la responsabilidad ciudadana.
Una sociedad madura no reemplaza la gestión con buenas intenciones; construye gestión sobre las buenas intenciones.
Y quizás esa sea la lección más importante de todas.
Cuando la emergencia desaparezca de los titulares, cuando las cámaras se marchen y el ruido informativo busque una nueva tragedia, quedará una pregunta esencial: ¿qué hacemos con aquello que descubrimos sobre nosotros mismos?
Porque lo que vimos durante estos días no fue solamente una respuesta a una emergencia.
Fue una demostración de quiénes podríamos llegar a ser.
Mr. Rogers tenía razón.
Hay que mirar a quienes ayudan.
Hay que reconocerlos, agradecerlos y aprender de ellos.
Pero no basta con mirar.
Hay que construir sobre su ejemplo.
Convertir esos gestos espontáneos en cultura ciudadana. Transformar la compasión en instituciones más sólidas. Traducir la generosidad en capacidades permanentes. Hacer que la solidaridad deje de ser solamente una reacción admirable ante la desgracia y se convierta en una práctica cotidiana de convivencia.
Porque un país no se reconstruye únicamente con concreto, maquinaria o recursos.
También se reconstruye con valores.
Y si algo nos dejó claro esta tragedia es que esos valores siguen ahí.
Visibles entre los escombros.
Reconocibles entre la incertidumbre.
Persistentes frente al miedo.
Por eso, sí: look at the helpers.
Míralos.
Pero después de mirarlos, construyamos sobre su ejemplo. Porque allí, precisamente allí, puede estar el principio de un país mejor.
Addison Lashly: Abogado



