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Mensaje pastoral de los Obispos venezolanos. Samaritanos, testigos de la esperanza

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“Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero este se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo.” (Lc 10, 33-34)

1.- A la Iglesia que camina en Venezuela y a todas las personas de buena voluntad: gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor, en el Espíritu Santo.

2.- El pasado 24 de junio, nuestra nación sufrió dos terribles terremotos, que causaron la muerte de miles de hermanos y la destrucción de muchas viviendas e infraestructuras, incluidas algunas eclesiales, llenando de dolor a toda la patria, especialmente a los que han visto partir de este mundo a sus seres queridos. Si bien es cierto que la zona más perjudicada ha sido el litoral guaireño, también existen pérdidas y daños considerables en algunas zonas de Caracas y de los Estados Aragua, Miranda, Carabobo y Falcón. Esta catástrofe natural se viene a sumar a las ya difíciles condiciones sociales, políticas y económicas en que se desarrolla la vida nacional.

3.- En el primer mes de estos eventos luctuosos, y en continuidad con lo afirmado en el comunicado publicado por la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana a las pocas horas de la tragedia, los obispos queremos dirigir un Mensaje pastoral conjunto de esp eranza y solidaridad.

TESTIGOS DE LA ESPERANZA
4.- En estos días, muchas personas se nos han acercado para preguntarnos: “¿Dónde está Dios en medio de tanta angustia?”. A este interrogante, que atraviesa la historia de la humanidad, nosotros respondemos: Dios está precisamente en y con las víctimas; ellas son las preferidas del Señor Jesús, que es el verdadero buen samaritano del que nos habla el Evangelio (Lc 10, 25-37): Él unge con amor a todos los caídos en el camino, los lleva sobre sus hombros y los hospeda en la posada de la Iglesia donde pueden alimentarse con manjares celestiales y humanos para vivir en plenitud: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré alivio” (Mt 11, 28-30). Esta es la senda que está llamada a recorrer la Iglesia entera (cf. DT 21). Dios está también en todos los samaritanos que, como Jesús, ayudan a los más necesitados.

5.- Para los cristianos, la esperanza es muy real porque está fundada en que uno de nosotros, Jesucristo, que nos representa e incorpora a Él (cf. GS 22), ha asumido y pasado por la mayor experiencia de soledad e injusticia posible, afrontando la propia muerte y gracias a su Amor

extremo e incondicional ha resucitado, destruyendo así el veneno y el poder de la muerte para regalarnos la vida en el Espíritu que nos permite dar sentido a los padecimientos de este mundo, encontrando en cualquier circunstancia motivos para el bien, para seguir luchando y para mirar a lo alto (cf. Rom 8, 28). Por eso, podemos exclamar confiados: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Co 15, 55). Esta es la mayor aportación que hace la Iglesia a sus hijos que más sufren: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo, levántate y anda” (Hch 3, 6).

6.- Por esto mismo hay que rechazar la manipulación de quienes, guiados por la superstición y el fundamentalismo, han afirmado que los terremotos son un castigo de Dios, una especie de venganza divina. Esta interpretación fue negada por el mismo Jesucristo (cf. Lc 13, 4-5). Los terremotos, así como otros desastres naturales, son fenómenos que responden al carácter cambiante del universo y del planeta en que vivimos. Es cierto que los hombres podemos agravar o acelerar las causas de tales fenómenos y sus consecuencias; y también es verdad que debemos hacer una lectura creyente de estos acontecimientos para entender lo que Dios nos pide a nivel personal y comunitario, pero no es correcto atribuirlos a una voluntad superior castigadora.

SAMARITANOS COMPASIVOS

7.- Siguiendo las huellas de Jesucristo, todos nosotros estamos urgidos a ser samaritanos compasivos. Para los creyentes, la compasión es sufrir con el otro, al que se reconoce una dignidad sagrada y con el que nos comprometemos gratuitamente para aliviar su dolor y para acabar con sus causas. La compasión verdadera nace de haber experimentado las entrañas de misericordia del Padre, que entrega lo que más ama por nuestro bien: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

8.- Exhortamos a compartir el dolor de las víctimas de estos sismos y a llevar siempre en el corazón y en la memoria el llanto de los padres y madres que han perdido a sus hijos, las lágrimas de tantos niños huérfanos, la angustia de los que han buscado por días entre los escombros a sus seres queridos… El Espíritu Santo nos invita a acercamos a ellos con los pies descalzos, como Moisés en el Sinaí (cf. Ex 3,5), porque estamos ante un misterio que nos sobrepasa.

9.- Desde esta perspectiva, nos conmueve la solidaridad de la que hemos sido testigos, especialmente la del pueblo pobre que ha sido, sin duda, el principal samaritano. Nos estremece y alecciona el heroísmo de los que han arriesgado sus vidas para rescatar a muchos de entre las ruinas desde el primer minuto de la catástrofe, el sacrificio de las madres que han sostenido la vida de sus hijos durante prolongadas y angustiosas jornadas, la perseverancia de los rescatistas y voluntarios, mención especial merecen los extranjeros, que nos han demostrado que todos los hombres somos hermanos por encima de fronteras y banderas. Ahí está Dios. Por esto y por otras formas de verdadera compasión, bendecimos a Dios.

10.- Agradecemos la solidaridad de toda la comunidad cristiana, empezando por la sensibilidad del papa León XIV, que está permanentemente atento a la situación actual de Venezuela; así como la de las distintas Conferencias Episcopales del mundo. La Iglesia sigue siendo fuente de esperanza y aliento para todas las víctimas con su oración y

acompañamiento en el duelo; pero, también, a través de la eficaz estructura solidaria de las Cáritas nacional, diocesanas y parroquiales, y de las demás instituciones eclesiales nacionales e internacionales que han abierto sus puertas, desde el inicio de la tragedia, para quien lo necesite sin mirar su credo o ideología. “La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferente frente a aquello que le suceda a nuestro tiempo» (Magnifica humanitas, 74)

SAMARITANOS LLAMADOS A RECONSTRUIR.

11.- Con los ojos puestos en Cristo y en su mejor icono humano, que son las víctimas, hacemos un llamado a la pronta y profunda reconstrucción de lo destruido por los terremotos; para ello es imprescindible crear las condiciones necesarias que permitan que todas las familias damnificadas puedan cumplir con sus fines propios por sí mismas, sin dependencias ni paternalismos, lo cual implica tener acceso a viviendas y trabajos dignos. Además, es esencial reparar sus heridas interiores, espirituales, afectivas y psicológicas.

12.- En esta tarea de reconstrucción, no debemos olvidar de ningún modo a los otros sufrientes de nuestra nación: los presos políticos, los trabajadores y pensionados que subsisten con salarios o pensiones de miseria, los enfermos, los inmigrantes… en todos ellos vemos al propio Señor (cf. Mt 25, 31-46) y tenemos el deber moral de luchar por su dignidad sagrada.

13.- La reconstrucción nos exige también hacernos eco de la indignación de las víctimas de los terremotos que se vieron desatendidas por las instituciones públicas. Como hemos dicho arriba, los desastres naturales son impredecibles; pero, es obligación de las instancias del Estado estar preparadas para afrontarlos. En adelante, todos debemos velar para que en las labores de reconstrucción no se repitan los mismos errores que en el pasado, ya que, de lo contrario, los más débiles volverán a sufrir las consecuencias de la corrupción y la indolencia.

14.- Como Iglesia nuestra primera preocupación es la vida y salud de los afectados. También tenemos la preocupación por la salvaguarda de los templos y monumentos religiosos, que forman parte de la memoria histórica y artística de nuestro pueblo, donde conservamos con veneración imágenes sagradas muy queridas por los venezolanos como el Cristo de la Salud en La Guaira y el Nazareno de San Pablo en Caracas, entre otras

INVITACIÓN FINAL

15.- Finalmente, invitamos a todos los fieles a participar de las celebraciones eucarísticas que en cada una de nuestras parroquias y comunidades se celebrarán el día 24 de julio al cumplirse un mes de los terremotos por las almas de los difuntos de esa catástrofe, por todas las demás víctimas y por la patria entera.

16.- Nuestra oración se fortalece cuando lo hacemos juntos. Sigamos impulsando iniciativas en todas nuestras comunidades para recolectar insumos y asegurar que la ayuda llegue a cada familia que lo necesita y por el tiempo que sea necesario. ¡Tras el temblor, el amor!

¡Dios no nos abandona! Camina con nosotros y nos acompaña y anima en la reconstrucción de nuestra patria ¡Que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la maternal

protección de Nuestra Señora de Coromoto, acompañen siempre el caminar de nuestra amada nación!

Caracas, 22 de julio del año del Señor 2026

LOS OBISPOS DE VENEZUELA

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