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Dulces sueños (Sweet Dreams)

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Por : Mons. Carlos Eduardo Márquez Delima *

En los años ochenta estaba de moda una canción del grupo británico Eurythmics cuya letra dice:

“De esto están hechos los dulces sueños/ Sweet dreams are made of this

Todo el mundo está buscando algo/ Everybody’s looking for something/

Algunos de ellos quieren usarte/ Some of them want to use you/

Algunos de ellos quieren ser usados por ti/ Some of them want to get used by you

Algunos de ellos quieren abusar de ti/ Some of them want to abuse you/

Algunos de ellos quieren sufrir abusos/ Some of them want to be abused«

Ya desde entonces, la despersonalización o cosificación como un terrible proceso de alienación del ser humano se denunciaba no solo en canciones, poemas y ensayos, sino también, y con mucho énfasis, por el Magisterio de la Iglesia Católica, que siempre ha considerado al hombre como persona para ser amada y jamás como una cosa para usar o abusar de ella. La visión de un “dulce sueño” como la posibilidad de utilizar al otro como objeto del propio placer, desvirtúa nuestra esencia personal y comunitaria, con gravísimas consecuencias en todos los ámbitos de la vida: en el personal, el familiar, el social y, de una manera muy importante, en el ámbito político.

Los regímenes colectivistas, al igual que los capitalistas salvajes, irrespetan los derechos humanos fundamentales e impiden la libertad de sus pueblos, a los que no sirven, sino de los que se sirven, debido a que sus “gobernados” o “gerenciados” son considerados como fichas dispensables que pueden ser usadas y desechadas a su arbitrio y no como personas para ser servidas y respetadas. Este es el camino de la destrucción de lo humano, de lo pleno, de lo verdaderamente feliz.

Benedicto XVI, en su encíclica «Dios es Amor», describe crudamente esta tragedia de la “cosificación del hombre”:

“Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro «sexo», se convierte en mercancía, en simple «objeto» que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía».(Deus Charitas est, 5 c).

Pero no solo es el reduccionismo del sentido y de la esencia de la vida a la búsqueda del placer por el placer, que cosifica y aliena a la persona, sino también la búsqueda de poder a toda costa y como un fin en sí mismo, lo que hace ver al otro como «algo» y no como «alguien», que se usa y del que se abusa para el provecho personal, para mantener la supremacía.

Ya san Arnulfo Romero denunciaba en sus homilías que la violación de los derechos humanos fundamentales, la tortura y el maltrato tienen su raíz en no ver al otro como un hermano (una persona) que debe ser respetada y amada.  El torturador considera al torturado como «algo» que debe ser eliminado y no como «alguien» que debe ser respetado y, sobre todo, amado.

Frente a esta realidad, el Papa Benedicto XVI en su carta Deus Charitas Est, describe la opción fundamental de la vida del cristiano:

“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». (Deus Charitas Est 1b).

El amor nos conduce a la plenitud de nuestro ser, es el dinamismo que transforma la sociedad y el mundo. Es lo que ha impulsado a la humanidad a alcanzar los logros más hermosos en todas las áreas del acontecer histórico del hombre. Pero el amor solo puede ser realizado y alcanzado en las relaciones interpersonales, entre sujetos y no objetos, en el encuentro con el otro. San Juan, en su Primera Carta, nos enseña:

“El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor.” 1Jn 4, 8

“A Dios no lo ha visto nadie jamás; pero si nos amamos unos a otros, Dios está entre nosotros y su amor ha llegado a su plenitud en nosotros.” 1Jn 4,12.

“Si uno dice «Yo amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” 1Jn 4, 20

Cuando perdemos de vista la realidad contundente de la existencia humana, que no es otra que el llamado a la felicidad plena, con base en el amor más allá de la mera realidad material, y que solo es posible realizarlo en el marco de relaciones personales fundadas en el encuentro mutuamente respetuoso, caemos en la tragedia de alienarnos de nuestro ser, perdiendo la vida su sentido trascendente.

“La persona en cuanto tal no puede existir ni conseguir su plenitud sino en la unión y la comunicación con otros hombres. Entendida así, la comunidad, con una visión personalizada, es diferente de las sociedades meramente políticas o sociales que subestiman las realidades espirituales y la autonomía auténtica.” (Comisión Teológica Internacional. Dignidad y derechos de la persona humana, 1983).

La persona encuentra la plenitud de su ser en la realización del amor interpersonal que requiere necesariamente del otro, del que es distinto de sí mismo. El hombre es un ser para el otro, para construir comunidad, para trascender a la felicidad plena. Esa comunidad, cuyo fundamento esencial es el amor, está allí para abrir espacios de inclusión y de aceptación de todos, sin cabida para el odio, la discriminación, la explotación o el abuso. Es crucial subrayar que el amor al que nos referimos está anclado firmemente en la verdad, en la libertad, en la justicia, y nos conduce a relaciones signadas por la paz, el servicio y la fraternidad.

El verdadero «dulce sueño», al que todos estamos llamados, consiste en participar activamente en la construcción de una sociedad basada en la vida en comunión, donde todos somos considerados y tratados como personas, no como objetos, y donde todos entregamos nuestro aporte de manera responsable y libre, con la meta clara de que esta “Tierra de Gracia”, que Dios nos ha regalado, sea cada vez más parecida al Reino de los Cielos. 

*Mons. Carlos Eduardo Márquez Delima 

Obispo auxiliar de Caracas

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