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La Universidad en la era de la Inteligencia Artificial: un llamado a la esperanza

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El pasado 6 de mayo de 2026, la Universidad Monteávila en Caracas otorgó el título de Doctor Honoris Causa al Dr. Rafael Tomás Caldera, filósofo y académico. Durante su discurso, el Dr. Caldera reflexionó sobre los desafíos y oportunidades que enfrenta la universidad en el contexto actual, marcado por avances como la Inteligencia Artificial (IA).

Caldera destacó que, a lo largo de los siglos, la universidad ha demostrado ser una institución resiliente, capaz de adaptarse a cambios profundos en la sociedad. Sin embargo, subrayó que la irrupción de la IA representa un «cambio epocal» que plantea retos inéditos. La IA, señaló, no solo transformará el mercado laboral y las profesiones, sino también las dinámicas internas de la academia: “La Inteligencia Artificial resulta una suerte de asistente superdotado, que puede apoyar, sin cansancio y sin queja, la labor de profesores y alumnos”.

El filósofo recordó que la universidad debe mantenerse fiel a su esencia como «una comunidad de personas y saberes» centrada en la búsqueda compartida de la verdad. En este sentido, elogió el papel de la Universidad Monteávila como «un verdadero testimonio de esperanza», destacando su compromiso con la formación integral y el bien común.

A continuación el discurso completo de Rafael Tomás Caldera:

Para un viejo profesor, cuya vida en su mayor parte ha estado ligada a la universidad, la distinción que hoy se me confiere es un motivo de profundo agradecimiento y, al mismo tiempo, un llamado a mantener viva la esperanza.

Surgida en Occidente hace más de ocho siglos, esta corporación de maestros y escolares formada “con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas), que tomó para sí el hasta entonces nombre genérico de ‘universidad’, se ha preservado en el tiempo e incluso se ha extendido, como sabemos, a tierras y culturas muy diferentes del mundo europeo de sus inicios. Así, la implantación de la cultura occidental en el ámbito del Continente Americano contó muy pronto para esa tarea con universidades fundadas ya en el siglo dieciséis ―en Santo Domingo, en Lima, en México―, cuando apenas comenzaba la vida colonial.

Ello apunta a un núcleo, aún válido, que ha dado vida a la institución en circunstancias de tiempo y espacio muy diversas. Hoy, sin embargo, la universidad enfrenta nuevos y grandes desafíos. Entre ellos, el más señalado es quizá la creciente penetración de la Inteligencia Artificial en nuestras sociedades.

Sin duda, la Inteligencia Artificial va a modificar el llamado ‘mercado laboral’, esto es, el modo y el ámbito de ejercicio de las profesiones, en particular aquellas que presuponen estudios universitarios. En la propia labor académica, por otra parte, la Inteligencia Artificial resulta una suerte de asistente superdotado, que puede apoyar, sin cansancio y sin queja, la labor de profesores y alumnos. Desde luego, no han faltado voces agoreras para anunciar la definitiva decadencia de las universidades, llamadas a ser sustituidas por cursos on line y tutores mecánicos.

El desafío es no solo novedoso, y como nunca antes, sino de raíz. Introduce un cambio epocal, cuyos alcances son difíciles de avizorar, aun por los más expertos. Acaso la Inteligencia Artificial sea insuperable en términos de producción de resultados, sobre todo, cuando se llegue al nivel de la IA general.

Sin embargo, todo esto pone de manifiesto ―a mi juicio― lo más esencial de la vida universitaria, ese núcleo permanente de actividad que le ha permitido persistir a lo largo de los siglos, a diferencia de tantas otras instituciones sociales de su propio tiempo de origen.

La universidad es una comunidad de personas, como bien repetía Enrique Pérez Olivares, ese hombre cabal, venezolano ejemplar, que fue aquí el primer rector. Comunidad de personas y de saberes, que tiene por fin primario la elevación de las personas en la búsqueda compartida de la verdad.

Elevación, digo, porque en el corazón de esta universidad ―en su ideario― está la persuasión contenida en estas palabras de san Josemaría, que marcan un camino: “el trabajo de la inteligencia debe ―aunque sea con un duro trabajo― desentrañar el sentido divino que ya naturalmente tienen todas las cosas” (Es Cristo que pasa, n.10). De esta manera, podemos añadir, el conocimiento de la realidad y el cultivo de las profesiones, conservando su consistencia propia, podrán orientarse al bien común y ascender al conocimiento de Dios.

En esa búsqueda compartida se atiende primero a los actos concretos de las personas que, de esa manera ―en el conocimiento y el amor―, cumplen un proceso de formación y se esfuerzan en la tarea de su destino humano.

La vocación divina de la persona se realiza en la universidad en el trabajo de la inteligencia, de manera compartida, con verdadera amistad entre los participantes. Se cumple así ese itinerario que va de la admiración y la pregunta a la verdad, afirmada en el juicio y expresada en el diálogo.

En un tiempo signado por el relativismo, las fake news y el espíritu sectario, su compromiso con lo verdadero ―en el corazón de todos sus miembros― hace de ella un ámbito de libertad, donde cada uno es valorado en su comprensión personal y donde queda fuera toda imposición por la fuerza.

Lo alcanzado en esa intensa vida académica se proyectará luego en la sociedad, al modo de esos hogares de luz que pudo decir Andrés Bello. No en vano, en la cristiandad medieval, donde surgió esta corporación de maestros y escolares, el Studium estuvo dotado de autoridad reconocida, como una representación social de la verdad.

Desde el momento en que me fue anunciado el solemne acto académico de hoy, no he podido dejar de pensar en el significado y el valor de esta Universidad Monteávila. Las limitaciones externas a las que se ha visto sometida desde sus inicios; lo que, por otra parte, quiere realizar en nuestro país como institución de educación superior, y su misma naturaleza, dedicada a personas y saberes, según hemos recordado, han hecho de ella un verdadero testimonio de esperanza.

En sus comienzos, y hasta hoy, la UMA ha sido “más grande por dentro que por fuera”. Ha sido un ambiente verdaderamente humano donde el profesor conoce, por su nombre propio, a cada alumna y cada alumno de los que le son confiados.

No ha sido una simple escuela profesional, aunque su desempeño en ese aspecto sea excelente. Ha sido una comunidad animada por el deseo de lograr en las personas la integración de los saberes profanos con la verdad acerca de Dios. Animada por la afirmación de la dignidad de cada una, de cada uno, aun marcado por alguna discapacidad. Animada en especial por el amor a esa tradición hispanoamericana, que da sustento y vitalidad a nuestra sufrida Venezuela.

Sus años de existencia ―pocos para una institución de entraña permanente― han dado, como decía, un admirable testimonio de esperanza.

De esta manera, supra montem posita, la universidad difunde su luz para fortalecer nuestras conciencias y nuestros corazones.

Nada más necesario en la vida de nuestra nación en esta su hora menguada.

No quisiera concluir sin expresar de nuevo mi profunda gratitud por la distinción conferida, y agradecer a la Providencia por habernos permitido participar en este acto que, de algún modo, marca una nueva etapa en la vida de la universidad.

Muchas gracias.

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