Venezuela ha conocido, en poco más de un siglo, casi todas las promesas y todas las fracturas de la modernidad latinoamericana. De país rural pasó, gracias al petróleo, a convertirse en una de las naciones más dinámicas del continente. Durante buena parte del siglo XX, especialmente tras 1958, construyó una democracia pactada, sostenida por partidos, sindicatos, universidades, prensa y una creciente clase media. Sin embargo, la renta petrolera también incubó dependencia, clientelismo y corrupción.
Cuando el modelo comenzó a agotarse, el desencanto abrió paso a la revolución bolivariana de Hugo Chávez en 1998. Después vinieron la concentración del poder, el deterioro institucional, la polarización, la ruina económica, la migración masiva y el autoritarismo. Los terremotos del 24 de junio no han sucedido en un país fuerte, sino sobre una sociedad largamente golpeada. La tierra tembló sobre una nación debilitada por años de crisis social, política e institucional.
Y, sin embargo, en medio del dolor, ha emergido lo mejor del pueblo venezolano. Vecinos que comparten lo poco que tienen. Jóvenes que remueven piedras con las manos. Médicos, voluntarios, parroquias, comunidades religiosas, organizaciones civiles y familias enteras que improvisan redes de ayuda, cocinas, refugios y centros de acopio. Allí donde el Estado no logra atender ni coordinar mínimamente la emergencia, la sociedad civil intenta sostener la vida. El problema no es solo la escasez de recursos, sino la desconfianza, la opacidad, los controles burocráticos y políticos que frenan o entorpecen muchas ayudas internacionales en un momento en que cada hora puede significar una vida.
Venezuela se encuentra así ante el dilema que León XIV plantea en los primeros parágrafos de la Encíclica “Magnifica humanitas”: reconstruir Jerusalén o ingresar al mundo de Babel. Es decir, reconstruir primero los vínculos antes que las piedras, o levantar estructuras sin comunión, sin verdad y sin destino común. Babel no es solo confusión de lenguas; es la pretensión de edificar sin escuchar, mandar sin servir, organizar sin amar. Jerusalén, en cambio, se reconstruye cuando cada uno redescubre la fraternidad y la cooperación, cuando el herido y el marginado no quedan solos, cuando se eleva la mirada al cielo y se reformula la vida desde ahí.
La Iglesia católica venezolana está viviendo esta hora desde el pueblo y junto con el pueblo. No como espectadora, sino como madre herida entre sus hijos. Las diócesis, las parroquias, los sacerdotes, religiosas y laicos han abierto espacios de acogida y han activado redes de solidaridad. Mons. José Luis Azuaje, presidente de Cáritas Venezuela, ha afirmado: “La tierra puede temblar, pero la promesa de que el amor es más fuerte que el miedo permanece intacta en cada mano que ayuda”.
Reconstruir Venezuela no será únicamente levantar edificios. Será llorar a los muertos, buscar a los desaparecidos, sanar a los heridos, abrir caminos a la ayuda, decir la verdad y recomponer la confianza. Desde los escombros, el pueblo venezolano recuerda que el desarrollo humano integral no sucede por decreto sino por un clima de libertad en el que sean posibles la solidaridad, la justicia, el respeto a los derechos humanos y la participación responsable de todos en la gestión del bien común.
Por Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina
Nota original: El Heraldo



