Por: Constanza Armas
Los terremotos que sacudieron a Venezuela hace una semana y las réplicas que continuaron durante los días posteriores ocurrieron en un contexto marcado por la existencia de familias y comunidades transnacionales. La tragedia no quedó circunscrita al territorio venezolano, atravesó fronteras y se extendió allí donde viven personas cuyos afectos permanecen en Venezuela. En Argentina, la comunidad venezolana experimentó esos días con una mezcla de desesperación, incertidumbre y necesidad permanente de información. Las conversaciones giraban en torno a una misma pregunta: «¿Tu familia está bien?», algunas personas comentaban que, cuando respondían afirmativamente, percibían un cierto alivio en sus interlocutores argentinos, quienes asumían que todo estaba resuelto. Sin embargo, para quienes mantienen vínculos cotidianos con familiares y amigos en Venezuela, la tranquilidad nunca llegaba del todo. Todavía es muy temprano para hablar de una diáspora afectada por el terremoto, pero sí era evidente una emoción compartida de desasosiego que atravesaba a quienes tienen sus afectos en La Guaira, Caracas y otras zonas impactadas.
La respuesta solidaria también adquirió una dimensión transnacional. Mientras en Venezuela se organizaban centros de acopio y brigadas de apoyo, en Argentina comenzaron rápidamente campañas de recolección de donaciones. Algunas organizaciones sociales promovieron aportes económicos, argumentando que el dinero permitía responder con mayor rapidez y eficiencia a las necesidades identificadas sobre el terreno. Otras optaron por reunir alimentos, medicamentos e insumos, aprovechando la posibilidad de enviarlos mediante vuelos humanitarios. Más allá de la duplicación de esfuerzos que implicó la coexistencia de distintas estrategias, participar en un centro de acopio, trasladar cajas o clasificar donaciones produjo entre muchas personas una sensación de comunidad y de agencia: la certeza de que, aun desde la distancia, era posible hacer algo por el país donde permanecen sus afectos (aunque no se sabe si estos insumos llegaron a destino).
En esos días también se multiplicaron iniciativas gastronómicas, campañas solidarias y actividades culturales destinadas a recaudar fondos. Sin embargo, uno de los espacios que adquirió mayor relevancia fue el religioso. Diversas parroquias comenzaron a abrir espacios para los venezolanos que buscaban un lugar donde compartir el duelo, rezar y encontrar contención. Los templos se vistieron de amarillo, azul y rojo, convirtiéndose en escenarios donde la identidad nacional y la fe se entrelazaban como formas de sostén colectivo.
El 29 de junio, el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva celebró una misa en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, una iglesia que desde hace años mantiene una fuerte vinculación con la comunidad venezolana en Buenos Aires. Allí se celebran festividades como San Juan, la Virgen de Coromoto y otras expresiones de religiosidad popular venezolana, del mismo modo en que hace lo propio con los procesos de organización religiosa de la comunidad paraguaya.
La iglesia estaba completamente llena. Había familias enteras, personas mayores, niños, personas con discapacidad y muchos asistentes que no pudieron ingresar al templo y permanecieron en el estacionamiento escuchando la celebración a través de parlantes, en una fría tarde de invierno porteño poco amable para quienes provienen de climas tropicales. Muchos lloraban en silencio; otros simplemente permanecían inmóviles, compartiendo una misma emoción colectiva.
La primera lectura correspondió al libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 12, 1-11), el pasaje en el que Herodes desata una persecución contra la Iglesia manda ejecutar a Santiago y encarcela a Pedro mientras la comunidad permanece orando por él. En medio de esa persecución, un ángel libera milagrosamente a Pedro de sus cadenas y de la prisión. Aunque la homilía del arzobispo estuvo centrada en transmitir esperanza frente al terremoto, la lectura bíblica también evocaba otros significados profundamente presentes para quienes escuchaban, el poder que oprime a los indefensos, la experiencia de sentirse atrapados y la posibilidad de encontrar fortaleza en la comunidad y en la fe.
Resultó particularmente impactante observar cómo la comunidad iba transformándose a medida que avanzaba la celebración. No solo se hablaba del dolor provocado por el terremoto; también se validaban las emociones de quienes habían perdido familiares, viviendas o la tranquilidad cotidiana. Se les ofrecía ánimo para continuar, se reconocía explícitamente el lugar que ocupan dentro de la sociedad argentina y se recordaba que son parte de esta comunidad. La homilía articuló, simultáneamente, un mensaje de esperanza y un reconocimiento de las distintas formas de opresión, vulnerabilidad y sufrimiento presentes en la experiencia migratoria forzada y en la tragedia reciente[1].
Las actividades religiosas continuaron durante los días siguientes. El 1.º de julio tuvo lugar un encuentro interreligioso que reunió a representantes de las iglesias católica, evangélica y musulmana, entre otras. La ceremonia se realizó en una plaza, nuevamente bajo el frío del invierno porteño, frente a personas todavía conmocionadas por el terremoto y por las sucesivas réplicas. Eran las réplicas transnacionales del terremoto, aquellas que no se registran en los sismógrafos, sino en las emociones, en las redes familiares y comunitarias, y en la vida cotidiana de quienes, aunque viven lejos, siguen teniendo su corazón en Venezuela.
La palabra del arzobispo
Y Pedro aparece después encarcelado. Pedro aparece atado con cadenas. Pedro aparece encerrado. En este pasaje encontramos a una Iglesia perseguida; una Iglesia en la que el rey Herodes mandó a matar a algunos de sus miembros, donde Pedro, ese gran apóstol de Jesús, aparece encarcelado, encerrado y vigilado. Cualquiera diría que todo está perdido, que ya no tiene sentido seguir adelante, que parece que Dios no existe, que ya no hay nada por hacer.
Y creo que ese es, un poco, el sentimiento que muchos de nosotros tenemos ahora. Creemos que ya se perdió todo, que el terremoto arrasó con las esperanzas, con nuestras ganas, con nuestra alegría, con nuestro entusiasmo. Parecería que ya no hubiera nada en pie.
La misma experiencia de aquella Iglesia primitiva que nos relata hoy la primera lectura, la misma experiencia que debió haber vivido Pedro en su corazón, es la misma que sentimos nosotros. Es decir: ya no damos más. ¿Qué más nos puede pasar? La desgracia parece que nos aplastó para siempre. Perdimos todo, y no solo bienes materiales, no solamente la vida de nuestros seres queridos, sino también las propias ganas de vivir, porque se nos nubló el corazón con la angustia y con la tristeza.
Y entonces decimos: “Ya está”. Creemos que Dios se olvidó de nosotros. Pero ¿saben qué? En ese panorama negro que nos presenta la lectura hay una frase que me parece que comienza a darnos un poquito de luz. Dice “Pedro estaba en la prisión, pero la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él; la Iglesia no cesaba de rezar a Dios por él”.
Parece que hay una fe que el pueblo hace visible; la fe del pueblo sencillo, que hace que todavía, tercamente, siga creyendo que Dios no nos abandonó, que Dios, como escuchábamos en el salmo, nos libra de todos los temores.
Y entonces, gracias a la oración, gracias a la fe de ese pueblo sencillo, parecería que se hace la luz. Entonces aparece el amor… Aparece un ángel que abre el corazón; un ángel que hace decir “No todo está perdido”. Un ángel que le dice a Pedro “Levántate rápido”.
¿Y saben qué? A esta comunidad que hoy está rezando, a esta comunidad que se junta y dice: “Hoy tengo fe en Dios; seguimos creyendo en el Nazareno, seguimos creyendo en la Virgen de Coromoto, seguimos creyendo en la Chinita”, a ese pueblo el ángel de Dios hoy le dice “Levántate rápido”. Que el terremoto, que derrumbó tantas cosas, no derrumbe tu corazón; no derrumbe tu esperanza, no derrumbe tu fortaleza, no derrumbe tus ganas de salir adelante, no derrumbe tu solidaridad.
Y por eso también hoy tenemos que ser, cada uno de nosotros, ángeles para los demás. Tenemos que decirnos unos a otros “Levántate rápido”. Tenemos que animarnos a salir de la prisión de la tristeza, de la prisión de la desesperanza, de la prisión de la angustia que están viviendo nuestros hermanos. Ayudemos a abrir esas prisiones. No nos quedemos encadenados; al contrario, levantémonos rápido, como dice hoy la lectura.
Dice hoy Jesús “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La piedra es el cimiento de nuestra Iglesia. Que el testimonio de Pedro, en la primera lectura, también sea nuestro cimiento para ponernos de pie.
¡Qué loco hablar de cimientos en tiempos de terremoto! ¡Qué loco hablar de seguridad en tiempos en que se tambalea la vida! Así como el testimonio de Pedro nos invita a crecer juntos, creo que nosotros también podemos volver a empezar.
Aquella Iglesia perseguida, aquella Iglesia que creía que todo estaba perdido… Aquel Pedro encadenado, que creía que todo estaba perdido, pero que tenía un pueblo que rezaba por él. Ese pueblo sencillo hoy somos nosotros: un pueblo que no baja los brazos y sigue teniendo fe; sigue teniendo fe en las distintas devociones del pueblo venezolano.
Entonces escuchamos la voz del ángel, la voz de Dios, que nos dice “Levántate rápido, hermanos”. Somos un pueblo creyente, un pueblo que las vivió todas; un pueblo que yo vi aquí llorar con la creencia de que todo estaba perdido y, sin embargo, siguió adelante. Y lo demuestra con su alegría, con su baile, con sus canciones, con sus lágrimas.
Levantémonos rápido. No nos dejemos ganar por la desesperanza ni por la tristeza. Por favor, seamos ángeles los unos para los otros.
Como les dije a algunos hermanos que estaban reunidos, de distintas organizaciones, pensando en cómo colaborar con el pueblo venezolano después de los terremotos: por favor, unidos. No demos lugar a la división, no es tiempo para protagonismos ni para la soberbia, no es tiempo para buscar aplausos. Es tiempo para trabajar juntos. Es tiempo para rezar juntos.
Siéntanse abrazados por todo el pueblo argentino. Siéntanse abrazados por esta ciudad de Buenos Aires, que orgullosamente dice que la comunidad migrante más importante, en número, en este momento en la ciudad, es la comunidad venezolana.
Los sentimos parte de la familia. El dolor de ustedes es nuestro dolor. Pero permítanse ser un poquito más libres. Por favor, hermanos venezolanos levántense.
Amén.
[1] La transcripción completa de esa intervención se presenta al final, se grabó con celular por lo cual hay detalles que no pudieron ser transcritos literalmente.



