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Discípulos para servir a la gente

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Por Luis Ovando Hernández, sj

De las cosas que más sorprenden de la vida de Jesús en medio nuestro está su capacidad de dársenos por entero. No hubo nada en su existencia que no compartiera con nosotros, con todos. Supo además perpetuar su presencia valiéndose de lo que la realidad y la tradición de su pueblo puso a su disposición.

El domingo pasado celebramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es decir, celebramos la presencia “sacramental” de Jesucristo en nuestra historia, hasta que nos encontremos nuevamente con Él viviendo en Dios, nuestra Casa.

Tuvimos la ocasión de escuchar del libro del Génesis cómo Melquisedec bendice a Abraham acompañando este gesto con pan y vino. En cambio, San Pablo en su Primera Carta a los Corintios nos recordaba la tradición recibida, que él transmitió a su vez: Jesús en su última cena con los discípulos tomó pan y vino, los identificó con su Cuerpo y su Sangre, pidiéndole a los amigos que realizaran el mismo gesto en memoria suya. Finalmente, el evangelio de Lucas relataba “la multiplicación de los panes” por parte de Jesús.

Obviamente, todas las lecturas apuntan a lo que hoy día nosotros conocemos y celebramos como la Eucaristía. Por cuestiones de espacio me limito a comentar únicamente el pasaje de Lucas.

Un Pastor que está muy a gusto rodeado de sus ovejas

El relato nos pone inmediatamente en contexto. Jesús está rodeado de unos cinco mil hombres, a quienes predica el Reino de Dios mientras los asiste en sus necesidades y enfermedades. El imaginario de religación nos muestra al Señor muy a gusto, pues está “en lo suyo”. O sea, esparciendo la semilla del Reino a un pueblo menesteroso y enfermo, que es sistemáticamente despreciado por sus dirigentes político–religiosos.

Este Pastor que se siente a sus anchas en semejante compañía, está igualmente atento a sus necesidades. La existencia de esta chusma crucificada toca hondamente el corazón y las entrañas del Señor. Su sufrimiento no le es ajeno porque Jesús no vive en un metaverso donde “todo se arregló”, sino que padece solidariamente con los suyos y busca solución a tanto sufrimiento injusto.

Una de las estrategias de solución es involucrar a los discípulos en la situación generada a raíz de que la gente estaba igualmente a gusto en presencia de Jesús, que no se dio cuenta de la hora o no pensó en ir a comer siquiera. Pero Jesús sí lo hizo.

Discípulos al servicio de los demás

Hay gente propensa a servir espontáneamente a sus prójimos por motivos varios; lo hacen con alegría. Existen sin embargo otros a quienes hay que introducir en el sendero del servicio. Es decir, acompañar —y ser acompañados— en la tarea de dar una mano especialmente a quien la requiera, hasta que esto se convierta en un “buen hábito”.

Estando en compañía de Jesús, los discípulos asisten a la “escuela del servicio”, por así decirlo. La lección principal es estar atentos a las necesidades ajenas, con los sentidos bien abiertos para captar las señales que provienen de la realidad, saber interpretarlas y actuar consiguientemente.

Todo lo anterior responde al hecho de que los Apóstoles no entienden sea un problema suyo el que la gente no haya comido; no es de su incumbencia que pasen hambre. Ellos detectaron la situación: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y alrededores a buscar alojamiento y comida”, mas no la solución. Tienen la sensibilidad fundamental; no así la capacidad de responder eficientemente a la dificultad.

La escuela del servicio le enseña al discípulo a interesarse honestamente por las necesidades de sus semejantes: “Denles ustedes de comer”. Reconducidas las aguas a su cauce, los Apóstoles responden —ahora sí— coherentemente: “algo hay, pero no es suficiente”. Seremos entonces testigos de un principio de nuestra fe: es posible pasar de la escasez a la abundancia siempre que seamos capaces de compartir eso poco que se tiene. Lo reitero una vez más: los venezolanos tenemos bibliotecas enteras de anécdotas sobre el compartir con los demás en medio de una crisis devastadora. Dar a otros cuando se tiene poco o casi nada, es meritorio: “donde comen dos, comen tres”.

Jesucristo bendice panes y peces, pide que la gente se junte en grupos y que sean los discípulos quienes distribuyan la comida.

Las dos líneas anteriores describen la “matriz eucarística” de la multiplicación de los panes: el Señor recibe las ofrendas, las bendice y las devuelve a los Apóstoles para que las distribuyan a las comunidades organizadas, y así puedan comer de su Cuerpo y beber su Sangre. Los discípulos pasan a ser los hombres cuyo ministerio esencial es servir a la gente.

San Pablo nos recuerda las palabras de Jesús: “Hagan esto en memoria mía”, y nosotros lo hacemos en la celebración eucarística. Es necesario ahora extender estas mismas palabras a lo que fue la vida de Jesús, para sacar algún beneficio para la nuestra. Es decir, los hombres de la comunidad servimos a la gente, a ejemplo de Jesucristo, en memoria suya nos damos a nuestros semejantes.

El hambre entre nosotros

No puedo cerrar este comentario sin hacer una referencia, por pequeña que sea, a la injusta calamidad que padece prácticamente todo el país, y que viene a mi mente cada vez que leo y medito sobre las comidas de Jesús.

Tuve ocasión de leer en este diario la noticia sobre los más de tres mil niños atendidos por diversas ONG, que padecen desnutrición aguda; informaciones de este género llegan al corazón y preocupan al espíritu. Pero también son una llamada a hacerle frente, generosa y creativamente como suele hacerse en tiempos como los que atravesamos.

El hambre como realidad hay que atenderla a nivel asistencial y estructural. Uno y otro nivel son difíciles y complejos de asumir, como puede ser dar de comer a cinco mil personas con solo cinco panes y dos peces; pero el milagro ocurrió y ocurre gracias a la apertura de los sentidos para captar las necesidades, audacia y creatividad para echar mano de los recursos disponibles, por escasos que parezcan, y comprometerse, asumir el ministerio, la responsabilidad de servir y ayudar a los demás.

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