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Aprender a morir

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Antonio Pérez Esclarín

La celebración el 2 de noviembre del “Día de los Muertos” me brinda una excelente oportunidad de ofrecer algunas reflexiones sobre la muerte. Los seres humanos somos los únicos que sabemos que vamos a morir. En cierto sentido, podríamos decir con propiedad que el hombre, como lo definió el filósofo alemán Heidegger, es un “ser-para-la-muerte”. Venimos a la vida para abandonarla y desde que nacemos empezamos a morir.  Por lo general, la muerte crea una gran angustia al que va a morir, y un inmenso dolor a los seres queridos. De ahí la necesidad de enfrentar la muerte propia y la de los demás con serenidad. Necesitamos todos aprender a morir y aceptar la muerte de los demás de un modo digno, sin convertirla en espectáculo o desesperanza, ya que la muerte es inevitable. Hay que saber vivir y hay que saber morir.

Si a vivir se aprende durante toda la vida, toda la vida debería ser un aprendizaje de la muerte.  Confucio decía “Aprende a vivir y sabrás morir bien” y Montaigne escribió: “quien le enseña al hombre a vivir, le enseña a morir”.  Porque nos sabemos mortales, la muerte tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre la vida. Reconocer que vamos a morir debería potenciar la vida, hacernos más auténticos y amables, más solidarios y humanos, más pacíficos y menos violentos, más misericordiosos y menos rencorosos, más generosos y menos egoístas, pues sólo nos llevaremos de esta vida lo que hayamos dado.

En realidad, sólo los que no han vivido en serio, los que se esclavizaron a sus pasiones o ambiciones, los que sembraron dolor y muerte a su alrededor, tienen miedo a morir. Los que aceptaron su vida y se atrevieron a vivirla con sencillez y humildad, los que la vivieron como don que se entrega, aceptan su muerte y la esperan de un modo sereno y libre, como el debido descanso después de una jornada trabajosa y fecunda. Porque la vida mereció la pena, también vale la pena morir.

Todos deberíamos esforzarnos por hacer de la vida un aprendizaje de la muerte, y de la muerte una lección de vida.  Hay muchas formas de vivir y también de morir. Hay muertes que más allá del inevitable dolor que causan a familiares y amigos, provocan paz, agradecimiento, ganas de vivir en serio, de levantarse de la superficialidad y el individualismo, de superar el rencor y la venganza. Cada persona vive la muerte a su manera. Algunos, como Jesús, los mártires y numerosas personas generosas, fueron capaces de elegir con serenidad la muerte, incluso una muerte afrentosa y muy dolorosa, en defensa de sus ideales que, para ellos, valían incluso más que la vida. Vivieron para dar vida y murieron para defenderla. Vivieron la vida como entrega y su muerte fue una consecuencia lógica de su modo de vivir. El recuerdo de sus vidas y sus muertes sigue germinando ganas de vivir con autenticidad, de gastar la vida en defensa de la vida.

Amar la vida no significa aferrarse a ella a toda costa, reduciéndola a un mero vegetar o a un alargamiento artificial que imposibilita un mínimo de calidad de vida y alarga sus sufrimientos y los de los familiares y amigos.  El que ama la vida desea, en el fondo, morir con dignidad, cuando le llegue su hora.

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