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Pentecostés: fuego, Espíritu y presencia de María

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Me gusta el Espíritu Santo. Me cae bien…

Y perdonen que me refiera a Él como una persona, pero es que en realidad lo es: la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Tal vez allí comienza el problema. Hablamos mucho del Padre y del Hijo, pero el Espíritu Santo continúa siendo, para muchos creyentes, un gran desconocido. Lo invocamos al santiguarnos, lo pronunciamos en el Credo y lo asociamos con sacramentos y celebraciones litúrgicas, pero pocas veces pensamos en Él como presencia viva, cercana y transformadora.

Y, sin embargo, el Espíritu atraviesa toda la historia de la salvación.

Por eso me conmueve tanto Pentecostés. No solamente por el estruendo del viento o por las lenguas de fuego descritas en los Hechos de los Apóstoles, sino porque es una historia profundamente humana: la historia de hombres y mujeres que tenían miedo y que, después del encuentro con el Espíritu, encontraron valor.

El libro de los Hechos nos conduce al Cenáculo. Allí estaban reunidos los Once —Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Santiago— junto con algunas mujeres, los hermanos de Jesús y María, su madre, perseverando «unánimes en la oración» (Hch 1,13-14).¹

Conviene detenerse en este detalle.No era un grupo triunfante ni seguro de sí mismo. Era una comunidad marcada todavía por la memoria dolorosa de la cruz y por la incertidumbre del futuro. El Cenáculo no era un palacio ni un escenario de gloria. Era un lugar de espera.

Y fue precisamente allí, en medio de aquella fragilidad compartida, cuando «vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso» y aparecieron «unas lenguas como de fuego» que se posaron sobre ellos; «todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2,1-4).²

Siempre me ha impresionado este pasaje porque Pentecostés no cuenta la hazaña de héroes espirituales. La Iglesia nace, más bien, de personas vulnerables.

Y allí aparece un detalle que con frecuencia olvidamos: María estaba presente.No sola. No aislada. No monopolizando el acontecimiento ni ocupando el lugar del Espíritu.

Estaba con los demás.

Este dato posee una profundidad teológica extraordinaria. La misma mujer que en Nazaret había escuchado el anuncio del ángel y había sido cubierta por la sombra del Espíritu (Lc 1,35) aparece nuevamente en el Cenáculo. Hay una continuidad silenciosa entre la Anunciación y Pentecostés.

A veces pensamos en María solamente desde la maternidad física o desde la ternura devocional. Pero la Escritura la presenta también como discípula y creyente.

Karl Rahner, uno de los grandes teólogos católicos del siglo XX, ayuda a comprender esta dimensión desde una profunda teología de la gracia. En María, Madre del Señor, Rahner insiste en que la gracia no es un adorno espiritual añadido desde fuera ni una simple ayuda sobrenatural ocasional. La gracia significa, en su núcleo más profundo, la autocomunicación de Dios mismo. Por eso escribe:

“La gracia santificante en su esencia más profunda significa Dios mismo, su comunicación al espíritu creado… el actuar del espíritu personal de Dios en lo profundo del hombre”.³

La afirmación es decisiva.

No estamos ante una fuerza impersonal ni ante una vaga energía religiosa. El Espíritu Santo es Dios habitando y transformando la existencia humana.

Desde esa perspectiva, Rahner presenta a María como la criatura plenamente abierta a esa inhabitación divina, hecha por pura gracia “madre de su Hijo y templo del Espíritu Santo”.⁴

Esta expresión permite contemplar Pentecostés desde un ángulo distinto.

María no llega al Cenáculo solamente como madre biológica de Jesús. Llega como creyente y discípula, como mujer que ya conoce el lenguaje del Espíritu. Rahner recuerda, además, que tras la Ascensión se la encuentra orando con la comunidad apostólica y situada sencillamente entre “las mujeres y los parientes de Jesús”.⁵ El detalle no es menor: María aparece dentro del nosotros eclesial.

Y esto me parece profundamente hermoso. Porque Pentecostés no es únicamente un acontecimiento interior.

El Espíritu no desciende para producir intimidades religiosas aisladas ni emociones pasajeras. Desciende para dar nacimiento a una comunidad enviada.

Aquí resulta iluminadora la reflexión del dominico Yves Congar, uno de los grandes teólogos del Espíritu y protagonista intelectual del Concilio Vaticano II. Congar insistió en que la Iglesia no puede reducirse a estructura, administración o mera organización religiosa. Antes que institución, la Iglesia es acontecimiento del Espíritu.⁶

Pentecostés recuerda precisamente eso. La comunidad reunida en el Cenáculo no posee todavía seguridad, poder ni prestigio. Posee algo más frágil y al mismo tiempo más decisivo: la promesa del Espíritu.

Quizá por eso el relato de Hechos no insiste primero en normas ni jerarquías, sino en un grupo reunido en oración.

Y en ese grupo aparece María.

Congar vio en ella no una figura paralela o externa a la Iglesia, sino una presencia profundamente eclesial: creyente entre creyentes, mujer disponible a Dios y figura de una Iglesia que escucha, espera y acoge la acción del Espíritu.⁷

Esto me parece importante subrayarlo.

María no sustituye al Espíritu.

No dirige la escena ni reclama protagonismo.

Ora… Espera…Acompaña..

Tal vez porque nadie como ella conocía ya el lenguaje del Espíritu: ese Dios que no irrumpe para dominar sino para fecundar, transformar y enviar.

El Espíritu Santo no elimina mágicamente los problemas ni evita el sufrimiento. Lo que hace es transformar el corazón humano para que el miedo no tenga la última palabra.

Pentecostés no convirtió a los discípulos en personas perfectas; los convirtió en personas enviadas.Y quizá allí reside la actualidad de esta fiesta.

A veces también nosotros vivimos encerrados en nuestros propios cenáculos: lugares interiores donde habitan el cansancio, la incertidumbre o el miedo. Pensamos que la fe consiste únicamente en conservar, proteger o resistir.

Pero el Espíritu parece hablar otro idioma.

Su lenguaje es el movimiento: viento, soplo, fuego, impulso y misión.

Por eso me gusta el Espíritu Santo.

Porque no llega para decorar la fe sino para abrir puertas.

Y porque me gusta imaginar aquel Cenáculo donde hombres y mujeres esperaban sin saber exactamente qué iba a suceder, mientras María permanecía entre ellos. No sustituyendo la acción del Espíritu, sino esperándolo con la Iglesia naciente.

Tal vez Pentecostés siga ocurriendo así.

Cuando el miedo no desaparece del todo, pero deja de gobernarnos.

Cuando alguien persevera en la oración.

Cuando la comunidad vuelve a reunirse.

Y cuando, aun con puertas cerradas, el Espíritu encuentra siempre la manera de entrar…

Notas

1. Biblia de Jerusalén, Hch 1,13-14.

2. Biblia de Jerusalén, Hch 2,1-4.

3. Rahner, Karl. 1968. María, Madre del Señor. Barcelona: Herder.

4. ibid

5. Ibid

6. Congar, Yves M.-J. El Espíritu Santo. Vol. 1. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1983.

7. Ibid

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