Andrés Bello, un nombre que la mayoría asocia con la solemnidad de los próceres y el rigor de las gramáticas que marcaron generaciones. Sin embargo, detrás de esa figura solemne, se esconde un pensador que, como un relojero del alma, dedicó su vida a desentrañar los engranajes del entendimiento humano. Su obra, aunque muchas veces relegada a los pasillos de las academias, es un cofre lleno de ideas que siguen resonando en nuestra época.
El libro Tras «el orden maravilloso del entendimiento». Diez estudios sobre la filosofía de Andrés Bello, escrito por el Dr. Juan José Rosales Sánchez publicado por el ITER, nos invita a redescubrir a este intelectual como un pionero de la filosofía de la mente. Bello no solo exploró los misterios del lenguaje y las leyes, sino que también se sumergió en el abismo del pensamiento humano. Su visión del entendimiento como una fuerza activa y creativa, más que un simple espejo que refleja el mundo, es una revelación que desafía nuestras nociones más básicas sobre cómo percibimos y construimos la realidad.
Percibir no es un acto pasivo
Uno de los planteamientos más revolucionarios de Bello es su idea de que percibir no es un acto pasivo. Contrario a la creencia común de que nuestros sentidos son como cámaras que capturan el mundo tal cual es, Bello argumenta que toda percepción es, en esencia, un juicio. Cuando vemos un árbol o escuchamos una melodía, no estamos simplemente «recibiendo» información sensorial. Estamos interpretando activamente, dando sentido al caos de estímulos que nos rodea.
Es nuestra mente la que organiza lo percibido, la que decide qué es relevante y qué no lo es. Sin este juicio interno, dice Bello, el mundo sería una masa amorfa de impresiones sin significado. Es una idea poderosa porque nos coloca en el centro del acto de conocer: somos nosotros quienes construimos nuestra realidad.
Pero si bien nuestra mente tiene el poder de organizar y darle sentido al mundo, Bello también nos recuerda que hay límites. En su análisis del entendimiento humano, señala que las experiencias más fundamentales —como el color rojo o el olor a café recién hecho— son las más difíciles de explicar. Estas percepciones básicas, a las que llama «fenómenos primordiales del entendimiento», son imposibles de descomponer en conceptos más simples.
Esto nos enfrenta a una paradoja fascinante: la base de todo conocimiento está formada por elementos que no podemos explicar completamente. Es un recordatorio de nuestra vulnerabilidad intelectual y una invitación a aceptar con humildad los misterios que subyacen a nuestra experiencia cotidiana.
¿Quién mira realmente?
Otra idea sorprendente que emerge de la obra de Bello es su distinción entre los órganos sensoriales y la conciencia. Para él, los ojos no ven ni los oídos oyen; son simplemente instrumentos al servicio del alma. Es esta última la que interpreta las señales y les da significado.
La metáfora del telescopio ilustra perfectamente esta idea: así como no decimos que el telescopio «ve» las estrellas, tampoco deberíamos decir que nuestros ojos ven el mundo. Son herramientas al servicio de algo mucho más profundo: nuestra capacidad consciente para interpretar lo que nos rodea.
En un giro inesperado, Bello también reflexiona sobre las matemáticas, una disciplina que muchos consideran fría y desprovista de emoción. Para él, sin embargo, las matemáticas son una creación profundamente humana, nacida del instinto relacional de nuestra mente. El concepto de igualdad y desigualdad —el «más» y el «menos»— es el cimiento sobre el cual construimos todo el edificio matemático.
Esta perspectiva nos invita a reconsiderar la naturaleza misma de las ciencias exactas. No son verdades absolutas descubiertas en la naturaleza, sino herramientas creadas por nuestra mente para organizar y comprender el mundo.
El lenguaje para moldear la realidad
Finalmente, Bello aborda uno de los temas por los que es más conocido: el lenguaje. Pero lo hace desde una perspectiva inesperada. Para él, el lenguaje no es solo un sistema para nombrar cosas; es una manifestación del «instinto de semejanza» de nuestra mente. Agrupamos objetos bajo un mismo nombre porque buscamos patrones y similitudes. Es nuestra forma de simplificar un mundo abrumadoramente diverso.
El lenguaje, entonces, no solo refleja la realidad; también la moldea. Nos permite navegar por un universo lleno de diferencias al encontrar puntos comunes que podamos reconocer y expresar.
Leer a Andrés Bello a través de los ojos del Dr. Rosales Sánchez es como abrir una ventana hacia un horizonte olvidado. Nos invita a repensar lo que significa ser humanos, a cuestionar cómo conocemos y entendemos el mundo. Su «orden maravilloso del entendimiento» no es una fórmula cerrada ni una verdad absoluta; es un mapa para explorar los misterios de nuestra propia mente.
Al terminar este libro, uno no puede evitar sentirse interpelado por una pregunta esencial: ¿somos realmente los dueños de nuestra percepción y pensamiento? O tal vez solo somos pasajeros en este fascinante viaje por los paisajes infinitos de nuestro espíritu. Las preguntas cobran hoy aún más vigencia en estos tiempos de Inteligencia Artificial y Post Verdad.



