Por:Graciela de los Ángeles Portillo
Hoy enfrentamos un grave riesgo: perder la memoria. Frente a lo que la periodista Mónica González califica como la «máquina de la muerte», los periodistas y comunicadores del mundo estamos llamados a narrar los horrores de los cuales muchos hemos sido víctimas a manos de gobiernos autoritarios que, en nombre de la libertad y la democracia, saquean a nuestros países por intereses económicos.
La «máquina de la muerte» es el nombre que recibe el engranaje sistemático, político y militar de la represión. Se trata de un aparato destructivo que se pone en marcha impulsado por el odio, la polarización y la complicidad civil e institucional.
Durante el 14.° Festival Gabo 2026, realizado en Bogotá, Colombia, Mónica González —reconocida periodista de investigación chilena, integrante del Consejo Rector de la Fundación Gabo y ganadora del Premio Héroe Mundial de la Libertad de Prensa— conversaba con las nuevas generaciones de periodistas sobre la urgencia de preservar la memoria en tiempos de dictadura para defender la vida. Por eso existe la necesidad imperiosa de escribirnos cuantas veces sea necesario: «Y en esta historia, los ganadores podemos ser nosotros».
En el caso venezolano, tras el doble sismo del 24 de junio, la voluntad de ayuda mutua no surge por mera casualidad ni por una simple identidad fortuita. Es la respuesta a años acumulados de un Estado ausente que incumple sus deberes fundamentales. La sociedad asumió de forma natural el rol que le corresponde como sociedad civil organizada, una estructura que, en los últimos años, también ha sido amenazada, perseguida y reprimida.
No es casualidad que los principales perseguidos sean hoy quienes buscan mostrar la verdad. En el Festival Gabo se rindió homenaje a dos periodistas colombianos asesinados por causas asociadas a su labor informativa: Mateo Pérez Rueda y Cristian Herrera Nariño. De acuerdo con la ONG Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), al menos 170 reporteros han sido asesinados en Colombia desde 1977.
Por su parte, Venezuela ocupa el puesto 159, entre 180 países, en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa publicada por Reporteros Sin Fronteras en 2026. El país permanece sumido en una gran incertidumbre en cuanto a las garantías de la libertad de información, a pesar de la liberación, a principios de año, de periodistas encarcelados tras la intervención ilegal de Estados Unidos.
En las últimas dos décadas se han cerrado alrededor de 400 medios de comunicación. En el ámbito digital se observa igualmente un patrón de bloqueos que afecta al menos a 206 dominios, entre ellos 65 portales de medios de comunicación. Entre periodistas y trabajadores de la prensa, se registran al menos 477 casos forzados al exilio entre 2018 y 2024. Sumado a ello, subsiste un marco normativo que restringe de manera indebida el ejercicio de la libertad de expresión, asociación y reunión pacífica, a través de herramientas como la «Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia», entre otras disposiciones.
Para responder a este contexto, diversas iniciativas periodísticas realizan un ejercicio de resistencia, la mayoría de las veces desde el exilio y, en otros casos, trabajando bajo el anonimato como medida de protección. Sin embargo, en la acera opuesta, también existe un periodismo cómplice y silenciador.
En este marco, en palabras de Mónica, el objetivo no es ajusticiar a través del periodismo, sino señalar a quienes vulneran los derechos de la población. De lo contrario, advierte, «habrá más muerte». El impacto buscado no es el escándalo: es detener la violencia.

No es tiempo para luchas solitarias
Por ello, periodistas, medios, activistas, organizaciones y ciudadanía deben articularse para construir una memoria colectiva. Una memoria que resignifique lo que hemos sufrido como sociedad y que contribuya a los procesos de paz, reconciliación y no repetición en una posible etapa de transición. Esto cobra especial relevancia considerando que en Venezuela, durante años, hemos enfrentado una política de opacidad informativa que cercena el derecho a saber.
El 1 de agosto se dio a conocer públicamente el proceso de diálogo político entre representantes del gobierno encargado y un sector de la oposición representada por legisladores electos en la Asamblea Nacional de 2015, bajo la observación de Washington.
La agenda de trabajo abarca la atención a las víctimas del doble terremoto, el fortalecimiento de la democracia y los derechos y garantías políticas. Cabe destacar que en Venezuela la persecución adopta formas sistemáticas de censura y hostigamiento. En este contexto, es fundamental que la libertad de expresión y de asociación juegue un papel transversal para la transición, y que sea la misma población venezolana la que pueda recuperar su ejercicio democrático de participación y elección.
En la era actual de polarización, crimen organizado y desinformación —amplificada por las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial—, sumada a las profundas desigualdades socioeconómicas, el periodismo colaborativo y en red se convierte en nuestra principal fortaleza. De allí la urgencia de dejar a un lado los egos y los intereses individuales. La narrativa del futuro dependerá de quiénes la estén contando hoy.
En ese sentido, Luz Mely Reyes, referente del periodismo independiente en América Latina y quien forma parte de la lista de periodistas exiliados, insiste en la necesidad de articularse en red porque «esto no es algo que se pueda hacer solo». Destaca, por encima de todo, la importancia del autocuidado, señalando que este no es únicamente físico, sino que implica preservar la integridad integral:
«Sería injusto pedirle a un periodista que se exponga cuando sabe que no solo lo pueden meter preso, sino que también puede perder la vida. Sin embargo, sí hay maneras de hacer las cosas, tal como se ha venido haciendo. Incluso, un periodista tiene todo el derecho de omitir su firma en una nota muy bien verificada, y eso no lo hace ni más ni menos valiente: lo convierte en una persona responsable».
El rol de las mujeres en la construcción de paz
En este proceso, narrar la paz desde la perspectiva de las mujeres es igualmente importante. En el caso venezolano, vemos a hermanas, hijas, esposas y madres que llevan más de 200 días pernoctando en carpas a las afueras de centros penitenciarios y sedes diplomáticas. Es un ejercicio de protesta pacífica que exige la libertad de los presos políticos en el marco de negociaciones que devuelvan sus derechos a más de 400 personas —según cifras de organizaciones como Foro Penal— que han sido víctimas de torturas y de procesos judiciales ilegítimos.
Muchas de estas mujeres son activistas y defensoras de la vida. ¿Cómo vamos a narrar este momento de la historia? Es nuestra responsabilidad. En palabras de líderes periodísticas como Jineth Bedoya y Catalina Gómez, se trata de contar la historia para preservar a las víctimas no como seres pasivos, sino como sujetas activas que están transformando la realidad.
Debemos trabajar en la construcción de la memoria colectiva no solo para refugiarnos en el dolor de lo vivido, sino para trascenderlo y lograr la dignificación de las personas tras los hechos ocurridos. Y en los tiempos que corremos, como dice Mónica González: «aunque tiemblen las rodillas, toca amarrarse el miedo». Vale la pena cuando el periodismo que se ejerce sirve de puente para defender la vida, combatir la muerte con amor y resguardar la dignidad humana.
Como dijo Gabriel García Márquez: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y en esto, hoy quienes ejercemos el periodismo tenemos la oportunidad de hacerlo posible para preservar la memoria, examinar las decisiones y defender los derechos. No solo desde la denuncia, sino desde un periodismo concebido por y para la esperanza.



