Skip to main content Scroll Top
Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

El espejismo de los algoritmos y la persistencia de lo humano

espejismo-algoritmos

«Quien no conoce su historia está condenado a repetirla»,

George Santayana.

Por: Addison Lashly*

Hay una fascinación casi religiosa en la forma en que los mercados financieros abrazan las promesas de la disrupción tecnológica. Ocurre, desde la revolución industrial, de tanto en tanto: una aceleración repentina de la técnica borra la prudencia de la lógica económica y de los libros contables; la especulación sustituye a la rentabilidad real y la narrativa se convierte en la única moneda de cambio. Lo vivimos a finales de los noventa con la eclosión de Internet y lo estamos atestiguando hoy, con la misma vertiginosa vehemencia, alrededor de la Inteligencia Artificial y los modelos de lenguaje a gran escala. Para entender el presente no hace falta adivinar el futuro; basta con ejercer la memoria.

A comienzos del siglo XXI, el colapso de la burbuja de las empresas .com no fue un fallo de la infraestructura técnica de la red, sino de un modelo económico que pretendió comercializarla sobre la base del humo. Se vendió la noción de que métricas etéreas, como el número de clics, la atención de los usuarios o el mero tráfico digital, bastaban para sostener valoraciones astronómicas, bajo la premisa de que la escala masiva resolvería milagrosamente la ausencia de ingresos reales.

Aquel naufragio dejó lecciones que hoy parecen olvidadas. Casos emblemáticos ilustran la desproporción de la época. Pets.com gastó una fortuna en publicidad durante el Super Bowl para vender alimento para mascotas a domicilio, aun cuando cada envío generaba pérdidas. GeoCities fue adquirida por Yahoo! a una valoración desmesurada basada en usuarios que jamás lograron transformarse en ingresos sostenibles. Webvan construyó costosos centros de distribución automatizados antes de demostrar que existía un modelo económicamente viable, mientras Boo.com despilfarró recursos en plataformas tecnológicamente tan ambiciosas que la mayoría de los usuarios ni siquiera podía utilizarlas. Todas, vendidas como casos de éxito en la época, fracasaron estrepitosamente, dejando pérdidas financieras y humanas en el camino.

Internet no desapareció tras el estallido de la burbuja. La infraestructura permaneció, la tecnología maduró y las aplicaciones verdaderamente útiles encontraron su espacio después de que todo explotó. Lo que quebró no fue el código informático, sino la fantasía de que el capital podía ignorar indefinidamente las leyes básicas del comercio y la dignidad humana.

La diferencia entre aquella euforia y la actual es que hoy la promesa no se limita a transformar mercados, sino a sustituir personas. Se nos dice que amplias categorías de trabajadores pueden ser reemplazadas por algoritmos capaces de producir textos, analizar información, generar diagnósticos o ejecutar tareas intelectuales a una velocidad y un coste imposibles para los seres humanos. La afirmación suele formularse como un avance inevitable, casi natural. Sin embargo, detrás de cada profesión desplazada existe una realidad que los modelos financieros tienden a ignorar: los trabajadores no desaparecen cuando desaparecen sus empleos.

Siguen siendo seres humanos dotados de dignidad, con familias, proyectos, obligaciones y aspiraciones. Deben seguir llevando alimento a sus hogares, pagando educación, salud y vivienda. Siguen formando parte del tejido económico que hace posible el consumo sobre el que descansan las empresas. Y, además, siguen siendo ciudadanos. Votan, participan en la vida pública y tienen un interés legítimo en las decisiones que afectan su futuro. Una economía puede reemplazar puestos de trabajo; una sociedad no puede reemplazar personas.

Es en este contexto donde cobran especial relevancia las tesis desarrolladas por autores como Cory Doctorow en obras como Enshittification: Why Everything Suddenly Got Worse and What to Do About It, The Internet Con y The Reverse Centaur’s Guide to Life After AI. Doctorow cuestiona la retórica de la infalibilidad tecnológica y muestra cómo las expectativas desmedidas alrededor de la Inteligencia Artificial pueden servir menos para resolver problemas reales que para inflar valoraciones bursátiles y consolidar posiciones dominantes en los mercados.

Su advertencia más inquietante gira en torno a la concentración del poder tecnológico. Doctorow ha señalado la racionalización utilizada para justificar la adquisición de Waze por parte de Google: Google Maps servía para saber dónde estabas; Waze servía para saber cómo llegar. Presentada así, la explicación parece ingeniosa. Examinada con detenimiento, resulta extraordinariamente endeble. Si dos plataformas responden preguntas distintas dentro de la misma experiencia de navegación, precisamente por ello compiten por resolver el mismo problema del usuario. La explicación termina funcionando como una sofisticada pieza de retórica destinada a justificar algo mucho más simple: el principal actor del mercado absorbía a uno de los pocos competidores capaces de limitar su poder.

La paradoja es reveladora. Se nos pidió creer que la innovación se fortalecería reduciendo la competencia; que los usuarios tendrían más opciones una vez que una de las opciones desapareciera; que el mercado sería más abierto después de concentrar más poder en una sola organización. Vista en retrospectiva, la operación constituye uno de los ejemplos más elocuentes de cómo el lenguaje de la innovación puede utilizarse para encubrir procesos de concentración económica. El mensaje era tranquilizador: más integración, más eficiencia, más comodidad. La realidad era mucho más sencilla: menos competencia.

Aplicado al mundo de la Inteligencia Artificial, el paralelismo resulta inquietante. Los modelos más avanzados exigen inversiones colosales en centros de datos, energía, agua, procesamiento y almacenamiento. Cuanto mayores son esos costes, menos actores pueden competir realmente. El riesgo es que el futuro de la IA quede en manos de un puñado de gigantes capaces de absorber pérdidas durante años para consolidar posiciones monopolísticas mientras presentan esa concentración como una evolución inevitable del progreso tecnológico.

Esa misma lógica reaparece en algunos de los discursos más celebrados de Silicon Valley. Mark Zuckerberg ha defendido la idea de un futuro en el que la Inteligencia Artificial asumirá funciones actualmente desempeñadas por trabajadores humanos, permitiendo a las empresas operar con estructuras cada vez más ligeras y menores costos laborales. Presentada en lenguaje corporativo, la tesis parece una promesa de eficiencia. Traducida al lenguaje humano, resulta profundamente inquietante.

Porque supone contemplar al trabajador no como una persona, sino como una ineficiencia; no como un ciudadano, sino como una partida contable; no como el destinatario último del progreso económico, sino como un obstáculo para la rentabilidad. La afirmación revela una visión extraordinariamente limitada de la economía. Los salarios no son simplemente un coste para las empresas. Son el mecanismo mediante el cual millones de personas sostienen a sus familias, participan en la vida económica y construyen proyectos de vida autónomos.

Llevada hasta sus últimas consecuencias, la lógica resulta incluso autodestructiva. Una empresa puede celebrar la eliminación de su nómina; una economía no puede celebrar la eliminación de sus consumidores. Los mismos trabajadores cuya remuneración aparece en los balances como un coste son quienes compran bienes, contratan servicios, pagan impuestos, financian sistemas de protección social y sostienen el circuito económico. Imaginar una prosperidad construida sobre la sustitución masiva del trabajo humano sin ofrecer alternativas reales de integración económica equivale a confundir una mejora de eficiencia microeconómica con una amenaza de inestabilidad social y macroeconómica.

A ello se suma una contradicción pocas veces discutida. Si el objetivo principal de la Inteligencia Artificial consiste en reducir masivamente la necesidad de trabajo humano, el sistema corre el riesgo de destruir parte de la base social que sostiene la demanda. Las empresas necesitan consumidores; los consumidores necesitan ingresos; y los ingresos, en una economía funcional, proceden principalmente del trabajo. La sustitución indiscriminada de personas por algoritmos puede parecer eficiente en el corto plazo, pero plantea interrogantes existenciales sobre la sostenibilidad económica y política de largo plazo.

La tecnología no va a desaparecer ni va a fracasar como herramienta. La Inteligencia Artificial llegó para quedarse, exactamente igual que Internet sobrevivió al colapso bursátil de comienzos de siglo. Sin embargo, el ajuste económico parece inevitable. En algún momento, los inversores dejarán de financiar consumos energéticos desproporcionados y exigirán pruebas de viabilidad real. Los modelos deberán demostrar que son capaces de generar valor más allá de las expectativas que hoy alimentan sus valoraciones.

Pero incluso cuando esa corrección ocurra, la cuestión fundamental seguirá siendo humana. La discusión sobre la Inteligencia Artificial no es únicamente financiera ni tecnológica; es profundamente antropológica. Nos obliga a preguntarnos qué valor atribuimos al trabajo, cuál es el lugar de la persona en una economía automatizada y qué responsabilidades tenemos hacia aquellos cuyos medios de vida podrían verse amenazados por el progreso técnico.

En este punto adquiere especial relevancia la reflexión del Papa León XIV en Magnifica Humanitas. El Pontífice advierte sobre la necesidad de preservar la dignidad humana frente a la expansión de la inteligencia artificial y recuerda una verdad elemental que con frecuencia desaparece de los modelos económicos: una máquina puede realizar cálculos extraordinariamente complejos, pero carece de conciencia, empatía, juicio moral y capacidad de buscar el bien común.

La cuestión central no es si un algoritmo será capaz de redactar un informe, analizar una imagen médica o revisar un contrato con mayor rapidez que un profesional. Es probable que pueda hacerlo. La cuestión verdaderamente importante es qué ocurrirá con quienes realizaban esas tareas. La innovación tecnológica sólo puede calificarse como progreso cuando mejora la condición humana. Si genera riqueza para unos pocos mientras condena a millones de personas a la irrelevancia económica, estaremos ante un avance técnico, pero no necesariamente ante un avance civilizatorio.

Una sociedad que termina valorando a las personas exclusivamente por su productividad corre el riesgo de concluir que quienes ya no resultan competitivos son prescindibles. Esa conclusión no sólo sería moralmente inaceptable; también sería políticamente explosiva. Los trabajadores desplazados por la automatización no son estadísticas ni líneas de coste en una hoja de cálculo. Son ciudadanos. Forman comunidades, sostienen familias, participan en elecciones y contribuyen a la legitimidad de las instituciones democráticas. Ignorar esta realidad significaría repetir uno de los errores más frecuentes de las burbujas especulativas: confundir una narrativa financiera con la realidad humana.

La historia demuestra que el verdadero peligro de las burbujas no reside únicamente en las pérdidas que dejan tras de sí, sino en la ceguera colectiva que producen mientras duran. Ni la Inteligencia Artificial reemplazará la conciencia humana ni la economía sostendrá indefinidamente promesas desvinculadas de la rentabilidad. Pero tampoco existe garantía alguna de que los empleos destruidos por la automatización serán sustituidos automáticamente por nuevas oportunidades con la misma velocidad y para las mismas personas.

Entre la desaparición de un oficio y la aparición de otro existe un espacio de incertidumbre donde viven seres humanos concretos. Allí se juega el verdadero debate sobre la Inteligencia Artificial. Porque, al final, los algoritmos no consumen, no forman familias, no sostienen comunidades, no ejercen derechos políticos ni asumen responsabilidades morales. Las personas sí.

Quizás el verdadero espejismo de nuestra época no sea creer que las máquinas pueden pensar como los seres humanos, sino creer que las sociedades pueden prosperar sin ellos. Porque los algoritmos generan datos, optimizan procesos y ejecutan instrucciones; pero las personas generan cultura, comunidad, legitimidad democrática y civilización.

Poner a la persona humana en el centro no es un acto de nostalgia ni una forma de resistencia al cambio. Es la única garantía de que, cuando el humo de esta nueva fiebre tecnológica finalmente se disipe, la innovación que permanezca siga estando al servicio de una sociedad libre, justa y genuinamente humana, y no al servicio exclusivo de quienes hayan conseguido concentrar el capital, los datos y el poder. Porque el progreso deja de ser progreso cuando olvida a las personas en cuyo nombre dice avanzar. Y una sociedad que olvida esa diferencia corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que había confundido el futuro con un espejismo.

*Addison Lashly.

Abogado. Consultor jurídico

Lee también: Cultura y saqueo

Entradas relacionadas
Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Oldest
Newest Most Voted
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios
0
Me encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x
()
x
Nuestros Grupos