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Reconciliación: Verdad y Justicia

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En un país marcado por profundas divisiones y heridas abiertas, la reconciliación no solo es un ideal, sino una necesidad imperiosa. Así lo afirma el P. Alfredo Infante, s.j., provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela, quien ha dedicado su vida al servicio de la educación, la fe y la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Este jesuita venezolano, nacido en 1963 y formado en Filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y en Teología en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER), nos ofrece en esta entrevista una reflexión profunda sobre los desafíos que enfrenta Venezuela tras los eventos del 3 de enero de 2026. Desde su perspectiva, el camino hacia una verdadera reconciliación pasa por el reconocimiento de las heridas del país, la apuesta por la verdad y la justicia, y la construcción de una cultura democrática que garantice un Estado de derecho sólido.

—Juan Salvador Pérez (JSP): Alfredo, muchísimas gracias por esta oportunidad de poder entrevistarlo nuevamente. Después del 3 de enero hemos considerado que han ocurrido cambios muy importantes en Venezuela. Ya hemos conversado sobre esto en otras ocasiones, pero claramente el país no es el mismo desde ese momento. Quisiera comenzar preguntándole: ¿Cómo queda hoy, para usted como provincial de la Compañía de Jesús, esa palabra tan importante como es la reconciliación? ¿Qué significa y qué supone en este momento del país?

—Alfredo Infante (AI): Bueno, primeramente, muchas gracias, Juan Salvador, por este momento y por la oportunidad de conversar sobre temas tan trascendentales para el destino del país y nuestra misión como hombres de fe. Para mí, la revista SIC siempre ha sido un espacio clave en momentos importantes de nuestra historia, y este que estamos viviendo no es la excepción.

Respecto a su pregunta sobre la reconciliación, quiero empezar recordando que cuando San Ignacio fundó la Compañía de Jesús, dejó claro que nuestra misión era la propagación de la fe y la reconciliación de los desavenidos. Es decir, no estamos hablando de algo que hemos adoptado recientemente por las circunstancias actuales; esto está en el ADN mismo de nuestra misión como jesuitas. Pero ahora el desafío es traducir ese ADN a un contexto tan herido y fracturado como el que vive Venezuela.

La palabra «reconciliación» puede generar escepticismo e incluso rechazo en un país con tantas heridas abiertas. Hay quienes piensan que hablar de reconciliación equivale a validar la impunidad, pero no es así. La reconciliación implica necesariamente una apuesta por la verdad, por la justicia y por la reparación. Sin embargo, debemos tener claro que si no nos reconciliamos como sociedad, simplemente no habrá país.

Recientemente, en un encuentro con familiares de presos políticos, una mujer compartió algo que me marcó profundamente. Ella dijo: «Yo he perdonado». Y cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió: «Porque el perdón sana. En el momento en que decidí perdonar, el victimario dejó de actuar en mí». Esto me impactó profundamente porque distingue entre perdón y reconciliación: el perdón es un acto personal y sanador, mientras que la reconciliación requiere un proceso más complejo que involucra a ambas partes y exige reconocimiento mutuo.

Reconciliarse no es sencillo ni rápido; es un proceso largo que requiere tiempo, voluntad y compromiso. Pero estoy convencido de que debemos seguir adelante. Como escuché una vez en Roma frente a la tumba de San Francisco: «Vai avanti», sigue adelante.

—JSP: Padre Alfredo, hoy en día los venezolanos enfrentan una realidad compleja. Tras los anuncios del 3 de enero desde Mar-a-Lago, se generaron muchas expectativas económicas y políticas. Sin embargo, ¿cuál es su lectura sobre cómo está viviendo realmente el venezolano común tres meses después?

—AI: Creo que estamos en un momento marcado por una gran incertidumbre. Si tuviera que usar una imagen para describir nuestra situación actual, diría que Venezuela es como un barco que estaba atascado en una tormenta y que el 3 de enero logró destrabarse. Sin embargo, aunque ahora hay movimiento y algo de luz comienza a entrar por las ventanas del barco, seguimos navegando en medio de una tormenta. Y lo más preocupante es que no tenemos una brújula clara o hay demasiadas brújulas apuntando en direcciones diferentes.

Los venezolanos sienten cierta esperanza porque hay señales de cambio; sin embargo, también hay desconfianza porque muchos perciben que los tripulantes del barco siguen siendo los mismos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿hacia dónde vamos? Como Iglesia y como sociedad, nosotros creemos que el horizonte debe ser la fraternidad. Pero para llegar allí necesitamos procesos sólidos de reconciliación.

La fraternidad se traduce históricamente en términos concretos: Estado de Derecho e institucionalidad democrática. En Venezuela hemos visto cómo la institucionalidad democrática se ha deteriorado porque carecíamos de una sólida cultura democrática. Por eso nuestra apuesta desde la Iglesia es doble: trabajar tanto por reconstruir las instituciones como por fomentar esa cultura democrática basada en el bien común.

Sin embargo, enfrentamos dos grandes desafíos históricos: el rentismo petrolero y las expectativas mesiánicas. La cultura rentista nos ha hecho depender del petróleo como si fuera nuestra única fuente de bienestar económico, olvidando la importancia de construir una economía productiva. Por otro lado, las expectativas mesiánicas hacen que pongamos nuestras esperanzas en líderes salvadores en lugar de asumir colectivamente nuestra responsabilidad ciudadana.

Para superar estos retos necesitamos diálogo, alianzas y negociaciones que nos permitan reinstitucionalizar al país y orientarlo hacia un modelo democrático sólido, basado en el Estado de derecho.

—JSP: Ha mencionado usted algo muy importante: la necesidad de construir una cultura democrática. Sin embargo, parece que hoy en día la palabra «democracia» está ausente del discurso político en Venezuela. ¿A qué cree usted que se debe esto?

—AI: Creo que estamos viviendo un momento histórico donde el valor de la democracia se ha desdibujado a nivel global. Las agendas predominantes están centradas más en cuestiones como seguridad o desarrollo económico que en fortalecer los principios del Estado de derecho y la democracia.

Sin embargo, no podemos permitirnos olvidar lo esencial: la democracia es quizás uno de los logros políticos más importantes del siglo XX. Aunque todavía es perfectible y no existe un modelo único aplicable a todos los contextos, sigue siendo fundamental para garantizar los derechos humanos y controlar los excesos del poder.

La democracia tiene un valor intrínseco porque establece mecanismos para limitar el poder y prevenir abusos. No se trata simplemente de buenos o malos líderes; incluso las personas más bienintencionadas pueden cometer errores si no existen controles adecuados. Por eso es crucial trabajar tanto desde las instituciones como desde la sociedad para fortalecer este sistema político.

—JSP: Finalmente, padre Alfredo, me gustaría conocer su perspectiva personal como hombre de fe ante los desafíos actuales de Venezuela. ¿Cuál cree usted que es el llamado principal para los cristianos en este momento?

—AI: Estamos llamados a discernir qué significa ser buenos samaritanos hoy en día. No solo se trata de atender al herido individualmente, sino también de pensar cómo construir un país donde todos los heridos puedan sanar.

Venezuela es un país herido y fracturado, pero también dividido y traumatizado. Necesitamos reencuentro y perdón. La parábola del hijo pródigo o padre misericordioso nos invita a reflexionar sobre cómo ser instrumentos de misericordia y reconciliación.

En este contexto, las bienaventuranzas cobran un significado especial: ser constructores de paz en medio del conflicto, tener hambre y sed de justicia, ser limpios de corazón para recuperar la confianza perdida, consolar a quienes lloran por las fracturas familiares causadas por emigraciones forzadas y violaciones a los derechos humanos.

En definitiva, creo que nuestro llamado como cristianos es ser continuadores responsables de la misión de Cristo: construir una familia humana capaz no solo de convivir con sus diferencias sino también de celebrarlas como una riqueza común.

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