En el contexto de los recientes terremotos que han afectado a Venezuela, el padre provincial Alfredo Infante SJ ofreció una homilía en el Colegio San Ignacio de Caracas. En su mensaje, Infante se dirigió a la comunidad, reconociendo el sufrimiento de aquellos que han perdido tanto y subrayando la importancia de la solidaridad y el apoyo mutuo. Sus palabras destacaron la presencia de Dios entre nosotros, manifestada a través de los actos de ayuda y consuelo, recordándonos que, incluso en tiempos difíciles, la fe y la unidad pueden ser nuestra fortaleza.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy nos reunimos ante Dios con el corazón herido por el duelo, y lleno de preguntas sin respuestas ante el sufrimiento del inocente y ante tanto drama vivido como pueblo. ¡Otro golpe nos sacude!
Entre nosotros aquí descubrimos dos realidades que se abrazan: los rostros de quienes han vivido el impacto directo de esta tragedia, que cargan en su cuerpo el miedo del sismo y en su alma el vacío de lo perdido; y también los rostros de quienes, movidos por el amor, también sacudidos por el sismo, se acercan al otro con impotencia, pero con un deseo inmenso de consolar y ayudar. A todos ustedes, mis queridos hermanos, les digo hoy: el Señor está aquí, en medio de nosotros. Él es el Emanuel, nunca nos abandona.
Es completamente humano que en estos días nos asalte y nos queme por dentro la pregunta: «¿Dónde estaba Dios cuando la tierra tembló?». No tengan miedo de hacerse esa pregunta honesta, Dios acoge nuestra oración sincera, la biblia está llena de gritos y oraciones desgarradoras hacia Dios. Hoy el Evangelio nos muestra a Marta saliendo al encuentro de Jesús con ese mismo dolor y con un reproche cargado de fe y desesperación: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Qué oración tan honesta. Marta no finge estar bien; le abre su corazón roto al Maestro. Y Jesús no la reprende, no la juzga por su
reclamo. Al contrario, se conmueve hondamente con ella.
A todos nuestros hermanos que hoy lloran pérdidas, que miran con dolor los escombros de sus hogares o la ausencia de sus seres queridos, les repito las palabras del salmista: «el Señor mira sus trabajos y sus penas, y ensancha sus corazones oprimidos»
El sismo sacudió la tierra, derrumbó las paredes y nos dejó a la intemperie, pero no pudo sacudir el amor que Dios nos tiene. Los testimonios de fe en medio de tanta desgracia son una fuerza misteriosa que nos confirman y nos llena de esperanza. Personas que habiendo perdido todo han decidido levantarse y
dedicarse a apoyar a los demás. Han encontrado en la solidaridad un camino de sanación. Como nos ha dicho san Pablo con una fuerza tremenda: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, los peligros?». ¡Nada!
Ni la fuerza de la naturaleza, ni las réplicas, ni el polvo de las ruinas pueden separarnos del Corazón de Jesús que nos lleva al Padre. Su amor es la única estructura que permanece intacta cuando todo lo demás se cae. Ante tanto desamparo Él es nuestro refugio, fortaleza y el que nos levanta.
Por eso, Dios, en su misterio de amor, no nos consuela a la distancia. El profeta Isaías nos prometía hoy que el Señor «enjugará las lágrimas de todos los rostros».
¿Y cómo lo hace hoy, aquí y ahora? Lo hace a través de ustedes, mis queridos hermanos de la comunidad solidaria del Colegio San Ignacio. Como dice San Juan «a Dios nadie lo ha visto», Él no baja con una trompeta anunciándose desde el cielo; Él usa las manos de todos nosotros, nuestro tiempo, nuestros recursos, y sobre todo nuestra oración para secar las lágrimas de nuestros hermanos
golpeados por la tragedia. Él actúa en nuestro corazón y desde nuestro corazón sosteniendo con su Espíritu de amor nuestros esfuerzos y amor.
Antes del evangelio, cuando escuchamos el Aleluya se decía: «Vengan, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes», el Señor nos recuerda que la fe se vuelve viva en la caridad. Ser solidarios hoy no es hacer un favor; es ser el rostro visible, los brazos y el consuelo de Dios para el que lo perdió todo.
En Betania, muchos se acercaron a Marta y a María para darles el pésame y sostenerlas; hoy, esta comunidad se convierte en esa casa de Betania donde el dolor directo y el consuelo fraterno se funden en un solo abrazo.
Hermanos, la muerte, el miedo y las ruinas no tienen la última palabra. Jesucristo nos mira hoy a los ojos a cada uno de nosotros y nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?». Responder «sí» en este momento de oscuridad es el acto de fe más auténtico que podemos ofrecerle. Significa creer que del polvo nos vamos a levantar, que con la gracia de Dios y la fuerza de la comunidad vamos a reconstruirnos y reconstruir lo que se ha caído, y que los corazones heridos volverán a encontrar La Paz, cicatrizados y renovados.
Sostengámonos unos a otros. Que el hermano afectado encuentre refugio en el hermano solidario, y que el hermano solidario reconozca a Cristo en el hermano que sufre. Que la Virgen María, que supo estar de pie al pie de la cruz, con el corazón traspasado por el dolor y con la fe puesta en su hijo, nos enseñe a
permanecer firmes en la esperanza en esta hora difícil que vivimos. Nada ni nadie nos separa del amor de Cristo y de tanto dolor saldremos acrisolados como el oro.
¡Talita Kum! levántate y anda porque Jesús es la resurrección y la vida. Amén



