Este escrito nace de un encuentro del personal del Gumilla con la pregunta que lo encabeza. Y se publica porque nos parece pertinente que toda la ciudadanía reflexione sobre lo que está aconteciendo y porque nos parece que este aporte puede ayudar a concretar y encauzar las reflexiones.
1 Lo más elemental que expresan varios es que sintieron miedo. Alguno expresó lo que sentimos todos: “¿qué está pasando?” El desconcierto proviene de que el suelo es el piso firme de la casa, que es la tierra, en la que estamos asentados. Si nuestro piso tiembla, se tambalea, es que no estamos seguros, nada está seguro. Luego volvió la calma, aunque hubo muchas réplicas. El temblor ¿fue una excepción o es cierto que no estamos seguros? La verdad es que tenemos una relativa seguridad. No es verdad que nunca nos va a pasar nada. Pero tampoco es sensato vivir en una constante zozobra.
2 Se puso al descubierto, como dice uno, la fragilidad del ser humano. Es, como decía otro, el síndrome del sobreviviente. Por eso otro reconoció: “Yo también necesito cuidado” y otro expresó: “tenemos que cuidarnos”. Ahora bien, eso no significa que estemos desvalidos. Por eso otro afirmaba que hemos sentido la solidaridad y la entrega de un sujeto vulnerable. En ese mismo sentido otro decía que el sismo ha ayudado a valorar la vida, que es a la vez fragilidad y capacidad de dar. Es lo que decía Pablo de Jesús: que “nos enriqueció desde su pobreza”.
Somos seres procesuales, por eso una interpretaba el dicho: “como vaya viniendo, vamos viendo” de esta manera: “mientras vaya viviendo, vamos viendo”. Y otra: “una va viviendo a medida que pasan los días, esperando que regrese la estabilidad”. Otro afirmaba: “mi padre me enseñó a tener temple en la dificultad. Cuando salí del edificio se me asentó el temple y lo he cultivado”. Y otro: “después del movimiento tremendo y de los gritos, cuando vi que no le había pasado nada a mi familia, sentí calma”.
Somos sujetos que nos tenemos que responsabilizar de nosotros mismos. Esto implica asumir que somos seres de necesidades, que no somos autosuficientes, que hemos nacido desvalidos y que hemos podido salir adelante por el amor de nuestros padres y de tantos otros que nos dan contantemente; pero que no somos sólo destinatarios de la acción de otros, sino sujetos que nos hacemos cargo de nosotros mismos y que damos desde la conciencia de nuestra necesidad.
3 Por eso dice uno: “Dios me invitaba a acompañar”; y otro, “a ayudar en las distintas esferas”. Y otro: “mi vocación es hacer el bien: ayudar”. Y otro dice estar abocado a construir en todos los aspectos. Y otro, que en cuanto pudo, salió a ayudar y apoyar a la comunidad parroquial. Otro se peguntó: “¿qué puedo aportar?” Y se respondió: “lo mío es el voluntariado. Espero participar en la reconstrucción. Me aferro a que la solidaridad nos ayudará a salir adelante”. Y otro reconoce: “se activó la solidaridad, la preocupación por el otro”. Y otra: “bajé a ayudar a La Guaira. Ayudé bastante. Distribuí tareas y mercancías”. Y otra se siente invitada a servir en medio del dolor, a ayudar institucionalmente. Otro dice que vio a muchos niños llorando y que trató de amortiguar su dolor y para lo mismo bajó a La Guaira.
Es cierto que, así como el terremoto puso en evidencia que habíamos construido donde no debíamos y que muchas construcciones eran muy deficientes, lo que implica una gravísima irresponsabilidad tanto de los constructores como del gobierno, también puso a funcionar el sentido de solidaridad de muchos venezolanos para los que ayudar a los demás es algo completamente constitutivo de su condición de sujeto, les sale de dentro y lo hacen poniendo lo mejor de sí. No para obtener reconocimiento, sino como una oportunidad de dar de sí.
4 La conciencia de su precariedad en medio de tanta destrucción los lleva a todos a dar gracias a Dios por estar vivos ellos y sus familiares. “Siento, dice uno, un profundo agradecimiento: Estamos aquí y también nuestros familiares”. Otro dice: “no recriminé a Dios por lo que había pasado: valoré la vida y me aboco a vivir lo que Dios nos va regalando”. Otro afirma: “hay que dar gracias a Dios porque aquí estamos”. Por eso otro habla de que “me ha acompañado el evangelio de Jesús”; y otro, que el misterio del dolor de Jesús nos da paz. Y otro, que la oración es un abrazo al alma.
Es cierto que el terremoto puso al descubierto que muchísimos venezolanos vivimos de la relación constante de Dios con nosotros y respondiendo con fe agradecida. Y por eso, pidiendo con confianza y apertura a los que Dios quiera y poniéndose a su disposición, que saben que es siempre salvadora y humanizadora.
5 Al final uno se pregunta: “¿cómo será la vida después de esto?”. Esta es una pregunta crucial: ¿pasará el terremoto y nos olvidaremos de él, como si no hubiera pasado nada? Sería una gravísima irresponsabilidad no sacar lecciones de este acontecimiento que nos ha afectado tanto. Y, asumiendo esta actitud, otro reconoce: “yo no soy el mismo después del 24”.
Nosotros hemos sacado lo que acabamos de exponer:
1 Ante todo que, si queremos hacer justicia a la realidad, no tenemos que creernos seguros, pero tampoco podemos vivir en una zozobra constante: conscientes de que nada es estable, tanto nosotros, que somos seres finitos y procesuales, como la tierra, que también lo es, tenemos que asumir también que somos sujetos responsables de nosotros mismos y corresponsables de aquello en lo que vivimos y de aquellos con los que vivimos y que tenemos posibilidades de hacerlo y que así es como nos realizamos y contribuimos a la vida de la tierra y a la calidad humana de la humanidad.
La procesualidad se expresa en que nacemos como los animales más desvalidos: si no nos atienden constantemente, morimos. Comenzamos, pues, recibiendo, y la mayoría como muestra de amor: de relaciones de entrega de sí horizontal, gratuita y abierta. Nos vamos haciendo conscientes de ello y respondemos entregándonos. Aunque también hay quien responde tratando de que lo atiendan siempre y de ser el centro de lo que vive. Estamos tan abiertos que con nuestros actos podemos humanizarnos o deshumanizarnos. Es una posibilidad y por tanto una elección constante.
2 El acontecimiento, tan absolutamente fuera de nuestro control, hizo sentir a muchos sobrevivientes un profundo agradecimiento a Dios por estar vivos. Sabían que él no había intervenido en el terremoto: él no mete la mano en el mundo, deja que la creación y nosotros en ella, siga su curso desde ella y desde nosotros mismos. También sabían que él había acogido a los muertos; por eso la catástrofe era sentida como extremadamente dramática, pero no trágica, porque Dios tiene la última palabra y es siempre de salvación, si nos abrimos a ella, porque el amor no hace nada en contra del amado. Pero muchos sintieron la necesidad o, mejor las ganas y el gusto de dar gracias a Dios por estar vivos ellos y sus seres queridos. Y también de pedirle por todas las víctimas: por los heridos y por los que habían perdido la vivienda y las pertenencias o los que tenían que hacer reparaciones muy costosas.
3 Pero además de agradecer y pedir, se sintieron impulsados desde más adentro que lo íntimo suyo, donde nos mueve el Espíritu, a ser solidarios, a actuar su condición de hermanos y hermanas de todos y todas, a ayudar en lo que podían y muchos a sobredimensionarse para ayudar, a pesar de su agotamiento. Es cierto que muchos se olvidaron de sí para entregarse, ya que el tiempo era limitado, a ver si podían salvar a otros, ante todos a sus seres queridos.
También los venezolanos estamos muy agradecidos a tantos de otros países que vinieron organizadamente y con experiencia a ayudarnos y que lo hicieron con toda eficacia y gratuidad, incluso dando instrucciones a venezolanos sobre el modo más eficaz de actuar. Y también agradecemos a tantos que enviaron comida, medicinas, ropa y otros elementos tan necesarios en esta circunstancia y en este país, que estaba ya tan devastado por tanas décadas de desgobierno.
4 Pero las consecuencias de tanta devastación van a ser muy prolongadas. Por tanto, es inevitable la pregunta de cómo seguir actuando. Ante todo, tenemos que rehacer la vida en todas sus dimensiones. Pero sin olvidar las lecciones aprendidas. Ante todo, exigir al gobierno y a las constructoras y en general a todas las empresas trasparencia, sentido de responsabilidad, buscar su bien en el bien común y no a costa de él.
Estamos viendo cómo la ayuda que se da directamente al Estado no se sabe adónde va; en cambio, la que se da a organizaciones de ayuda reconocidas, como Cáritas, se está seguro de que llega a su destino y se puede comprobar. Para que la fiscalización resulte eficaz, la ciudadanía tiene que organizarse en asociaciones en las que todos sean sujetos responsables y que interrelacionen entre sí, tanto para cumplir mejor sus objetivos, como para hacerse cargo de la situación en donde actúan, como para responsabilizarse de la situación nacional e interpelar al gobierno. Son también indispensables elecciones libres y realmente representativas y con candidatos idóneos y responsables.
Así como en esta emergencia la mayoría ha sido responsable, así tenemos que seguir siéndolo para adquirir una normalidad vivible y humanizadora.



