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Edificio Centro Valores, local 2, Esquina de la Luneta, Caracas, Venezuela.

Mimi: el triunfo de la ternura y el humor sobre la violencia

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Dedicatoria

“A la memoria de Mimi, quien tuvo la fuerza de una fiera salvaje para salvar su vida, la parsimonia de una bailarina para abrazar su nueva tierra y un caudal de ternura para arrullar a sus nietos. Su herencia de resiliencia, paz y justicia vive hoy en el corazón y en la misión de su nieto, el padre Alfredo Infante, S.J., y en cada refugiado que encuentra un puerto seguro en el mundo.”

En el corazón de una selva verde y húmeda que parecía esconder todos los misterios del mundo, existía un pequeño pueblo llamado Simití. Allí vivía María, una joven de cabellos azabache que caían trenzados sobre su cuerpo como cascadas. Sus ojos eran pequeños y brillaban idénticos a dos gotitas de agua, en los que se asomaba una mirada tan profunda que parecía conocer los secretos del viento y de las aguas. En su rostro sobresalía una nariz puntiaguda y algo arqueada con la elegancia mítica de un ave, que encajaba perfecta como obra de arte tallada por el mismo Dios. Su hogar estaba cerca de un majestuoso río navegable: el gran río Magdalena. Por allí pasaban grandes barcos de madera y vapor que traían mercancías de tierras lejanas y se llevaban los productos de la región, los cuales llegaban hasta el puerto en ruidosas carretas tiradas por mulas.

Un día, una gran sombra de miedo y violencia asustó al pueblo. Los conflictos por la propiedad de las tierras comenzaron a crecer como una mala hierba, trepando y cobrando las vidas de los habitantes. Entre el caos, el estrépito y el miedo, el instinto de supervivencia de María, que era sabio y rápido, se encendió como una chispa y le susurró al oído con urgencia:

—¡Es momento de correr! ¡Huye! ¡Sálvate!

María no lo pensó dos veces. Corrió, corrió y corrió sin mirar atrás con el corazón batiéndole a toda prisa dentro del pecho. Al avanzar, la selva la azotaba con furia, dejándole la piel herida por los latigazos de las ramas que se asomaban filosas a orillas del camino, mientras las piedras multiformes le lastimaban los pies descalzos. Sin embargo, el dolor, el miedo y sus enormes ganas de vivir sacaron de su interior una fuerza descomunal, volcánica. Con una resistencia increíble, corrió guiada por la intuición y la velocidad de un animal salvaje, hasta que por fin sintió bajo sus pies, como un ungüento, la arena húmeda del gran río.

Allí se detuvo escondida entre los árboles con la respiración entrecortada y acelerada mientras pensaba con desesperación: «¿Cómo voy a subir? ¿Qué voy a hacer?». El gran barco mercante ya soltaba amarras y estaba a punto de zarpar.

El puerto era un nido de ruidos que olía a sudor, ron y mercancías. Los gritos de los estibadores retumbaban en el aire ignorando lo que a pocos kilómetros selva adentro ocurría, mientras el pánico amenazaba con acalambrarle los músculos a María. Quedaban solo segundos para la gran decisión. Su instinto fue más fuerte y reaccionó con la agilidad de una gacela. Se filtró con sigilo, como un fantasma veloz, entre aquellos hombres rudos del puerto. Aprovechó un parpadeo, un descuido, y se deslizó al interior del navío. Buscando el rincón más oscuro y protegido de la bodega, se acurrucó en silencio absoluto entre los pesados sacos de café listos para la exportación.

El barco comenzó a andar, surcando las aguas del río. En la penumbra de la bodega, rodeada de sacos que exhalaban un espeso olor a café y frutas maduras, María lloraba en silencio. Al cerrar los ojos, el sudor le corría por la frente mientras veía pasar por su mente las escenas de terror en las que aquellos bandidos irrumpieron en su hogar armados y gritando: «¡Fuera de aquí, estas tierras ya no son suyas!», despojando a su familia de sus raíces.

Para calmar el dolor y espantar el miedo, María buscó un escondite en sus propios recuerdos y los usó como un bálsamo para el alma. Recreó los momentos felices de su niñez, escuchando de nuevo las voces de sus amigas que jugaban a las escondidas en la selva y gritaban: «¡Uno, dos, tres, cuarenta matas!», o las risas cuando alguien gritaba: «¡Miren, hagamos una playa aquí!», al desviar un poquito de río para bañarse.

María creía que su plan clandestino para abordar el barco había sido perfecto y que nadie la había visto, pero no era así. El capitán del barco, un hombre noble que vestía un impecable uniforme blanco de marinero, había visto desde la cubierta el visaje sutil de la joven al saltar a la nave y ocultarse en las sombras.

—Sé muy bien lo que pasa en esa región… —murmuró el capitán para sí mismo, ajustándose la gorra—. Sé cuántas familias sufren por un pedazo de tierra. Su vida corre peligro.

En lugar de gritar y detener el barco, el capitán miró hacia el horizonte, se hizo el desentendido y prefirió protegerla con su valioso silencio.

Días después, tras navegar toda la corriente del río, el barco llegó a su destino final: el gran puerto de Barranquilla, un lugar mágico donde el gran río Magdalena se abraza con el mar. A su alrededor crecía una ciudad gigantesca, desordenada, bulliciosa y muy alegre.

—¡Cuidado con esa carga! —gritaban unos en el muelle.

—¡Abran paso! —respondían otros a viva voz para lograr ser escuchados por encima del ruido de las olas, el viento, la música a todo volumen, los gritos de los vendedores y las carcajadas de los contadores de chistes.

Cuando los trabajadores entraron a la bodega y comenzaron a descargar la mercancía, un rayo de sol iluminó el escondite de la joven.

—¡Ombe! ¡Miren esto! ¡Hay una pelá aquí escondida! —exclamó uno de los trabajadores, tirando de un saco.

María salió de la penumbra asustada, temblorosa, pero libre del gran peligro que la había hecho huir. Sin embargo, la paz duró muy poco, pues el dueño de la naviera —un hombre muy serio de traje blanco de lino elegante, tabaco en la boca, con un diente de oro y zapatos de patente que brillaban como espejos— frunció el ceño y ordenó con frialdad:

—Esta joven viaja de forma clandestina. No quiero problemas en mis navíos. Debemos regresarla de inmediato en el próximo barco a su lugar de origen.

Un frío pánico le recorrió la espalda a María, quien sin palabras y con  profunda mirada suplicó ayuda con sus pequeños ojos conteniendo las lágrimas. Pero antes de que los hombres avanzaran hacia ella, el capitán de uniforme blanco dio un paso al frente. Su figura brilló bajo el sol del puerto y, con una autoridad que acalló el bullicio del muelle, rompió su silencio:

—Esta joven no regresará a ninguna parte —declaró con absoluta determinación—. Yo mismo la vi subir y sé perfectamente de la violencia de la que huye. Desde el primer instante decidí acogerla bajo mi protección.

El dueño de la naviera lo miró con asombro, expulsando una densa nube de humo por la boca.

—¿Y bajo qué derecho pretende quedársela? —reclamó el empresario, mostrando su diente de oro.

El capitán, sin darle tiempo a protestar, sacó un papel oficial que ya llevaba preparado en su casaca:

—Aquí tiene. He redactado un oficio formal de mi puño y letra para que trabaje conmigo mientras cesa la violencia en su tierra. Se vendrá a mi casa hoy mismo.

El empresario miró el documento, observó la mirada firme del marino y no tuvo más remedio que aceptar el papel sin decir una palabra más. Así fue como el capitán salvó la vida de María y la llevó a su hogar para trabajar como criada y servicio doméstico, ofreciéndole un techo seguro donde nadie podría hacerle daño.

En la gran casa del capitán, María pasó los días encargándose de los quehaceres cotidianos, barriendo los corredores y lavando la ropa con espuma blanca y lejía que ella misma preparaba. En ocasiones estregaba la ropa como queriendo borrar de su imaginación las escenas violentas que aún la perseguían como una pesadilla. En esa misma propiedad trabajaba Mariano, un joven carpintero y técnico en varios oficios encargado del mantenimiento de la casa, labor que combinaba con su empleo en la gran industria portuaria de la ciudad.

—Si necesitas alguna ayuda, solo avísame. Yo me conformaré con tu sonrisa y tu mirada —le decía Mariano, hablando con su voz grave, dulce y pausada, poco común en la región, mientras reparaba las ventanas de madera—. Aquí estás a salvo.

—Gracias, Mariano. Tus manos hacen milagros con la madera —respondía ella, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de alegría.

A María la enamoró la delicadeza humana de Mariano, su voz grave, pausada y firme que le inspiraba seguridad, su destreza para solucionar cualquier problema, su laboriosidad y el profundo respeto con el que siempre la trataba. El amor entre los dos floreció tanto que, un buen día, Mariano la tomó de la mano, la miró a los ojos y le dijo:

—Es hora de construir nuestro propio camino. Ven conmigo.

Y así, tomados de la mano, se marcharon de la casa del capitán para iniciar una vida independiente. En vísperas de la partida, el capitán hizo una fiesta de despedida. Aquella noche María bailó al compás de los tambores y las flautas con tal elegancia que su cuerpo parecía estar hecho de música ancestral.

Pasaron los años. La pequeña María creció, maduró y se convirtió en una mujer fuerte, sabia y muy respetada por todos en la arenosa Barranquilla.

—¡Buenos días, doña Petra! ¿Cómo amaneció su jardín hoy? —le decían los vecinos al verla asomarse por la ventana.

Ella sonreía con orgullo, pues «Petra» era el nombre que ella misma había elegido para sepultar los miedos del pasado, cambiarse la piel y comenzar de nuevo.

Petra y Mariano construyeron un hogar y el fruto de su amor trajo al mundo a cinco hijos: Juan, Alfredo, Rosa, Lucila y Fanny. Pero la vida, que a veces trae nubes inesperadas, guardaba un misterio. Cuando la pequeña Fanny nació, ocurrió algo muy extraño. Varias veces, a los pocos días del nacimiento, Petra encontraba a Mariano conversando y llorando a solas junto a la cuna de la bebé. Deseando confirmar lo que pasaba, una mañana decidió esconderse muy cerca antes de que Mariano se despidiera de la niña para irse a su trabajo.

Oculta tras una cortina, Petra develó la escena. Aquella mañana, antes de levantarla en sus brazos, Mariano se quedó contemplando a la recién nacida con una mezcla de inmensa ternura paternal y una profunda tristeza. Luego la tomó con delicadeza entre sus brazos, la besó con suavidad y le habló al oído mientras de sus ojos se desprendían unas lágrimas que no pudo contener. En ese justo momento, del otro lado de la cuna, apareció Petra para sorprenderlo y confrontar a su esposo:

—Bueno, Mariano, ¿y por qué lloras delante de la niña? A ti nunca nadie te ha visto llorar…

Los brazos de Mariano eran fuertes y sus manos toscas eran capaces de tallar la madera con firmeza, pero su rostro zambo se quedó paralizado y palideció ante las palabras de Petra. Después de un silencio largo e incómodo, Mariano suspiró profundamente y respondió con esa misma voz grave, dulce y pausada  ahora quebrada por la emoción:

—Ay, Petra… tengo una opresión en el pecho, como un presentimiento. Siento que no voy a ver crecer a la niña. Y me duele tanto dejarte a ti y a los niños batallar solos en este mundo…

A los pocos días, la triste premonición se cumplió. Llegó la terrible noticia al barrio: Mariano Silvera estaba reparando un tejado alto cuando de repente se escuchó un duro golpe en seco y un ruido ensordecedor, como si algo rodara con fuerza. En un instante, su cuerpo cayó sin vida al suelo, vistiendo el overol azul que Petra le había regalado en su primer aniversario como un entrañable recuerdo del día en que se conocieron en la casa del capitán.

Ese fatídico día cambió para siempre la vida de Petra, quien más nunca quiso volver a enamorarse de nadie para honrar la memoria de su esposo; comenzó a presentarse a sí misma como Petra, viuda de Silvera, y así seguiría unida a Mariano Silvera para siempre. Sola, pero con una valentía inquebrantable, junto a su segundo hijo Alfredo, se echó al hombro la responsabilidad de sacar adelante a sus hijas pequeñas. ¿Y cómo lo logró? Lavando y planchando montañas de ropa ajena, un arte y un oficio digno que había aprendido a la perfección años atrás en la gran casa del capitán del barco que la acogió en la gran ciudad. Mientras tanto Alfredo, su segundo hijo, bautizado en la ciudad como el Chavalo, un niño despierto y alegre, cual Panchito Mandefuá, salió a la calle a vender El Heraldo, periódico del Caribe, y a hacer de mensajero recorriendo la ciudad en una bicicleta que algunos amigos de Mariano y Petra le habían regalado para que se ayudara.

Una tarde, muchos años después, un cartero tocó a su puerta:

—¿Doña Petra? Le entrego esta carta muy importante que viene desde muy lejos —dijo el hombre, extendiéndole un sobre cubierto de sellos antiguos.

El documento traía noticias largamente esperadas desde el sur de Bolívar. La carta decía: «Hermana, la paz por fin ha regresado a las verdes montañas de nuestra infancia en Simití. Se aprobó una ley de reforma agraria que nos devuelve las propiedades. Soy tu hermano sobreviviente, te invito a volver y recuperar las tierras que nuestros padres nos dejaron como herencia».

Petra no dudó ni un solo segundo. Apenas el cartero dio la vuelta, sin leer el documento completo, lo rompió con firmeza en pedacitos pequeños, los lanzó al viento del patio y se dijo a sí misma:

—¡Jamás volveré! ¡Ya yo soy de esta tierra que me recibió!

Era tan de Barranquilla que se hizo sacar una carta de identidad legal donde figuraba con orgullo el gentilicio de aquel lugar. Además, para sanar las penas que la viudez y el trabajo le habían dejado, se convirtió en una maravillosa bailarina que movía el cuerpo con parsimonia, ritmo y elegancia entre los tambores y las flautas de millo, llenando de luz, color y sabor las fiestas del barrio y los carnvales.

Ya anciana, Petra se llenó de nietos. Había dejado atrás la reciedumbre y la coraza que los años difíciles y las batallas de la vida le obligaron a construir, y en su lugar había aflorado un caudal infinito de ternura y también la infancia perdida.

—¡Abuela Mimi, cuéntanos otra historia! —le gritaban los niños mientras la rodeaban y la consentían con dulces y abrazos.

—¡Sí, abuela Mimi! ¡Pero antes dinos dónde te vas a esconder para jugar! —decían otros, tirando de sus faldas de baile.

Nuestros recuerdos de Mimi son muchos; su vejez transcurrió entre Barranquilla y Maracaibo. Evocar su presencia es sentir una ráfaga de ternura, humor y fiesta, una brisa fresca con olor a río y a mar. Disfrutaba las radionovelas: volaba con su imaginación y sufría con la protagonista, a quien le daba consejos y hasta la regañaba cuando caía en cuenta de que aquella pobre mujer no tenía guaramos para afrontar la vida. Disfrutábamos y reíamos de sus ocurrencias cuando veíamos en el televisor de blanco y negro las peleas de boxeo, y ante las sucesivas repeticiones en cámara lenta de un nocaut, ella se desesperaba, saltaba de la silla, corría hacia la pantalla y le gritaba al árbitro: «¡Quítenselo! ¡Quítenselo! ¡Paren la pelea que lo van a matar!».

También nos divertíamos cuando mis hermanos y yo organizábamos un escenario e improvisábamos con mesas, escobas, baldes y potes un concierto tropical en el patio de la casa. En una cinta de cassette poníamos a la Billo’s Caracas Boys y, mientras la música sonaba, hacíamos las mímicas de la prestigiosa orquesta; ella, sentada en el público, vivía todo en su imaginación con tal realismo que bailaba y se levantaba a aplaudir como si estuviera en un auténtico concierto y nosotros fuéramos las estrellas. Después, la escuchábamos en las conversas de los adultos haciendo gala del talento artístico de sus nietos.

Y bajo el sol caribeño, mientras las flautas y los tambores costeños sonaban alegres a lo lejos, la abuela Mimi sonreía con sus ojos pequeñitos, sabiendo que el amor de sus nietos le había devuelto todos los juegos que la violencia en la selva y los golpes de la vida una vez le robaron.

Un día amaneció tan contenta, tan contenta, que presentía que algo extraordinario e inédito estaba por pasar en su vida. Al amanecer de aquel 20 de agosto de 1978, después de rezar como lo hacía cada día, jugó y retozó tanto con sus nietos que se hizo tan niña como nunca. Luego, se le antojó comer un buen bocachico frito con patacones y ensalada, y le pidió a su hijo Alfredo una botella de ron blanco para brindar por la vida. Mandó a poner en el picó la música de carnaval más alegre y bailó con tal cadencia que su cuerpo asemejaba el vaivén de las olas del mar. Su rostro de anciana niña se transfiguró, exorcizando cualquier rescoldo de sufrimiento.

Fue su hermosa despedida. Después de celebrar por todo lo alto, se acostó a descansar y ya no despertó… ¡Cerró las ventanas de la vida y su rostro tierno dijo adiós! Su perro amaneció a los pies de su cama como un ángel, custodiando su cuerpo.

Epílogo

María fue el grito, Petra el escudo, Mimi es el amor que lo cura todo.

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