En mayo de 2022, el cineasta alemán Wim Wenders recibió una invitación inusual que habría de dejar una impronta imborrable en su obra. Koji Yanai, un ejecutivo japonés, lo convocó a Tokio, no para filmar una gran epopeya, sino para observar diecisiete pequeños monumentos a la higiene y al diseño: los baños públicos del distrito de Shibuya. Lo que comenzó como una propuesta para realizar una serie de cortometrajes documentales sobre The Tokyo Toilet Project —donde arquitectos de la talla de Tadao Ando y Kengo Kuma habían transformado lo más prosaico del paisaje urbano en pequeñas obras de arte—, terminó germinando en el corazón de Wenders como una historia que merecía ser contada. Allí, entre el concreto, el acero y el cristal de esos espacios públicos embellecidos, nació Hirayama, el protagonista de Perfect Days[1], y con él, una parábola sobre la redención que habita en las pequeñas cosas y la rutina de una vida sencilla.
La vida de Hirayama es un paradigma del despojo y el desapego. Su vivienda es minúscula, pobre y austera; su vehículo es lo mínimo necesario para cargar sus enseres de limpieza; su teléfono no tiene conexión a la red: es un artefacto analógico que sólo sirve para hacer o recibir llamadas, protegiéndolo del ruido incesante de las notificaciones y de la esclavitud de la conexión perpetua. En esa desconexión radica su libertad. Es la placidez de quien se duerme bajo la luz de una lámpara, vencido por la lectura de Faulkner o Patricia Highsmith, para despertar no con una alarma estridente, sino con la música silenciosa del amanecer: el roce de una escoba de paja contra el asfalto, el primer albor del cielo matutino esbozándose en el marco de la ventana.
Hay una épica silenciosa en el gesto de Hirayama al salir de su casa. Su rostro se ilumina con una sonrisa espontánea al recibir la primera brisa de la mañana, el primer rayo de sol o la primera gota de lluvia. No es una reacción ingenua, sino una decisión ética. En un mundo que nos empuja a la insatisfacción permanente, él elige la gratitud de quien, no teniendo nada, se siente dueño del universo. El silencio y la soledad no son para él carencias, sino espacios conquistados para la calma y la contemplación. Como quien cultiva un jardín interior, Hirayama entiende que la mejor compañía es estar a gusto consigo mismo, y que el silencio es el lenguaje más elocuente del alma.
Su labor diaria es un recordatorio de la dignidad de los oficios menores. Limpiar un baño público, fregar el suelo, asegurarse de que cada pieza sanitaria y cada rincón brille con una pulcritud inmaculada, es un acto de amor hacia los demás. Son esos trabajos que nadie quiere hacer, pero sin los cuales el mundo se desmoronaría en el caos y la suciedad. El acto de Hirayama no es un verso suelto, sino que forma parte de un poema urbano. En la limpieza de las calles de Tokio se esconde una espiritualidad del orden. En sus pequeños parques de aura sagrada, la naturaleza y la creación susurran su origen. Como apuntaba Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica Verbum Domini[2], la misma creación es parte de una «sinfonía a varias voces en la que se expresa el único Verbo», recordándonos que el «libro de la naturaleza» es también una forma de revelación. Esa huella divina se manifiesta en el komorebi, una palabra japonesa que no tiene traducción directa al español, y que literalmente significa «luz del sol que se filtra entre los árboles», describiendo la belleza y la maravilla de los rayos de luz que se filtran entre las hojas. La película es, en esencia, una meditación visual sobre esos instantes efímeros y siempre diversos que Hirayama fotografía obsesivamente.
Vivir con poco es, paradójicamente, poseerlo todo. La libertad de Hirayama nace de su falta de necesidades. No requiere discursos largos para demostrar cortesía; un leve gesto de cabeza, una mirada atenta o una sonrisa breve bastan para transmitir afecto. En una era de sobreexposición, él disfruta del lujo de pasar desapercibido, de ser un hilo invisible en la trama de la ciudad.
Su banda sonora es el tesoro de su furgoneta. Cassettes de los años setenta donde suenan los Kinks, Lou Reed, Van Morrison o Nina Simone. La música de antaño parece mejor porque no era un fondo estridente a un mundo lleno de ruido, sino un pequeño paréntesis o un acompañamiento deseado; requería el gesto físico de introducir la cinta en el reproductor y dejar que el tiempo transcurriera a su ritmo. Esa misma parsimonia es la que le permite a Hirayama aceptar las contrariedades. Si un cambio de planes altera su rutina, no hay estridencia ni queja; si se queda sin dinero por dárselo a otro, la Providencia acude en su auxilio. Se acepta el imprevisto con la serenidad de quien sabe que la vida es un flujo constante y cada día tiene su afán.
La literatura es su refugio salvífico. Al final del día, una librería de viejo le provee del combustible necesario para seguir soñando. La buena literatura, como un árbol o un paseo en bicicleta, es un placer que no requiere de grandes fortunas. Disfrutar de una comida modesta y caliente tras la jornada es un banquete cuando se tiene el corazón en paz.
La cultura japonesa nos enseña que la cortesía hacia el extraño es una forma de oración. Un gesto amable hacia quien se cruza en nuestro camino es el reconocimiento de nuestra humanidad compartida. En la vida de Hirayama, la tristeza y la alegría conviven sin anularse; ambas son fibras necesarias del tejido de la felicidad. Al terminar el día, él sabe pasar página, dejando atrás las sombras del ayer para volver a encontrar la serenidad en el descanso.
Perfect Days es, en última instancia, una oda a la sencillez. Es la demostración de que incluso en la limpieza de un inodoro puede haber poesía, siempre que se haga con la mirada puesta en lo eterno. Es la invitación a buscar nuestra propia luz, nuestro propio komorebi: esa luz divina que se filtra en medio de la rutina cotidiana.
[1] Perfect Days https://share.google/AamPczODDSQKoX8Dm
[2] BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), n. 7.



