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¿Qué significa ser humano? León XIV interpela a la UNESCO

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El 25 de septiembre de 2026, en el primer día de su viaje apostólico a Francia, el papa León XIV pronunció un discurso en la sede de la UNESCO, en París. No fue una intervención de circunstancia. Ante representantes de los Estados, del mundo académico y de la sociedad civil, el Pontífice planteó una pregunta que, según dijo, no podemos dar por resuelta ni siquiera en el siglo XXI: ¿qué significa ser humano?

El escenario tenía un valor simbólico. En 2027 se cumplirán 75 años de la presencia de la Santa Sede en la organización, y han pasado 46 desde que san Juan Pablo II habló en ese mismo lugar. León XIV recogió aquella herencia e invitó a mirar a la UNESCO no solo como un organismo internacional, sino como un espacio donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, su historia y su futuro.

Su respuesta parte de tres rasgos elementales. Ser humano es, primero, ser hijo: nadie eligió de quién, cuándo ni dónde nacer, y de ahí se deriva una fraternidad que no es solo biológica, sino ética. Es, segundo, nacer necesitado, «pobre por nacimiento», dependiente de pan, de palabras y de cuidado. Y es, tercero, ser libre y responsable ante la historia: la libertad resulta bella cuando se orienta al bien y a la verdad, y se desfigura cuando degenera en arbitrariedad, violencia o sed de poder.

De esa visión del ser humano se desprende una consecuencia para la educación. Retomando a Juan Pablo II, el Papa recordó que educar es ayudar a la persona a «ser» más y no solo a «tener» más. Lo dijo sin rodeos: «Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido». La formación, entonces, no se agota en transmitir conocimientos y técnicas; debe ayudar a comprender para qué se sabe lo que se sabe.

El discurso dedicó una parte central a la tecnología. León XIV señaló una paradoja: mientras se atribuye «inteligencia» a los sistemas digitales, cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se miden por su eficiencia y se descartan cuando se las considera improductivas. Sobre la inteligencia artificial fue preciso: estos sistemas pueden correlacionar datos, pero no responden a las preguntas sobre el sentido de la vida. Y añadió una imagen memorable: «El sentido es el oxígeno de la mente». Pidió además proteger de modo especial a niños y jóvenes en el entorno digital, para que su vulnerabilidad nunca se convierta en una oportunidad de explotación.

Ligada a lo anterior está su reflexión sobre la verdad y la comunicación. Hoy podemos conectarnos de manera instantánea, observó, pero eso no garantiza una mejor comprensión: la comunicación es más rápida, aunque no necesariamente más veraz, y la información abunda sin ser por ello sinónimo de sabiduría. Sin un fundamento ético compartido, advirtió, los canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar la información falsa. Y fue tajante: sin la verdad, el lenguaje queda sometido a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Por eso elogió el programa de la UNESCO de alfabetización mediática e informacional, que enseña a usar con responsabilidad los medios y las herramientas digitales.

Para hablar de la paz, el Papa recurrió a dos imágenes bíblicas. La Torre de Babel representa una unidad impuesta por dominación, y la reconoció hoy en una globalización sin fraternidad, en formas rapaces de neocolonialismo y en imposiciones ideológicas. Pentecostés, en cambio, es la unidad que no anula las diferencias: cada pueblo escucha el mensaje en su propia lengua. Su conclusión fue clara: «No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos».

Sobre la guerra, el Pontífice la calificó como la más terrible de las «obras humanas», porque en ella la ciencia se pone al servicio de destruir. Citó el preámbulo de la Constitución de la UNESCO, según el cual las guerras nacen en la mente de los hombres y es allí donde deben erigirse los baluartes de la paz. Añadió que los tratados son necesarios, pero insuficientes: la paz auténtica brota de la virtud de la justicia y de una voluntad recta, no de un equilibrio inestable de intereses.

También dedicó un pasaje a la ecología, que enlazó con su visión del ser humano. Retomando a Benedicto XVI y a Francisco, sostuvo que «la actual crisis ecológica es también una crisis antropológica». Y propuso un criterio para medir cualquier compromiso con la dignidad humana: el trato que damos a los más pequeños y a los pobres, es decir, los niños en el vientre materno y en las zonas de guerra, las personas con discapacidad, los adultos mayores, los migrantes y los refugiados. Ellos son, dijo, la verdadera prueba de nuestras afirmaciones.

El Papa no ignoró la crisis de eficacia que atraviesan las instituciones internacionales, sobre todo cuando el diálogo se ve como un obstáculo y no como un recurso. Frente a ese desencanto propuso recuperar una virtud «tan escasa como deseada»: la confianza en que las diferencias no son necesariamente una amenaza y en que el diálogo sincero puede producir un bien mayor que el que cada parte lograría sola. Aclaró que no se trata de un optimismo ingenuo, sino de perseverar en la esperanza de que el bien siempre es posible. Cerró reconociendo el papel «culturalmente necesario e insustituible» de las tradiciones religiosas, que dan sentido al origen y al fin de la vida, y dirigió sus últimas palabras a los jóvenes, que observan con atención la labor de quienes hoy educan, investigan y gobiernan. Su mensaje es que la paz podrá florecer si todos nos dedicamos con coherencia a nuestra «magnífica humanidad», expresión que remite a su encíclica Magnifica humanitas.

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