El documento de Pedro Trigo, s.j. aboga por la reconciliación en Venezuela, enfatizando la necesidad de reconocer la dignidad de todos los ciudadanos y promover la fraternidad, incluso con aquellos que han causado daño. La Iglesia, como comunidad de fe, debe liderar este proceso, superando el individualismo y trabajando por el bien común.
La situación demanda perentoriamente la reconciliación, pero a su vez la dificulta
La pertinencia del tema se debe a la situación del personalismo totalitario de Chávez que gobernó despóticamente desconociendo el resultado de un referéndum que convocó y reprimiendo a la oposición. Ahora bien, al comenzar su gobierno, Chávez despertó esperanza en mucha gente porque la situación se había deteriorado progresivamente, de tal manera que la política, lejos de incentivar el bien común, contribuía a la desarticulación de la sociedad al apoyar intereses particulares participando de ellos. Maduro, que lo siguió, desconoció el resultado de las elecciones, en las que perdió y se aferró a su cargo hasta que fue secuestrado y llevado para ser juzgado en EE. UU. El problema se agravó por la capacidad excepcional que tuvo Chávez de encantar, de manera que muchos se identificaron con él, creyendo ilusamente que así se realizaban exponencialmente. Por su parte Maduro tuvo la capacidad de dar en cada caso su versión de lo que hacía, como si todo tuviera congruencia y fuera expresión cabal de lo que demandaba en cada caso la situación, cuando en realidad buscaba descaradamente su provecho y el de los suyos, incluso causando terribles destrozos e irrespetando los derechos de las mayorías, por ejemplo, el derecho a un salario y una jubilación dignas.
Ahora bien, escribimos en una coyuntura en la que la que gobierna dice que sigue el régimen de Maduro y reclama su regreso, cuando fueron ellos los que lo entregaron a EE. UU. y el que manda en el fondo es Trump y así lo expresa constantemente.
Al vivir como “protectorado” de Trump y no reconocer el Gobierno su situación y pretender que gobierna con los suyos, prescindiendo de los demás y por tanto de la noción de ciudadanía, no es fácil el proceso de reconciliación porque, dado que un porcentaje considerable de la ciudadanía quiera sinceramente entablarlo, no sabe cómo dialogar con el Gobierno y quienes lo respaldan porque ni siquiera conocen en qué posición están. Y, sin embargo, esa dificultad hace ver lo inaplazable de iniciar ese proceso de un modo explícito y consecuente, lo que requiere relativizar los intereses propios y la propia percepción y postura, para tener en cuenta la de todos, porque, si no tenemos en cuenta a todos y como sujetos cívicos y no solo como receptores de nuestra acción, no será posible una reconciliación humanizadora, que nada tiene que ver con resignarse a lo que existe y jugar el juego propuesto porque no se ve cómo cambiarlo.
Una aclaración previa es de quién estamos hablando cuando decimos Iglesia venezolana. Para el Vaticano II la Iglesia es el pueblo de Dios: todos los bautizados y más concretamente, todos los que asumen su ser cristiano como algo fundamental en su vida. Así lo vamos a considerar, incluyendo obviamente a la institución eclesiástica.
La reconciliación con Dios y con todos es el contenido de la misión de Jesús
Lo característico del cristianismo respecto de la reconciliación es que el acontecimiento decisivo de la vida de Jesús fue bautizarse. Él no pudo decir a Dios, perdóname, porque era el Cordero inocente; pero confesó los pecados en primera persona de plural porque nos llevaba realmente en su corazón y lo sentía destrozado porque en su centro estaba su Padre y no solo no echaba de sí a los que no se portaban como él quería, sino que al pedirle perdón en primera persona de plural y al aceptar el Padre su petición, nos reconcilió realmente con Dios.
Por eso ya no regresó a su familia y a su oficio, sino que se dedicó a que lo que había acontecido entre él y su Padre, sucediera entre él y cada uno, para que pudiera suceder entre cada uno y su Padre. Ya que para la reconciliación no basta el sí de Jesús y de su Padre: es indispensable también nuestro sí. Porque para entablar una alianza se necesitan dos síes.
El acto del bautismo culminó en la cruz: a ella lo condenaron los que no aceptaron su propuesta; pero en ella murió llevándonos a todos en su corazón, pidiendo perdón a su Padre por los que lo habían condenado y lo estaban torturando, y entregándose, no a la muerte, sino a su Padre, como Hermano incondicional. Por eso, al recrearlo el Padre en su seno, en su corazón estamos también todos. Tanto el Padre como Jesús no podían hacer más. Pero porque nos amaban, no podían sustituirnos: se requiere nuestra aceptación, nuestro sí, para estar realmente reconciliados. Y el sí no puede ser meramente verbal: tiene que ser real. Al aceptarnos en el corazón de Jesús, tenemos que aceptar a todos los demás que están también en él. Como se ve, la reconciliación con todos está en el corazón mismo de la misión de Jesús y de nuestra aceptación y participación en ella.
¿Por qué aceptar el sí de Jesús y, en él, el sí de su Padre exige decir que sí a todos?
Porque Jesús, al hacerse nuestro Hermano hasta el punto de llevarnos realmente en su corazón, nos hace participar de su relación eterna con su Padre, que lo constituye, expresa hasta qué punto nos ha amado.
Ahora bien, como todos estamos en su único corazón, al aceptar la fraternidad de Jesús nos hacemos también hermanos de todos. Esto entraña que, por encima de cualquier otra connotación, todos son nuestros hermanos. Pueden ser hermanos padres, hermanos hijos, hermanos hermanos, hermanos amigos, hermanos compañeros de trabajo o de afiliación a una institución o hermanos desconocidos o, incluso, hermanos enemigos. Ser hermanos de todos es lo único definitivo, ya que todas las demás relaciones se quedan aquí. En el cielo solo habrá hermanos de Jesús y en él hermanos de todos y, por supuesto, también en él, hijas e hijos de Dios.
Esto significa que en nuestro país los que mantienen salarios bajísimos y dejan que la economía siga derrumbada y a la vez se enriquecen escandalosamente son nuestros hermanos depredadores e irresponsables. Esto significa que no solo tenemos que hacer todo lo posible por transformar la situación, sino que no podemos limitarnos a sacarlos del medio. Tenemos que buscar realmente su rehabilitación y, más en general, la reconciliación nacional en un esfuerzo ecuménico por superar todo lo negativo y de integrarnos en un esfuerzo mancomunado de superación aportando cada uno sus dotes específicas al conjunto y recibiendo lo de los demás.
Si sacamos a uno de nuestro corazón, nos autoexcluimos del corazón de Jesús, porque, mientras esa persona viva, él no lo va a sacar de su corazón, siempre va a esperar su rehabilitación.
Esto puede parecer absolutamente desmedido y lo es, si pensamos en nuestras posibilidades. Pero para posibilitarnos esa aceptación de los que hacen mal y en concreto nos lo hacen a nosotros, Jesús y su Padre entregaron a cada uno a su propio Espíritu, el Amar divino, que nos impulsa eficazmente a hacerlo, siempre que secundemos su impulso, ya que el amor siempre cuenta con nuestro asentimiento.
Como se ve, el impulso a la rehabilitación de todos, empezando por nosotros mismos y siguiendo por la de los demás, incluidos los que son enemigos nuestros, pertenece a la misma entraña del cristianismo. Y además no conoce excepciones. Aunque, como cuenta siempre con nuestra correspondencia, no siempre logra su objetivo.
Textos evangélicos que lo confirman
Además de la actuación de Jesús a la que nos hemos referido, hay un texto evangélico que nos refrenda lo dicho con toda claridad: “Si al ir a depositar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo en contra de ti, deja la ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano y luego ve y deposita tu ofrenda” (Mt 5,23-24). Como se ve, Dios, según Jesús, que nos ha revelado su verdadero rostro, no acepta la ofrenda de alguien que no esté en paz con su hermano, entendiendo que todos somos hermanos en Jesús de Nazaret. El Dios con el que nos relacionamos es siempre el Padre de todos, en Jesús su Hijo único y eterno, que se ha hecho nuestro Hermano hasta el punto de meternos realmente en su corazón, en el que todos nos encontramos hermanados.
Por eso no hay que entender la necesidad de amar a todos como una condición impuesta por el Mandamás del cielo porque así le conviene a él o porque así se le ha ocurrido. Es que la comunidad divina ha querido asociar a la humanidad de modo personalizado a sus relaciones eternas y lo ha hecho a través del Hijo, que se ha hecho Hermano de todos incondicionalmente. Ahora bien, al hacerse Hermano de todos, nos hace a todos hermanos entre nosotros. Para decirlo una vez más gráficamente, al estar todos en su único corazón, no solo nos encontramos con él, sino que también nos encontramos entre nosotros. Nos encontramos como hermanos de Jesús y por tanto como hermanos unos de otros. Así pues, ser hermanos en Jesús de Nazaret, el Hijo eterno del Padre, forma parte de nuestro destino eterno.
Esto se refrenda con otro texto: “No llamen a nadie padre en la tierra, porque uno sólo es su Padre, el del cielo, y todos ustedes son hermanos” (Mt 23,9). No hay que entender el texto como que no podemos llamar padre al que nos ha engendrado o al que hace sus veces, sino que tenemos que hacernos cargo de que ser él nuestro padre y nosotros sus hijos no puede absolutizarse porque el único Padre eterno es el Padre de nuestro Señor Jesucristo: en la vida definitiva los que aquí son padres e hijos serán únicamente hermanos. Por eso Jesús resucitado al aparecerse a Magdalena le dice: “dile a mis hermanos: subo a mi Padre, que es su Padre, a mi Dios, que es su Dios” (Jn 20,17). Si ser hermanos es la única relación trascendente entre los seres humanos, es un pésimo negocio relativizar la fraternidad y, sobre todo, negarla, ya que equivale a autoexcluirnos de la vida eterna. Por eso la conveniencia en todo caso de reconciliarnos con los que hemos echado de nuestro corazón, incluso en el caso de que ellos no quieran reconciliarse con nosotros.
En la posguerra los jefes de Estado proclaman que todos somos hermanos y que la humanidad forma una sola familia
Ahora bien, la historia ha demostrado fehacientemente que, solo si nos llegamos a considerar efectivamente como hermanos unos de otros, será posible la convivencia armoniosa y más elementalmente la paz y la posibilidad de vida. La prevalencia de intereses espurios de individuos y grupos humanos está desencadenando guerras cada vez más continuas y destructivas y de seguir por ese camino va a resultar inviable la vida humana en la tierra.
Por eso después de la guerra más mortífera de toda la historia se reunieron todos los jefes de Estado del mundo para proclamar el horizonte en que se debía desenvolver la vida de los seres humanos en todos los ámbitos, desde el económico y político hasta el familiar y vecinal. Es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1948). Pues bien, el artículo primero afirma: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y entre los considerandos que preceden al artículo está este: “… que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Así pues, más allá del cristianismo, ya que se trataba de un acto político que fundamentara unas relaciones globales que excluyeran la guerra, se proclama que la humanidad constituye una sola familia y que por tanto todos somos hermanos y nos tenemos que tratar como tales, con los derechos correspondientes a esa condición y con los consiguientes deberes. Entendiendo que si no asumimos los deberes no se custodiarán los derechos.
Concluyo afirmando que no habrá reconciliación ni en nuestro país ni en el mundo hasta que no nos consideremos y tratemos como verdaderos hermanos, haciéndonos cargo de que esa condición es más primordial y decisiva que todas las demás y que las demás relaciones deben vivirse fraternalmente.

¿Para qué está la Iglesia?
La Iglesia la componen las personas a las que se les ha trasmitido esta misión de Jesús, que se hizo Hermano incondicional de todos, para hacernos en él hijos de su Padre y hermanos entre nosotros, han creído en ella como la mejor buena nueva posible y se dedican a trasmitirla, viviendo en seguimiento de Jesús y con su Espíritu como hijos de Dios y hermanos de todos. Como la situación actual se caracteriza por el predominio del capital y por el individualismo y corporativismo, a diferencia de la posguerra a la que nos hemos referido y en nuestro país a diferencia de las dos primeras décadas de la democracia cuando trabajadores, empresarios, organizaciones, Estado y gobierno marchábamos en la misma dirección y como conciudadanos responsables, compete a la Iglesia como cuerpo y a cada cristiano como miembro de los diversos conjuntos en los que está implicado, vivir fraternalmente y trabajar con denuedo porque se supere tanto el individualismo como el predominio de los que tienen más poder y se camine hacia el bien común del que nadie quede excluido.
La Iglesia, pues, no puede confinarse en doctrinas, preceptos y ritos, sino que, como orientación fundamental que la defina debe proponer, practicándola, la fraternidad de las hijas e hijos de Dios que incluye a todos, aun a los que se confinan en su poder o en su individualidad y no quieren saber nada de los demás, incluso se aprovechan de ellos en lo que pueden. La Iglesia tiene que hacer ver, no solo los estragos que causa esa actitud, sino lo que deshumaniza a quienes se entregan a ella. Y por eso su propuesta a ellos se hace no solo para el bien del conjunto sino para el bien de ellos.
Ahora bien, ¿cuál es el papel específico del cristianismo en esta situación? Contribuir a que exista el mayor número posible de ciudadanos con libertad liberada, es decir, personas a las que lo negativo que les hacen los afecta, pero no los influye. Solo personas así, convocados en comunidades, asociaciones e instituciones, pueden configurar un cuerpo social que puede dar lugar y apoyar a una alternativa política libre del gran capital y de grupos autoritarios. Ahora bien, la fraternidad de las hijas e hijos de Dios es la relación que más nos adensa y nos conecta, incluso con los desconocidos y los que se tiene por enemigos nuestros, y por eso nos capacita para vivir con esa libertad liberada.
Este tiene que ser el objetivo explícito de la Iglesia venezolana; pero para que lo sea en verdad es lo que tenemos que esforzarnos por vivir los que en Venezuela nos llamamos cristianos.



