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La IA y el negocio del Apocalipsis…

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«No toca a los hombres conocer los tiempos que Dios ha querido reservar a su autoridad».
SAN AGUSTÍN DE HIPONA

Por: Addison Lashly*

Desde los profetas del año 1000 hasta los evangelistas de la inteligencia artificial, Occidente ha repetido una misma historia: anunciar que estamos ante la última crisis de la humanidad. La nove ah ahdad no es el miedo. La novedad es quién se beneficia de él.

Hace unos días, un joven investigador tecnológico llamado Jacob Coxon renunció a Anthropic y se hizo famoso mundialmente al publicar una advertencia que recorrió el mundo digital con la velocidad propia de esta época: las empresas líderes en inteligencia artificial estarían avanzando hacia sistemas tan poderosos que podrían terminar escapando del control humano. Investigadores activos dentro de la propia compañía respaldaron públicamente parte de sus preocupaciones. La noticia ocupó titulares, generó debates encendidos y volvió a instalar una pregunta que parece perseguir a nuestra especie desde hace siglos: ¿estamos construyendo algo que podría acabar con nosotros?

Pero quizá lo más interesante de toda esta polémica es que, en realidad, no tiene nada de nueva.

Nos gusta pensar que vivimos tiempos excepcionales. Nos gusta creer que la crisis que nos tocó atravesar es la crisis, que la amenaza que nos preocupa es la amenaza y que nosotros somos, por alguna misteriosa razón, la generación situada exactamente en el borde del precipicio de la historia.

Sin embargo, llevamos más de mil años haciendo exactamente lo mismo.

Los hombres y mujeres que vivieron cerca del primer milenio pensaron que el fin estaba cerca. Después vinieron las pestes, los cometas, las guerras religiosas, las revoluciones industriales, las guerras mundiales y la bomba atómica. Durante décadas hubo millones de personas convencidas de que una guerra nuclear acabaría con la civilización en cualquier momento. Más tarde llegó el Y2K, aquel célebre problema informático que prometía paralizar el planeta al comenzar el año 2000. El desastre nunca ocurrió, aunque el miedo movilizó miles de millones de dólares en inversiones, consultorías y programas de mitigación.

La inteligencia artificial es apenas la última versión de una historia bastante antigua.

La crisis definitiva

La Guerra Fría produjo generaciones enteras convencidas de que una guerra nuclear podía borrar la civilización en cuestión de horas.

El Y2K produjo una movilización global de recursos sin precedentes. Las agencias federales estadounidenses pasaron de estimar costos cercanos a 2.300 millones de dólares en 1997 a más de 8.700 millones en 1999 para preparar sus sistemas informáticos para el cambio de milenio. Cuando finalmente llegó el año 2000, la comisión especial del Senado de Estados Unidos concluyó que la mayoría de los problemas resultaron menores, localizados y transitorios.

Aún hoy existe un debate irresuelto.

¿El desastre no ocurrió porque el riesgo fue exagerado?

¿O no ocurrió porque la preparación funcionó?

Nadie puede responder con absoluta certeza.

Y más allá de la historia de éxito que representa,  el caso es interesante.

Porque demuestra que la existencia de un riesgo real y la existencia de incentivos para magnificarlo no son fenómenos incompatibles.

Pueden coexistir.

De hecho, con frecuencia lo hacen.

La inteligencia artificial parece estar entrando exactamente en ese territorio ambiguo.

Por una parte, las principales compañías tecnológicas presentan la IA como una transformación equiparable a la electricidad o a internet. Prometen avances extraordinarios en productividad, ciencia, medicina y creación de riqueza. La narrativa es grandiosa. Por momentos incluso mesiánica.

Por otra parte, algunas de esas mismas empresas y algunos de sus principales ejecutivos advierten sobre riesgos civilizatorios, pérdida de control, superinteligencias incontrolables o escenarios de catástrofe global. Recientemente, Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha insistido en la necesidad de adoptar medidas extraordinarias de seguridad, mientras que figuras como Sam Altman o Elon Musk han realizado advertencias similares en distintos momentos.

La contradicción es evidente.

Y, sin embargo, también es funcional.

Si la tecnología promete curar enfermedades, revolucionar la economía y multiplicar la productividad, merece atraer enormes cantidades de inversión.

Pero si la tecnología también amenaza con alterar radicalmente el orden social o escapar a nuestro control, merece regulación especial, atención prioritaria y un margen temporal más amplio para resolver los problemas que inevitablemente aparecerán, incluso los de financiamiento.

La promesa atrae capital.

La amenaza compra legitimidad.

Lo importante aquí no es sugerir una conspiración. Las conspiraciones suelen ser intelectualmente perezosas.

Lo importante es reconocer una estructura de incentivos.

Los laboratorios de inteligencia artificial compiten hoy por recursos colosales. Los mercados financieros les exigen demostrar que las valoraciones extraordinarias que han alcanzado encontrarán eventualmente una traducción económica equivalente. Al mismo tiempo, muchas de sus promesas más ambiciosas siguen siendo promesas.

En ese contexto, el discurso del riesgo puede cumplir una función inesperadamente útil.

No porque sea falso.

Sino precisamente porque puede ser verdadero.

Una advertencia sincera también puede producir beneficios reputacionales.

Un riesgo genuino también puede transformarse en una ventaja estratégica.

San Agustín y el problema de los que anuncian el fin

Y es aquí donde aparece una figura extraordinariamente actual pese a haber muerto hace más de mil seiscientos años.

San Agustín de Hipona vivió una de las grandes crisis civilizatorias de Occidente. El Imperio Romano se desmoronaba. Las fronteras cedían. Los pueblos germánicos avanzaban sobre territorios que durante siglos habían parecido inexpugnables. En el año 410, Roma fue saqueada por las tropas de Alarico. Para millones de personas aquello no era simplemente una crisis política: era la demostración de que la historia estaba llegando a su término. La Ciudad Eterna había dejado de ser inexpugnable.

La respuesta de Agustín fue una de las reflexiones más profundas que Occidente ha producido sobre el miedo colectivo.

No negó la gravedad de la situación.

No negó el colapso del orden político.

No negó siquiera la posibilidad del fin de los tiempos.

Lo que cuestionó fue algo mucho más profundo: la tendencia humana a interpretar sus propias circunstancias históricas como el desenlace definitivo.

En La Ciudad de Dios, Agustín plantea una idea extraordinaria. Los seres humanos habitamos simultáneamente dos ciudades. La Ciudad Terrenal, sometida al tiempo, al poder, al conflicto, a las ambiciones humanas, a las tecnologías y a las incertidumbres de la historia. Y la Ciudad de Dios, que pertenece a una realidad trascendente que ninguna crisis política puede agotar.

El error comienza cuando confundimos ambas.

Cuando creemos que los acontecimientos de nuestro tiempo contienen el significado último de la historia.

Cuando pensamos que la crisis que vivimos no es una crisis más, sino la crisis que explica todas las demás.

Esta observación tiene consecuencias enormes.

Porque si Agustín tiene razón, el problema no es la inteligencia artificial.

Ni la bomba nuclear.

Ni el Y2K.

Ni siquiera las invasiones bárbaras.

El problema es nuestra tendencia recurrente a proyectar sobre cada amenaza contemporánea una carga simbólica mucho mayor que la evidencia disponible.

El romano del siglo V creyó estar contemplando el fin del mundo.

El europeo que vivió cerca del año mil creyó estar contemplando el fin del mundo.

Las generaciones de la Guerra Fría creyeron estar contemplando el fin del mundo.

Nosotros creemos estar contemplando el fin del mundo.

Lo único que cambia es el objeto sobre el cual depositamos nuestros temores.

El mecanismo psicológico permanece intacto.

Por eso Agustín desconfiaba de quienes pretendían calcular cronologías apocalípticas o identificar señales inequívocas del final. No porque fueran necesariamente deshonestos. Ni siquiera porque estuvieran completamente equivocados.

Sino porque entendía algo profundamente humano: soportamos mal la incertidumbre.

La incertidumbre nos inquieta.

El miedo nos desordena.

La complejidad nos abruma.

Y en esas circunstancias aparece siempre una figura familiar: el intérprete del desastre.

El hombre capaz de convertir el caos en explicación.

El experto que afirma comprender el significado oculto de los acontecimientos.

El profeta que asegura saber hacia dónde se dirige el mundo.

En el fondo, las narrativas apocalípticas poseen una fuerza extraordinaria porque responden a una necesidad psicológica legítima. Nos ofrecen sentido. Transforman la ansiedad en relato. Convierten fenómenos dispersos en una historia inteligible.

La genialidad de Agustín consiste en advertir que el problema no es solamente que esas historias puedan ser falsas.

El problema es que incluso cuando contienen elementos verdaderos pueden producir una ilusión de certeza superior a la evidencia disponible.

Porque una cosa es afirmar que una tecnología presenta riesgos significativos.

Y otra muy distinta es afirmar que sabemos cómo terminará la historia a causa de esa tecnología.

Entre ambas afirmaciones existe un abismo intelectual.

Esta distinción resulta especialmente relevante para entender el debate actual sobre la inteligencia artificial.

Porque los laboratorios tecnológicos nos ofrecen simultáneamente dos relatos.

Por una parte, un relato de abundancia: la IA curará enfermedades, multiplicará la productividad, acelerará el descubrimiento científico y transformará la economía global.

Por otra, un relato de catástrofe: la IA podría escapar a nuestro control, alterar profundamente el orden social o incluso convertirse en una amenaza existencial.

Ambas narrativas pueden contener elementos de verdad.

Pero ambas poseen también una enorme potencia simbólica.

Y ambas convierten a quienes las enuncian en intérpretes privilegiados del futuro.

San Agustín habría visto allí una vieja paradoja humana.

Quien anuncia la salvación adquiere autoridad.

Quien anuncia el Apocalipsis también.

Pero quien anuncia simultáneamente la salvación y el Apocalipsis adquiere una autoridad todavía mayor.

Porque se presenta al mismo tiempo como creador del futuro y como guardián frente a sus peligros.

Lo que nos toca hacer

Tal vez por eso la discusión sobre la inteligencia artificial no sea, en el fondo, una discusión tecnológica.

Tal vez sea una discusión antropológica.

Una discusión sobre nuestra dificultad para convivir con la incertidumbre sin transformarla en profecía.

Como ciudadanos, físicos y  digitales, nuestra responsabilidad no consiste en escoger entre optimistas y apocalípticos.

No consiste en convertirnos ni en evangelistas de la inteligencia artificial ni en negacionistas de sus riesgos.

Consiste en sostener simultáneamente dos verdades.

La primera: los riesgos asociados al desarrollo descontrolado de la inteligencia artificial son suficientemente importantes como para ser tomados en serio.

La segunda: quienes describen esos riesgos también deben estar sometidos al mismo escrutinio crítico que exigimos a cualquier otro actor con intereses económicos, financieros, regulatorios o políticos.

Ni fe tecnológica.

Ni miedo tecnológico.

Ni obediencia al profeta.

Ni burla del profeta.

Tal vez la lección más valiosa de San Agustín sea precisamente esa: aprender a habitar la incertidumbre sin entregar nuestra capacidad de juicio a quienes aseguran conocer el desenlace de la historia.

Porque la pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial destruirá el mundo.

La pregunta decisiva es otra:

¿Quién adquiere poder cuando creemos que puede hacerlo?

*Addison Lashly: abogado. Asesor legal.

Ah ah

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