“Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”
La misericordia fue un tema central en el papado de Francisco, quien hizo de este concepto un pilar fundamental de su ministerio hasta su fallecimiento. Desde su primer día como Papa, demostró un profundo compromiso con los marginados y excluidos de la sociedad. Su famoso abrazo a un hombre con una afección cutánea en la Plaza de San Pedro y su visita a Lampedusa, donde celebró una misa por migrantes y refugiados, son ejemplos claros de su deseo de ver a las personas como son y de encontrarse con ellas en sus realidades. Francisco no solo habló de misericordia, sino que la vivió, enfatizando la necesidad de una Iglesia que no solo acoge, sino que también busca activamente a quienes están alejados. Con motivo de su legado, le preguntamos a cinco distintos voceros dentro de la Iglesia Católica su apreciación sobre cómo encarnó el Papa Francisco el término misericordia, reflexionando sobre su impacto y su visión que perdurará en la memoria de la comunidad católica. 9,9-13
James Martin S.J. *
Thomas Merton, monje trapense y escritor estadounidense, describió una vez a Dios como “Misericordia dentro de la misericordia dentro de la misericordia”. A menudo pensaba en esta frase al reflexionar sobre el papado del Papa Francisco. Desde su abrazo a un hombre con una afección cutánea deformante en la Plaza de San Pedro, hasta su visita a la isla de Lampedusa, donde celebró la misa para migrantes y refugiados, y su acercamiento a las personas LGBTQ+, su ministerio como Papa comenzó con, y se caracterizó por, un profundo sentido de misericordia. Esto no solo surgió de su seguimiento de Jesús y de su deseo de emular el énfasis de Nuestro Señor en la misericordia, sino de algo más. Como jesuita, el Papa Francisco dedicó muchas horas a acompañar a personas en su dirección espiritual y, por lo tanto, poseía una reverencia innata por la actividad del Espíritu Santo en la conciencia de cada persona. Por ello, fue naturalmente capaz de ver a las personas como eran y encontrarse con ellas donde se encontraban, incluyendo especialmente a las personas marginadas de la sociedad y de la Iglesia. De ahí su cercanía a todo tipo de personas y su énfasis en ser un hogar para todos. Tengo la sensación de que, tras su muerte, será recordado como el Papa de la Misericordia.
(Respuesta en idioma original)
James Martin ,sacerdote jesuita estadounidense, escritor, editor general de la revista America y fundador de Outreach. [ 1 ]
Rafael Luciani *

Iglesia, hospital de campaña
Curar heridas en un mundo roto y vulnerable
Una imagen eclesial que nos puede ayudar a avizorar hacia dónde podemos caminar, es la que usaba el Papa al decir que,
“en lugar de ser solamente una Iglesia que acoge y recibe, manteniendo sus puertas abiertas, busquemos más bien ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella, hacia el indiferente“[1].
Francisco no propuso una visión autorrefencial, sino, por el contrario, abierta al mundo que insta a la institución eclesiástica a realizarse en medio de la sociedad, más allá de los propios creyentes. En Evangelii Gaudium, Francisco hablará de Iglesia en salida “misionera” (EG 20) al encuentro con los “excluidos” (EG 24), capaz de transformar “las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial” (EG 27). Una Iglesia “con las puertas abiertas” (EG 46) capaz de
“detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad” (EG 46).
Es la imagen de una Iglesia que, luego de salir y encontrarse con el mundo, se detiene con libertad y sin prejuicios moralizantes, para “acompañar al que se quedó al costado del camino” (EG 46). Sale de sí, para dejarse convertir por el otro/a. Aquí tiene sentido la metáfora de un hospital de campaña o una Iglesia samaritana, que subraya el cambio radical que la institución eclesiástica debe hacer en relación a sus formas y dinámicas estructurales para el cumplimiento de su misión. Ante el cambio de época vivido, la salida de la Iglesia pone a prueba —en palabras de Francisco— su capacidad “de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad”. Por ello, dice el Papa,
“veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas…Y hay que comenzar por lo más elemental… ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro”[2].
Esta metáfora, de “un hospital de campaña tras una batalla”, fue usada por primera vez en el pensamiento de Francisco en el contexto de un escenario mundial que él describió como guerra mundial por partes, que se ha traducido en múltiples formas de conflictos armados, crisis migratorias, nuevas alianzas globales con talante autoritario, entre otras más[3]. A esto, le podemos sumar hoy la crisis antropológica y cultural, de extensión global, que padecemos.
La metáfora no alude a una Iglesia maestra, que enseña y orienta. Antes bien, invita a cargar con una humanidad herida reconociendo la frágil credibilidad institucional en la que se encuentra la propia institución eclesiástica luego de la crisis de los abusos que se ha desencadenado. Sin embargo, es así, reconociendo su propio pecado institucional, como ella puede encontrar la verdadera conversión al salir al mundo de hoy y mostrarle su propia vulnerabilidad, no sintiéndose más que los heridos, sino acompañando y caminando juntos.
Este reconocimiento, tanto en el lenguaje como en los símbolos, de la fragilidad institucional, es fundamental en estos momentos porque nos iguala a todos y a todas. Es en y como Pueblo de Dios que la Iglesia puede encontrar caminos de conversión. Esto se deja traslucir en las palabras de Francisco a la Iglesia en Chile. Primero reconoce que “la renovación en la jerarquía eclesial por sí misma no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa” (Cf. Carta a todo el Pueblo de Dios en Chile, mayo 2018). Y luego, añade, que “en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia” (Cf. Carta privada a los Obispos de Chile)[4].
Una Iglesia hospital reconoce la vulnerabilidad de su propias formas institucionales. Es aquella que se baja del púlpito y se hace una más con todos y todas, próxima y cercana. Sólo así puede iniciar un camino sincero para superar todo resto de clericalismo o de sacralización que la ha convertido en una realidad alejada y separada del mundo. Así lo expresó Francisco:
“la Iglesia me parece un hospital de campaña: tanta gente herida que nos pide cercanía, que nos pide a nosotros lo que pedían a Jesús: cercanía, proximidad. Y con esta actitud de los escribas, de los doctores de la Ley y de los fariseos, jamás daremos un testimonio de cercanía”[5].
Congar decía que “el futuro de la Iglesia está en el futuro del mundo”[6]. Podemos decir que hoy ese futuro se ha hecho presente en los cambios antropológicos y culturales que han sido manifiestos a la luz de los actuales signos de los tiempos. Los nuevos caminos que decidamos recorrer para responder teológica y pastoralmente han de partir del reconocimiento y la integración de los rostros heridos de las nuevas periferias. Curarlos supone darles voz y espacio en la Iglesia. Eclesiológicamente esto representa convertirnos al modelo de Iglesia Pueblo de Dios. De otro modo, seguiremos con una visión social avanzada, pero, sin que ello implique, necesariamente, un cambio en las identidades y en las instituciones eclesiales.
[1] Antonio Spadaro, Entrevista del Papa Francisco a La Civiltà Cattolica, 19 de agosto de 2013.
[2] Antonio Spadaro, Entrevista del Papa Francisco a La Civiltà Cattolica, 19 de agosto de 2013.
[3] Cf. Antonio Spadaro, Il nuovo mondo di Francisco. Come il Vaticano sta cambiando la politica globale, Venezia, Marsilio, 2018.
[4] Jorge Mario Bergoglio, Las cartas de la tribulación, Herder, Barcelona 2019. Este libro fue editado por Antonio Spadaro SJ y Diego Fares SJ.
[5] Francisco, Discurso a los participantes en un encuentro organizado por el Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización (19 de septiembre de 2014).
[6] Yves Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, Sígueme, Salamanca 2014, 151.
*Dr. Rafael Luciani, laico venezolano, Doctor en Teología, Experto de la Comisión Teológica de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos
P. Manuel Antonio Texeira *

¿Qué significa la misericordia del papa Francisco?
Una de las características del papado de Francisco fue el ejercicio de la misericordia. Más que un término, fue una forma de ser que, en ocasiones, pudo resultarle incómoda. Cuando uno visitaba por la noche la Plaza de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, impresionaba la cantidad de gente sin hogar que se abría paso bajo la lluvia y se protegía del paso peatonal bajo la columnata de la plaza. Llamaban la atención las pequeñas carpas en las que se resguardaban, ya que eran todas iguales. La Santa Sede les proveía de un lugar donde dormir con algo de privacidad. Por la mañana, los baños de la plaza se convertían en el lugar de aseo de quienes dormían alrededor de la plaza. Este gesto fue muy criticado, y el Papa fue tildado, en ocasiones, como promotor del desorden, pero lo cierto es que muchos tenían un pequeño abrigo.
Su ejercicio de misericordia tocó aspectos personales, políticos y ecológicos. Francisco fue consciente de que solo no podía hacer mucho, por eso llamó a la amistad social y a la caridad política, reconoció a la Amazonía como un nuevo sujeto eclesial y llamó a todos a colaborar para salvar a nuestro golpeado planeta de una concepción de progreso devastadora. Para el Papa argentino, la misericordia no fue solo un gesto, sino un modo de ser; es decir, de pensar, de animar, de escribir, de celebrar, de perdonar, de no juzgar, de escuchar y de seguir creyendo en que una humanidad más justa es siempre posible, aun cuando todo parecía decir lo contrario.
*Decano de la Facultad de Teología y Director del Instituto de Teología en UCAB – Universidad Católica Andrés Bello
Rodrigo Guerra López*

“Para el Papa Francisco, siguiendo la más profunda enseñanza del evangelio, la misericordia fue la iniciativa radical de Dios que se doblaba ante nuestra nada. Lo más misterioso y sorprendente del Dios de los cristianos no era que fuera la Causa suprema de las cosas o el Ser infinito y absoluto del que todo dependía. Lo que constituía el Acontecimiento supremo era que Dios era Amor radical que superaba nuestras expectativas, perdonaba nuestros pecados y sanaba nuestras muchas heridas. Este Amor misericordioso nunca fue abstracto o puramente formal: poseía un rostro y una mirada concretas. Era Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Sacramento del Padre, único Redentor de su historia y de la historia de todos, en especial, de los más pobres y excluidos.”
*Rodrigo Guerra López. Laico. Doctor en filosofía. Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.
Juan Salvador Pérez*

Miserando atque eligendo
“Y mirándolo con misericordia lo eligió”, esta frase de una homilía de San Beda sobre el Evangelio de Mateo fue el lema y escudo papal de Francisco. Desde el inicio de su pontificado, dejó en claro que el suyo sería un papado inspirado y dedicado a la misericordia.
La misericordia, nos decía Francisco, era la actitud divina que abrazaba, la entrega de Dios que acogía y que se prestaba a perdonar.
Abrazar ¡qué acto humano tan grato!, acoger ¡qué gesto tan reconfortante! Y perdonar ¡qué liberador! Pero ¡cuánto nos costaba!…
Fue un mensaje que Francisco acompañó con hechos concretos y no solo con palabras, con un ejemplo serio de vida. Pero junto al llamado que nos hizo a abrazar, acoger y perdonar, Francisco nos mostró otras dos actitudes virtuosas que fueron indispensables para que fuéramos verdaderos cristianos: el humor y la humildad.
Recuerdo perfectamente y vívidamente cuando hace 12 años vi por la tele la primera intervención pública de Francisco, apenas recién electo. Se asomó en el balcón para saludar a los congregados en la Plaza San Pedro y comenzó sus palabras diciendo: “mis hermanos cardenales fueron a buscar al papa casi al fin del mundo…”.
Así, con humor y humildad, comenzó el pontificado de la Misericordia.
*Juan Salvador Pérez. Abogado. Magíster en Estudios Políticos y Gubernamentales. Director de SIC
P. Alfredo Infante S.J.*

El punto más resaltante de Francisco fue la vuelta a Jesús y su centralidad en la Iglesia, por ello su insistencia en el seguimiento a Jesús a través del discipulado y la misión. La misericordia que tanto insistió Francisco fue expresión de esta vuelta a Jesús. Jesús nos decía: «Sean misericordiosos como mi Padre es misericordioso».
La palabra misericordia es una palabra compuesta: «miseria y corazón». Cuando la atribuimos a Dios, significa que nuestro Dios no lleva cuenta de nuestros pecados ni de nuestras pequeñeces humanas, sino que nos abraza con amor y nos regala siempre la oportunidad de comenzar de nuevo, de crecer, de ser plenos y ayudar a los demás. Aunque Dios aborrece el pecado y sus consecuencias, ama al pecador y busca salvarlo; no es un juez implacable, sino un padre-madre que apuesta por sus hijos más allá de sus limitaciones. Sin embargo, la misericordia no nos exime de la decisión de aceptar o no la salvación ofrecida por Dios; la salvación invita a la reciprocidad.
El rostro de Dios que predicó Francisco conocía la condición humana, porque la asumió desde dentro en su hijo Jesucristo. Era consciente de nuestras fragilidades, miserias, limitaciones y de nuestras grandes bondades, virtualidades y posibilidades. Por ello, no buscaba la perfección farisaica, sino la transparencia de corazón y el deseo de caminar hacia la fraternidad.
La misericordia que predicó el Papa Francisco fue vista por los amos de este mundo polarizado, en guerra y tan lleno de desigualdad e injusticia, como una necedad e incluso una estupidez, porque planteaba el desafío de pensar y obrar como humanidad en la convivencia justa y el destino común del planeta.
Francisco comenzó su pontificado con el año jubilar de la misericordia y lo cerró con el año de la esperanza, y es que la esperanza de hacer de nuestro planeta una casa fraterna y sostenible, sin exclusiones, solo fue posible desde la misericordia, es decir, desde la experiencia de que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».
*P.Alfredo Infante S.J.
Teólogo. Maestría en espiritualidad ITER. Provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela.