Chesterton y el juglar de Dios [1]
Hacia finales de febrero y finales de marzo de este año, una abigarrada marea humana desafió a la intemperie el gélido invierno de la Umbría con un inusual propósito. Cerca de cuatrocientas mil personas aguardaron pacientemente en filas interminables a las puertas de la Basílica de Asís. No buscaban la última novedad tecnológica ni el ruido de un espectáculo de masas; hacían antesala para contemplar, en silencio reverencial, la osamenta de un mendigo del siglo XIII: San Francisco de Asís, en la conmemoración solemne del octavo centenario de su muerte.
Al ver aquella procesión de familias, jóvenes y escépticos avanzando sobre el mismo polvo medieval que hollaron las sandalias del santo, resultaba imposible no evocar la escena en que Jesús interpela a las muchedumbres en el desierto: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Lc 7, 24-26)[2].
El eco de aquella pregunta sigue pendiendo sobre nosotros. ¿Qué busca el hombre del siglo XXI, fatigado por el rendimiento y alienado por el síndrome de la conexión perpetua[3], en los despojos de un hombre que decidió no poseer absolutamente nada? Quizás la respuesta se encuentre escondida en una vieja paradoja enraizada en la Escritura: la historia de un muchacho que lo tenía todo y terminó marchándose entristecido, y la de otro que lo arrojó todo a la calle para echarse a cantar por los caminos.
Marcos relata el episodio en el Evangelio con el oficio de un buen cronista. Jesús emprende la marcha hacia Jerusalén —hacia la cruz— cuando un personaje irrumpe en la escena. El evangelista emplea un gráfico verbo griego: prosdramōn[4]. El hombre no se acerca con el paso cadencioso y autosuficiente de alguien satisfecho de sí mismo; llega corriendo a su encuentro, como quien busca algo con ansias. E inmediatamente después, se desploma de rodillas en mitad del camino.
Hay en ese gesto una audacia conmovedora. Aquel hombre, a quien el texto revelará más adelante como un magnate de grandes posesiones, echa por los suelos su compostura social en el polvo del camino. Siente una sed que sus alforjas repletas no han logrado mitigar. Pero su primera frase delata la grieta invisible de su alma: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17).
El verbo hacer encierra el germen de su error. El recién llegado razona como un esforzado acumulador de méritos. Para él, la eternidad es un bien negociable que se adquiere mediante el abono de una tarifa ética oportuna. Cuando Jesús le recuerda los mandamientos de la justicia elemental, el muchacho responde con serena franqueza: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud». Es un hombre moralmente intachable. Un ciudadano ejemplar que jamás ha estafado a nadie. O eso cree él. Y, sin embargo, su propia carrera desesperada atestigua que el cumplimiento externo no le ha devuelto la paz interior.
En ese punto, Marcos introduce un detalle que no se encuentra en los otros sinópticos: Jesús fijó en él su mirada y lo amó. El vocablo griego habla de una mirada profunda, esa que descubre los pensamientos ocultos en el corazón (cfr. Lc 2, 34-35). Jesús no le exige el desprendimiento para someterlo a una penitencia arbitraria, sino porque lo ama y quiere liberarlo de sus ataduras. El despojo es la medicina para quien se encuentra sofocado por el peso de su propio equipaje mundano.
La réplica del Maestro desarma el andamiaje del joven: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres… luego ven y sígueme» (Mc 10, 21). Entonces se produce la ruptura. Marcos registra el colapso con una precisión física demoledora: stygnasas[5]. El semblante del hombre se encapota como un cielo de tormenta antes de descargar el aguacero. Da media vuelta y se retira triste, porque tenía muchas posesiones.
No se marcha furioso ni desafiante; se marcha melancólico. Ha calculado el precio del amor y ha concluido que desprenderse de sus certezas es un costo inasumible. Las riquezas, que debían servirle de medios, se han transformado en sus fines: en su jaula de oro. Y el relato lo deja marcharse solo, desvaneciéndose para siempre en el anonimato de la historia.
La pirueta de un gigante en Londres
A comienzos del siglo XX, quien transitara por las cercanías de Fleet Street, en Londres, podía toparse con una estampa difícil de encajar en los moldes de la era industrial. Envuelto en una capa oscura que flameaba en la niebla, con un sombrero desmadejado y empuñando un bastón que escondía un estoque, la mole de Gilbert Keith Chesterton —más de ciento treinta kilos de lucidez y bonhomía— parecía escapada de una de sus propias novelas detectivescas.
Su desapego de las cosas del mundo era proverbial. Resulta inolvidable aquel telegrama desesperado que envió a su esposa Frances desde una estación perdida del interior: «Estoy en Market Harborough. ¿Dónde debería estar?», a lo que ella contestó con sosiego doméstico: «En casa»[6]. Aquella distracción no era torpeza, sino el síntoma de una mente fascinada por realidades más elevadas. En sus célebres controversias con George Bernard Shaw —esbelto, abstemio y planificador—, el choque entre dos modelos de civilización se resolvía con chispazos de ingenio: Shaw le espetó una tarde que mirar la corpulencia de Chesterton hacía pensar en una hambruna generalizada en Inglaterra, a lo que Gilbert replicó sin vacilar que contemplar la delgadez de Shaw explicaba claramente la causa de dicha calamidad[7].
En 1898, cuando apenas era un joven redactor que bregaba para llegar a fin de mes, Chesterton escribió a su prometida detallándole su solvencia económica. La carta incluía un inventario hilarante de sus posesiones terrenales: un sombrero hongo, un bastón, un libro de Walt Whitman, una navaja de bolsillo, una caja de cerillas, una raqueta de tenis, unas pocas monedas de curso legal y, como duodécimo artículo, «un corazón extraviado en cualquier parte». «Éstas son prácticamente todas las propiedades de las que puedo hacer balance de momento —concluía—. Al fin y al cabo, tengo gustos estoicos y sencillos. ¿Qué más necesita un hombre?»[8].
Fue esa misma mirada despreocupada, y a la vez deslumbrada por su reciente conversión al catolicismo en 1922 —para cuya confirmación habría de adoptar el nombre de Francisco—, la que plasmó en su biografía del Poverello de Asís en 1923. Chesterton definió la paradoja no como un adorno verbal para asombrar a la burguesía, sino formalmente como «la verdad puesta de cabeza para llamar la atención». Y para explicar la aparente locura de Francisco, recurrió a la imagen de un acróbata medieval que decide mirar al mundo al revés, con la cabeza hacia abajo[9].
Al emerger de la gruta —donde purificó su corazón y discernió los designios de Dios— y contemplar las murallas de Asís desde una postura invertida, el santo advirtió algo sobrecogedor: las torres fortificadas y los palacios comunales no descansaban seguros sobre la piedra, sino que colgaban del firmamento con una fragilidad sostenida únicamente por el hilo invisible de la gracia divina. Al descubrir que nada existe por necesidad propia y que el universo entero es un obsequio inmerecido, la soberbia se disuelve en un pozo de humildad.
Se pone así de manifiesto lo que Chesterton denominó la «paradoja de la propiedad»: el hacendado que compra un bosque se pasa la vida clavando estacas, cercando linderos y contratando guardias armados para defender su perímetro, convirtiéndose en el prisionero lúgubre de sus propios dominios. En cambio, el vagabundo que va por la vida con lo puesto conserva el privilegio metafísico de gozar de los árboles, los ríos, los montes y la creación entera como un don gratuito. Para abrazar al mundo entero, primero hay que tener las manos completamente libres.
La desnudez en la plaza
Esa pirueta conceptual fue exactamente la que encarnó Francisco de Asís hace más de ocho siglos. Hijo de Pietro di Bernardone —un próspero comerciante de telas que medía el valor de la vida en varas de paño fino y letras de cambio—, el joven Francisco, después de fallidas andanzas militares y caballerescas, y destinado a una lucrativa vida de pequeño burgués, se hallaba atrapado en el mismo dilema que el personaje del Evangelio.
El desenlace de su crisis, surgida de la vocación de San Damiano y el discernimiento de la caverna, tuvo lugar en el tribunal del obispo Guido. Llevado ante la autoridad por su padre, quien le exigía la devolución formal del patrimonio malgastado en reparar ermitas y atender menesterosos, Francisco no se limitó a entregar la bolsa de monedas. En un arrebato de integridad que desconcertó a los notables de la ciudad, se despojó de sus ropas hasta quedar completamente desnudo.
Mientras el obispo lo cubría presuroso con su propio manto eclesial, el joven devolvió el hato de telas a su progenitor y pronunció las palabras que desataron el nudo del camino de Judea: «Hasta el presente te he llamado padre en la tierra, pero de aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza»[10].
Francisco encarnó la respuesta que el joven rico no fue capaz de dar. El personaje bíblico se marchó compungido porque temía perder su herencia; el hijo del mercader de Umbría renunció al inventario familiar para ganar una filiación que nadie podría arrebatarle. En ese despojo público no hubo amargura ni despecho. Tomás de Celano cuenta que, libre de ataduras, Francisco se internó en los bosques nevados cantando alabanzas en lengua francesa, alegre como un juglar que acaba de escapar de prisión. Donde el joven rico se alejó con el rostro sombrío, Francisco descubrió el secreto de la Perfecta Alegría[11].
La tiranía del mérito y el ojo de la aguja
El relato de Marcos ilumina con agudeza las dolencias de nuestra propia sociedad. El filósofo Michael Sandel ha señalado cómo en las últimas décadas transitamos de «tener una economía de mercado» a «ser una sociedad de mercado». El mercado, que resulta un instrumento útil para organizar el intercambio de bienes tangibles, terminó por colonizar los rincones más íntimos de la vida cívica y espiritual, asignándole precio a realidades que pierden su dignidad intrínseca en cuanto se convierten en objeto de negocio.
El hombre rico que corrió al encuentro de Jesús prefigura al individuo contemporáneo sometido a la «tiranía del mérito». Es la narrativa del triunfador hecho a sí mismo (self-made man), convencido de que su prosperidad responde exclusivamente a su talento y diligencia personal. Esta certidumbre atrofia el sentido de la gratuidad: si el ganador considera que merece hasta el último céntimo de su éxito, concluye de forma natural que quien yace en la indigencia merece asimismo su abandono. Es la vieja doctrina de la retribución con ropajes seculares[12].
Jesús sacude a sus discípulos con una sentencia que desafía las certezas de su época: «Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios» (Mc 10, 25). Durante siglos, cierta exégesis bienintencionada intentó edulcorar la metáfora imaginando una puerta baja en las murallas de Jerusalén por donde los camellos debían entrar de rodillas, o los viandantes despojarse de toda carga. Pero la fuerza del relato radica justamente en su escándalo visual.
Lo que impide el paso al camello no es su tamaño, sino la joroba de su suficiencia. El animal cargado de fardos y fardos de seguridades no puede cruzar la rendija del don. Por eso, ante la perplejidad de los apóstoles («¿Entonces, quién podrá salvarse?»), la respuesta de Jesús desmantela el cálculo contable: «Para los hombres es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible» (Mc 10, 27). La salvación no es un premio que se reclama con el billete de lotería en la mano; es una gracia que se acoge con los brazos abiertos.
La agilidad del discípulo
En tiempos donde las astronómicas fortunas de unos pocos contrastan escandalosamente con las carencias de tantos, la llamada de la «Economía de Francisco» —animada por el Magisterio de la Iglesia a partir de encíclicas como Laudato si’ y Fratelli tutti— no constituye un arrebato poético ni una añoranza medieval. Representa una enmienda sensata a la hybris de la acumulación y el consumo desenfrenados.
Reivindicar la gratuidad, el trabajo digno y la regeneración de los bienes comunes no significa menospreciar la creatividad productiva ni la legítima y necesaria generación de riqueza, sino devolverle su escala humana. Como recordaba Benedicto XVI en Verbum Domini, los santos son los intérpretes más autorizados de la Revelación porque han traducido la Palabra a la historia viva[13]. Una sociedad que conoce el precio de todas las cosas pero ignora el valor intangible de la gracia y el don termina pareciéndose de manera inquietante al joven del relato marcano: satisfecha y saciada por fuera, pero secretamente extenuada y triste en su interior.
El hombre rico que dio media vuelta prefirió la solitaria y fría compañía de sus cofres a la aventura del seguimiento. Francisco de Asís, el caballero que se atrevió a despojarse de la armadura, demostró que la renuncia cristiana jamás fue una mutilación del alma, sino la conquista de una libertad asombrosa. Al final del viaje, la paradoja se cumple de forma exacta: sólo quien ha tenido el coraje de soltar lo que no tiene sentido retener conserva el privilegio de correr sin lastres hacia la vida eterna.
[1] El presente texto es un extracto de una tesis más extensa del autor sobre el tema. El autor ha utilizado herramientas de IA para las labores de síntesis y edición. El texto final aquí publicado es fiel e íntegro reflejo de las palabras, ideas y opiniones del autor.
[2] Cfr. Sagrada Biblia, ed. Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, edición digital (Pamplona: EUNSA, 2016), Lc 7, 24-26. Las citas bíblicas a lo largo del texto siguen esta edición.
[3] El síndrome de Aracne (síndrome de Hiperconectividad Digital): descripción, características y prevención https://revistamedica.com/sindrome-aracne-hiperconectividad-digital/amp/
[4] Eberhard Nestle, Erwin Nestle, Barbara Aland et al., eds., Novum Testamentum Graece (NA28), 28.ª ed. revisada (Stuttgart: Deutsche Bibelgesellschaft, 2012), Mc 10, 17. El participio prosdramōn (de prostrechō, correr hacia adelante) es propio de Marcos en esta escena, acentuando la urgencia cinética frente a la aproximación estática de Mt 19, 16 y Lc 18, 18.
[5] Cfr. Mc 10, 22 (NA28). El término stygnasas procede del verbo stygnazō, usado para describir el cielo que se cubre de nubes sombrías antes de una borrasca (cfr. Mt 16, 3).
[6] Cfr. Joseph Pearce, G. K. Chesterton: Sabiduría e inocencia, trad. Carmen González del Yerro Valdés (Madrid: Ediciones Encuentro, 1998), cap. 9 («El Chestershaw»).
[7] Ibíd.
[8] Cfr. Joseph Pearce, G. K. Chesterton: Sabiduría e inocencia, cap. 3 («El Chesterblogg»). El inventario procede de la carta citada por Maisie Ward en Gilbert Keith Chesterton (Londres: Sheed & Ward, 1944), págs. 85-86.
[9] Cfr. G. K. Chesterton, San Francisco de Asís, trad. Marià Manent i Cisa (Barcelona: Editorial Juventud, 1966), cap. V («El juglar de Dios»), págs. 93-95 y 131-134.
[10] Cfr. San Buenaventura, Leyenda Mayor de San Francisco, cap. II, n. 4; Tomás de Celano, Vida primera de San Francisco (1 Celano), cap. VI, n. 15. Fuentes disponibles en el Directorio Franciscano.
[11] Cfr. Tomás de Celano, Vida primera (1 Celano), cap. VII, n. 16; y Florecillas de San Francisco, cap. VIII («De qué manera enseñó San Francisco a fray León que la perfecta alegría está solo en la cruz»).
[12] Cfr. Michael J. Sandel, Lo que el dinero no puede comprar: Los límites morales del mercado, trad. Joaquín Chamorro Mielke (Barcelona: Debate, 2013), págs. 13-15; y La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?, trad. Albino Santos Mosquera (Barcelona: Debate, 2020), cap. 2, págs. 41-52.
[13] Cfr. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, n. 48 («Los santos y la interpretación de la Escritura»); Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in veritate, 29 de junio de 2009, nn. 34-37; Francisco, Carta Encíclica Fratelli tutti, 3 de octubre de 2020, nn. 1 y 9[13]-14; y The Economy of Francesco, Pacto por la economía con el Papa Francisco, Asís, 24 de septiembre de 2022.



