Alguna vez le escuché contar a Fernando Savater que uno de los grandes gozos literarios que tuvo en su vida fue el hecho de poder entrar a una librería cualquiera y descubrir un nuevo libro de Jorge Luis Borges recién salido de la imprenta. A quienes empezamos a leer cuando el maestro ya había prácticamente completado toda su obra, nos quedaba sin embargo el consuelo no menor de poder descubrir algún libro suyo que para nosotros era completamente nuevo, es decir, que para nosotros significaba adentrarse en un universo del todo inexplorado. Hubo un tiempo en que yo mismo me di a la feliz tarea de descubrir un nuevo libro de Borges cada vez que podía, y a buen seguro que ha sido el tiempo mejor aprovechado de mi vida.
En un suspiro, han pasado ya cuarenta años desde que, en aquel templado comienzo del verano ginebrino de 1986, Borges cumplió con la determinación que había tomado en una carta postrera y, como cierto personaje de Wells, se convirtió en un hombre invisible antes de desvanecerse en la eternidad[1]. Su portentosa figura no fue sólo la de un escritor, sino la de quien cumple el sagrado destino del artista que él mismo comenzó a labrarse desde la infancia y que confesaría a manera de testamento en una de sus últimas entrevistas: el deber, a veces gozoso, del poeta es transformar las realidades cotidianas en algo que pueda perdurar en la memoria de los hombres[2].
En el Palermo de su niñez, que era todavía un suburbio bonaerense, donde convivían familias venidas a menos con otras no tan recomendables, el universo de Borges no estuvo en las calles, sino en los libros. Él mismo diría que, si tuviera que señalar el hecho capital de su vida, fue haber contado con la biblioteca de su padre. Allí, su progenitor, un hombre culto, tímido y discreto, no sólo le legó una tradición, sino que le reveló que las palabras son mucho más que un simple instrumento: son la materia de la que están hechos el universo, el tiempo y la eternidad. A la vez que escuchaba los clásicos anglosajones leídos por su abuela inglesa, devoraba de cabo a rabo los gruesos tomos de la Enciclopedia Británica.
Aquel padre inteligente y bondadoso fue quien le enseñó el arcano lenguaje de la poesía, una filigrana tejida de jardines secretos, azares, mitos y sagas, héroes y traidores, espejos y laberintos, tiempo y eternidad. Borges creció bajo la convicción profunda de que se esperaba de él que fuera el escritor que su padre no había podido ser. Así, su vida se convirtió en una consagración absoluta a la palabra.
Después de vivir en Ginebra, Zúrich y París -ciudad esta última que nunca llegó a fascinarlo-, el regreso a Buenos Aires fue para él una revelación. Encontró una ciudad cuyos confines eran un extrarradio de edificios bajos con azotea que se perdían hacia la pampa por el oeste. Fue ese horizonte infinito el que le permitió ver su lugar de origen con una mezcla única de sorpresa y afecto; un redescubrimiento que no habría sido posible sin el exilio.
Tras media vida oculto en empleos más o menos anodinos, leyendo y componiendo sus fábulas en las horas “muertas” de las tareas burocráticas, alcanzó de repente y sin proponérselo la celebridad. En aquellos tiempos, publicar era una aventura privada en la que el éxito era una rareza, mientras que el fracaso se daba por descontado. Borges solía regalar sus libros sin pensar jamás en críticos o libreros. Se le conocía más en París que en Argentina hasta que obtuvo el premio Formentor en 1961[3].
Uno de los episodios más áridos y, a la vez, borgeanos de su vida fue el de los nueve años que pasó trabajando en una biblioteca municipal. Él los definiría como “nueve años de continua desdicha”. La ironía residía en que, mientras ya era un escritor reconocido internacionalmente, en su propio lugar de trabajo era un perfecto desconocido. Se cuenta que un compañero, al encontrar el nombre de un tal Jorge Luis Borges en una enciclopedia, se sorprendió de la coincidencia de nombres y fechas de nacimiento, sin sospechar que el hombre que tenía enfrente era el mismo autor. Pero fueron también aquellos años “perdidos” los que le permitieron explorar cual arqueólogo de la literatura, la veta inagotable de una biblioteca: era capaz de acabar en pocos minutos sus tareas cotidianas, y sumergirse el resto del tiempo en el apacible océano de los libros.
Ninguna crónica de su vida estaría completa sin Macedonio Fernández, ese conversador extraordinario de silencios profundos. Macedonio le hizo el mayor de los regalos: le enseñó a leer con escepticismo. Bajo su influjo, Borges comprendió que no hay gran diferencia entre el sueño y la vigilia, de manera que somos la materia de la que están hechos los sueños y vivimos, efectivamente, en un mundo en el que se desdibujan las fronteras entre el ensueño y la realidad. Esta noción se convertiría en el hilo conductor de sus ficciones más célebres.
Alguna tarde, hace ya unos cuantos años, me tropecé de frente en una librería con una primera edición española de sus Ficciones -que todavía atesoro-, cuya imagen de portada era un dibujo intrigante y para mí desconocido que inmediatamente capturó mi atención. Se trataba del Newton de William Blake, que de alguna misteriosa manera venía a ser el espejo perfecto de su obra: vemos a Newton midiendo el abismo con un compás, intentando imponer una lógica humana sobre la inmensidad. Como Newton, Borges fue un exégeta de lo infinito, un artífice de laberintos, universos paralelos y personajes antiguos que volvían a la vida a través de su pluma sin igual.
La ceguera, producto de una afección heredada de su padre, no fue una tragedia repentina, sino un proceso gradual, como un «lento atardecer de verano». Lejos de ser patética, esta condición lo obligó a reinventar su método creativo. Al no poder usar borradores, tuvo que recurrir a la memoria y, por ende, a la métrica clásica. El verso rimado se volvió itinerante; podía pulir un soneto caminando por la calle o viajando en el subterráneo, utilizando el ritmo como un custodio de la memoria infalible. También le abrió las puertas a Borges el conferencista, probablemente el último gran exponente de la tradición oral. Entre los libros suyos que más gratamente guardo en mi memoria se encuentran sin dudarlo algunas de las antologías de sus enciclopédicas y magistrales conferencias, que llevaban por título aquella sólo aparente y certera paradoja: Borges Oral.
Al final del camino, Borges abandonó la pedantería dogmática de su juventud por una sencillez aprendida de Alfonso Reyes. Pocos escritores han despertado tanta admiración; pocos escritores se han tomado a sí mismos menos en serio. Entendió que para escribir bien hay que ser discreto y evitar la vanidad de la grandilocuencia. Su gran aporte literario fue el magistral dominio de lo que se suele denominar “libros fantasma”. Diría en 1941: “La composición de vastos libros es una extravagancia laboriosa y empobrecedora… Un mejor rumbo es hacer como que ya existen estos libros y luego ofrecer un resumen, un comentario… Más razonable, más inepto, más indolente, he preferido escribir notas sobre libros imaginarios”[4]. Con el tiempo, llegaría a sentir que toda su vida no había sido más que la reescritura constante de un único libro, depurado y mejorado a través de las décadas.
En sus años de plenitud, la fama y el fracaso se volvieron irrelevantes. Lo que realmente buscaba era la paz, el placer del pensamiento. Se dedicó, en palabras que resonaban en muchas de las entrevistas que concedió, a buscar la serenidad, que le parecía una ambición más razonable que buscar la felicidad; comprendiendo que quizás la serenidad fuera una forma de felicidad. Se cuenta que en alguno de sus paseos vespertinos por las calles de Buenos Aires, antes de partir a Ginebra en 1985 en un viaje sin retorno, un transeúnte, sorprendido por su presencia, se le acercó y le inquirió:
—¿Es usted Borges?
A lo que el anciano socarrón e irónico que se escondía bajo el personaje del abuelo cegatón, respondió:
—A veces, hijo, a veces…
[1] https://x.com/i/status/2066078431607984516
[2] https://www.instagram.com/reel/DZkhHGAD_8l/?igsh=aTM2YmNzcHNzZHY5
[3] ¿Es Jorge Luis Borges el escritor más importante del siglo XX? https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/09/140911_vert_cul_borges_mejor_escritor_yv
[4] ¿Es Jorge Luis Borges el escritor más importante del siglo XX? https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/09/140911_vert_cul_borges_mejor_escritor_yv



