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2020: el año que nos deja cansados… ¿y acaso, es eso malo?

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Foto: archivo WEB

Por Juan Salvador Pérez | @jonchoperez

El tiempo, nos dice San Agustín, es la medida del cambio y cambiar es un asunto exclusivo de los seres humanos, es decir, la fijación y la observancia tanto de los cambios como de los tiempos es un tema que nos atañe solo a nosotros como especie.

Así entendido, en esos períodos de tiempo que tarda la Tierra en dar la vuelta a Sol, encontramos que hemos tenido años malos y hemos tenido años buenos, según cómo nos hayan resultado (subjetivamente) los cambios.

2020 ha sido un año particular. No sé si coincido con la Revista Time en tildarlo como el peor año de la historia, quizá sea mucho. Ciertamente, ha sido un año duro, de complicadas circunstancias pandémicas, pero también de muchos e importantes aprendizajes.

La pandemia Covid-19 dejó en evidencia lo frágil de la vida humana, la imposibilidad de la previsión y el control de los factores, nos colocó frente al miedo, nos llevó a encerrarnos en nuestros hogares, a disminuir casi a cero la actividad, a abandonar nuestras rutinas, nos hizo sentirnos a todos vulnerables, pequeños, indefensos. También nos puso cara a cara con la vida, nos mostró lo mejor de la especie humana, la capacidad de dar la vida por el otro, la voluntad del servicio amoroso, la disposición concreta de tanta gente para actuar con solidaridad, dejó en evidencia las muestras más sublimes de la Caridad.

Lo cierto es que, este 2020, nos dejó a todos cansados. Acudimos a un fin de año con una profunda sensación de agotamiento ¿y acaso, es eso malo?

Son muchos los intelectuales y pensadores que han venido estudiando y abordando el tema del cansancio. El monje benedictino Anselm Grün nos indica que, ante la pretensión disparatada del hombre por apoderarse de todo, dominarlo todo, controlarlo todo, el mundo se torna estéril y el hombre se agota.

Llegan a sí a su fin no sólo las fuerzas físicas corporales, sino también la concepción, la ilusión que nos habíamos hecho de la vida. Es lo que sucede con la idea kantiana del trabajo hercúleo, tan típico de nuestra sociedad contemporánea, donde nos encontramos (incluso nosotros mismos) dedicados y preocupados por transmitir la imagen de ser unos seres tremendamente ocupados, lo cual al final hace cuesta arriba que nos encontremos a gusto con nuestros trabajos y oficios. De allí – insiste Grün – que no sea el trabajo en sí lo que nos cansa, sino las segundas intenciones que ponemos en él.

Y estas agotadoras y extenuantes segundas intenciones quedan más que nunca en evidencia en un año como este, que nos conminó a dejar nuestras vidas agitadas, nos constriñó a quedarnos en nuestras casas, que nos obligó a hacer una pausa en los trabajos, y sin embargo terminamos el año cansados.

Parece pues que nuestro cansancio no se trata de un problema de exceso de trabajo, sino de falta de ocio.

Los romanos definían al trabajo por lo que no era, es decir, utilizaban la negación de un concepto neg-otium (ausencia de ocio) para precisar al trabajo. Por su parte, definían al otium (ocio) como aquel tiempo libre que se disponía y se dedicaba para la verdadera actividad importante del ser humano, el tiempo que da paz interior, de conseguir la riqueza interior del alma.

Es decir, el auténtico y edificador trabajo requiere necesariamente del ocio para que pueda estar enfocado a producir realización en la persona, más allá del simple esfuerzo y la pura tensión.

Suprimir el ocio del negocio nos conduce, inexorablemente, al desgaste sin sentido. El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, lo plantea de manera muy clara: “el hombre depresivo es el animal laborans que se explota a sí mismo y, además, con entera libertad, sin presiones ajenas”.

Este año 2020 nos tendió una oportunidad, una invitación (bastante impuesta, pero invitación al fin) al ocio. Pero no al ocio mal entendido, ese que coloquialmente representa la pérdida irresponsable de tiempo, la flojera, la desocupación frívola y fatua.

Es una invitación al otium como fórmula ante el cansancio. Ese dejar conscientemente que las cosas fluyan en el silencio, en la quietud. A no sentirnos ni dejarnos hacer sentir sometidos por las presiones sin pausa del entorno. El ocio es la capacidad de mantenernos serenos, tranquilos, silenciosos. Es el espacio donde contemplamos la esencia de las cosas y nuestra relación con ellas.

Visto así se comprende con meridiana lucidez por qué los antiguos griegos, los romanos, Tomás de Aquino, los grandes pensadores de todos los tiempos, nos han hablado e insistido en el encomio del ocio como ese no-hacer consciente que nos brinda la oportunidad de hacernos virtuosos.

2020 nos deja a todos cansados. Y este cansancio nos increpa a hacer un alto interior, a revisarnos, a enfocarnos.

Nos deja cansados, pero eso es bueno.

 

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