Cuando el escritor, poeta y filósofo estadounidense, Henry David Thoreau, se retiró a una pequeña cabaña en Walden Pond en búsqueda de una vida más simple y sencilla, fue calificado de “excéntrico” y “loco”, pero quizás allí, en ese pequeño poblado de Massachusetts, inmerso entre libros y naturaleza, descubrió la clave para reconciliarnos con nosotros mismos y la Creación de Dios

Por Germán Briceño Colmenares

Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes

Lucas 12, 15

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido

Henry David Thoreau

Dice el escritor Henry Miller, en el magnífico prólogo a una edición de 1946 de algunos ensayos escogidos de Thoreau publicada por la Universidad de Stanford1, que la imagen de Henry David Thoreau ha sido fijada para el público por educadores y «hombres de gusto» como la imagen del eremita, del excéntrico, de la broma de la naturaleza. No pude evitar preguntarme si hoy, cualquiera que se declare defensor de la naturaleza, de la ecología y del planeta, no se haría merecedor de los mismos calificativos. De manera que la anónima y minúscula epopeya de Thoreau, me dio pie para hablar de nuestra relación con el planeta.

Como se sabe, Thoreau decidió instalarse en una pequeña cabaña en Walden Pond, cerca de Concord, Massachusetts, el 4 de julio de 1845, con la intención de vivir de la forma más sencilla posible. Se las arregló para acomodar todo lo que quería, que era muy poco, en una vivienda del tamaño de un cobertizo para herramientas, edificada en predios boscosos propiedad de su amigo Ralph Waldo Emerson. Casi diez años después, publicó sus silvestres memorias en un pequeño volumen cuya filosofía se ha convertido casi en objeto de culto por parte de algunas personas.

“¡Simplicidad, sencillez, sencillez!” exhortó en Walden, o la vida en los bosques, el relato clásico de sus dos años en el estanque. “Digo, que vuestros asuntos sean como dos o tres, y no cien o mil; en lugar de un millón, cuenta media docena y lleva las cuentas con la uña del pulgar”. Al final se trata de aquel viejo lema, de ribetes estoicos, rescatado por el papa Francisco en Laudato Si’: menos es más. La aventura de Thoreau (excentricidad y locura la llamarán algunos) no era sino su peculiar manera de llamar la atención sobre la necesidad de una vida más simple y libre de las ataduras y las fatigas de las posesiones y los negocios. Paradójicamente, darle la espalda a los afanes acumuladores nos reconcilia y nos sitúa en armonía con el planeta.

Era también, un alegato en contra del aburguesamiento y el consumismo y a favor de la austeridad y lo estrictamente necesario para la vida, que nos permita deslastrarnos de la ansiedad que nos causa esta frenética e interminable búsqueda de lo superfluo, y en su lugar darnos por satisfechos con tener lo necesario. Se dirige Thoreau a quienes se consideran pudientes, pero que en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que ha acumulado basura y que no sabe cómo hacer uso o deshacerse de ella, fraguando así sus propios grilletes de oro o plata.

Pero la otra cara de la moneda del retiro de Thoreau no era menos importante. Su semi-reclusión en Walden (nunca fue total, pues con frecuencia se acercaba hasta el pueblo de Concord para encontrarse con familiares y amigos), que comenzó en julio de 1845 y terminó en septiembre de 1847, tenía además el propósito de afianzar su vida interior, mediante el seguimiento de un curso intensivo de autoeducación, que requería lectura sin distracciones. «Los libros deben leerse tan deliberada y reservadamente como fueron escritos», escribió. De alguna manera Thoreau prefiguraba aquello que fue luego magistralmente expresado por Hemingway: el hombre que empieza a vivir más seriamente por dentro, comienza a vivir más sencillamente por fuera.

Además, se tomó esos años como una inmersión profunda en la naturaleza, en su cadencioso y sereno lenguaje, que le serviría para alejarse del clamor impulsado por el ego, que era como, en sus momentos más estresantes, veía el discurso humano. A veces se nos olvida que, aunque hemos sido colocados en un sitial privilegiado de la creación, somos también parte de la naturaleza, y debemos estar en armonía con ella, respetando sus leyes, sus ciclos y sus recursos. Estamos, en definitiva, inmersos en la naturaleza y, por lo tanto, no podemos ni debemos maltratarla o vivir de espaldas a ella, como tantas veces parece ocurrir. Al menos los católicos no podemos olvidar el plan mismo de Dios, manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra (cfr Gn 1,28) y de perfeccionar la creación, al mismo tiempo que se perfecciona a sí misma.1

A lo mejor un pequeño paso en esa dirección es intentar sacarnos de la cabeza la perniciosa idea del rendimiento máximo y apostar por la más modesta y asequible del rendimiento óptimo. Paradójicamente, esto no es un llamado a dejar de hacer las cosas bien, sino a intentar hacerlas lo mejor posible, y lo mejor, muchas veces, no es lo máximo2; y esto pasa por entender aquella vieja conseja de que lo perfecto es enemigo de lo bueno, y que a veces, darlo todo no siempre significa obtenerlo todo. La moderación no tiene nada que ver con la mediocridad. Ya he comentado alguna vez esa sutil diferencia de la que hablaba Javier Marías como antídoto a la insatisfacción: no se trata de caer en el conformismo sino en una sana conformidad.

En condiciones normales y en países normales (lamentablemente no es nuestro caso), las cosas necesarias son por lo general asequibles a un salario promedio, y nadie pretende negar los apuros que pasa cada vez más gente en el mundo –incluso en países desarrollados– para llegar a fin de mes, como consecuencia de la voraz inflación de los últimos años. Se ha convertido en todo un desafío equilibrar el progreso y la abundancia de unos con el atraso y las carencias de otros; y todo esto con la serenidad y la sencillez de todos.

Incluso más allá de las carencias o excesos materiales, hay también una cuestión de ritmo de vida. El constante ajetreo de las tareas materiales, a veces ínfimas e intrascendentes, que nos distraen de cuestiones más elevadas e importantes. La tiranía de lo urgente sobre lo importante. El propio Thoreau afirmaba que muchas de las llamadas comodidades de la vida, no solo no son indispensables, sino que a veces se convierten en lastre para la elevación del alma.

Quizá en los tiempos de Thoreau no era tan evidente aún que la demencial carrera de los hombres detrás del mundanal ruido y las baratijas terrenales estuvieran causando un daño al planeta, pero ya era bastante notorio el daño que causaban a su espíritu. No por casualidad, según afirma él mismo, los filósofos y maestros de la antigüedad fueron una clase de gente nunca igualada en pobreza externa y riqueza interior, pues el apetito por las cosas materiales no es muy distinto al de las cosas espirituales: cuanto más se tiene más se desea.

Hace apenas unas semanas, en una minicumbre climática organizada por la ONU en Nueva York, su secretario general António Guterres no se anduvo con rodeos al decir que la humanidad ha abierto las puertas del infierno, y que el calor horrendo está teniendo efectos horrendos para el planeta y sus habitantes. Hoy nadie puede decir que no sabía, pues todos hemos experimentado un verano boreal tórrido y agobiante como no se recuerda desde que se llevan registros. Puede que haya todavía quien piense que eso no se debe solo al factor humano, pero basta con que la humanidad tenga algo que ver con el asunto para empezar a tomar medidas drásticas que ayuden a revertir, o al menos a ralentizar, el fenómeno antes de que convirtamos a nuestro hermoso planeta en un lugar inhóspito.

El mismo día de las declaraciones de Guterres, casualmente me tropecé con un artículo sobre Douglas Rushkoff4, un escritor y profesor universitario especializado en tecnología y redes y acuñador del concepto de viralidad, en el que revelaba lo que piensan los ultrarricos, algunas de cuyas empresas contribuyen generosamente con el calentamiento global, sobre un posible evento catastrófico: climático, biológico, nuclear, cibernético… La respuesta no es muy distinta a la que cabría esperar: se preparan para bunkerizarse, poner tierra de por medio (o incluso espacio exterior) una vez que el problema se desate. No parece una solución demasiado plausible, ni siquiera para ellos mismos, pero definitivamente no lo es para el resto de la humanidad.

Una de las metáforas que propone Rushkoff, y que tiene que ver con la necesidad de ponernos límites a nosotros mismos de la que venimos hablando, es la de los 15 millones de dólares: al inicio de una charla en una escuela de negocios, pregunta a los estudiantes quién estaría dispuesto a limitar sus ganancias a 15 millones de dólares si con ello contribuyera a un mundo más sostenible. Casi nadie levanta la mano. Al final de la charla, logra convencer a uno o dos. La propia cifra es una humorada absurda: las estadísticas indican que apenas un puñado de seres humanos acumularan en sus vidas una fortuna tan exorbitante como esa; y sin embargo, a un estudiante de negocios le suena a poco, en esa ambición ilimitada y un tanto arrogante típica de cierta juventud.

El hecho es que la metáfora de Rushkoff toca uno de los puntos fundamentales de nuestra relación con el planeta y con los demás que ya hemos mencionado: deberíamos poner freno a nuestra avaricia desmedida de cosas que no necesitamos; deberíamos acostumbrarnos a tener lo suficiente y no más, a tomar menos de los demás y del planeta, a volver a una vida más simple y amigable con el ambiente, que pasa por tener menos cosas, desear menos cosas, fabricar menos cosas, cuidar de las que tenemos, compartirlas con los demás (pedir prestado el martillo al vecino en lugar de comprar uno). Todo esto, por cierto, ya lo había dicho San Agustín unos cuantos siglos atrás: «Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra en vez de levantar».

No sé si, con los años, me he vuelto más ecologista o no, pero sí sé que me enfado cuando veo un incendio de vegetación, y me enfado más aún cuando sospecho que pudo ser provocado. Es más, me enfado cuando al vecino le da por quemar su hojarasca. No tolero a quien deja el carro encendido si va a estar detenido un rato y me ponen los nervios de punta quienes arrojan basura a la calle. A lo mejor me falta mucho por hacer para mejorar mi huella ecológica, quizás debería hacer más trayectos a pie y pedir menos bolsas en el supermercado, pero creo que esa actitud de santa indignación cuando alguien le hace daño a nuestra Casa Común es un pequeño primer paso, aunque no es suficiente.

Steven Senne AP

Steven Senne AP

Unas semanas atrás, en la fiesta de San Francisco de Asís, el papa hizo pública la exhortación apostólica Laudate Deum («Alabado sea Dios»)5, un texto de una veintena de páginas dirigido “a todos los hombres de buena voluntad” en el que vuelve a la emergencia climática, como continuación de su mencionada encíclica Laudato Si’ de hace ocho años (en la que llamaba a la conversión de los estilos de vida). Al igual que hiciera Guterres, el Papa no se ha ahorrado las hipérboles: “El mundo que nos acoge se está desmoronando y puede estar acercándose a un punto de ruptura”. El santo padre vuelve a alzar su voz para alertar al mundo de la “crisis climática global” que lo amenaza y llama a tomar decisiones concretas. Para él, ya no se trata de “negar”, “esconder”, “ocultar” o “relativizar” los signos del cambio climático: “están ahí, cada vez más evidentes”, “Ya no podemos dudar del origen humano […] del cambio climático”.

Pero como seguramente otros colaboradores de esta revista, más sabios y más santos, comentarán in extenso la exhortación del Papa, no quiero terminar sin mencionar a modo de moraleja el curioso caso del monumento funerario de Thoreau6. De acuerdo con los estándares convencionales del éxito, podría decirse que su vida terrenal concluyó en un moderado fracaso. Algunos de sus vecinos lo veían como una figura marginal, distante, políticamente radical, un solitario, un excéntrico. Como miembro del mundo literario de Nueva Inglaterra, tuvo una figura sin gracia y un comienzo profesional poco auspicioso. Solo después de publicar su testimonio sobre la aventura de Walden, comenzó a surgir un pequeño, aunque fervoroso, grupo de seguidores. Aun así, hacia 1872, diez años después de su muerte, todo rastro físico suyo había desaparecido de la faz de la tierra. Por aquellos tiempos, durante una visita al lugar donde se emplazara su cabaña, convertido en un trozo de bosque igual a cualquier otro, en compañía del pensador utópico Bronson Alcott, la sufragista Mary Newbury Adams quiso cambiar las cosas. De manera que sugirió que los visitantes de Walden trajeran una pequeña piedra para el monumento de Thoreau y ella comenzó la pila colocando piedras en el sitio de su ermita. Desde entonces se ha producido una constante peregrinación de gentes que van a rendir su particular homenaje a Thoreau depositando una piedra. Sin embargo, el túmulo permanece casi siempre del mismo tamaño, pues mientras algunos depositan piedras, otros se las llevan como recuerdo. Podría decirse que se trata de una silenciosa orquesta itinerante interpretando de modo misterioso un secreto adagio thoreauiano: toma del mundo tan solo lo que necesites de él, devuélvele lo que él necesita de ti.

Concluyo con otro fragmento del prólogo de Miller con el que comenzaba estas líneas y que es una exhortación al temple del que debemos armarnos para salvar al planeta:

[…] nos hemos convertido en víctimas del tiempo, miramos al pasado con aflicción y queja. Es demasiado tarde para cambiar, pensamos. Pues no. Como individuos, como hombres, nunca es demasiado tarde para cambiar. Y esto es exactamente lo que estos obstinados precursores (Whitman, Emerson, Thoreau) afirmaron toda su vida. Para sustentar la vida tenemos que poner el acento en el menos y no en el más; para proteger la vida necesitamos coraje e integridad, no armas, ni coaliciones.

Notas:

  1. https://unbeagleyyo.wordpress.com/2014/04/29/precioso-prologo-de-henry-miller-a-walden-de-thoreau/
  2. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 57
  3. https://www.nature.com/articles/s41467-019-12552-4
  4. https://elpais.com/tecnologia/2023-09-20/douglas-rushkoff-escritor-la-elite-tecnologica-se-prepara-para-el-apocalipsis-ve-cerca-el-fin-de-la-civilizacion.html
  5. https://es.aleteia.org/2023/10/04/laudate-deum-llamamiento-del-papa-para-detener-la-catastrofe-climatica/
  6. https://www.nytimes.com/2020/04/09/arts/design/thoreau-walden-coronavirus-quarantine.html