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Un escritor en Normandía

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“Todas las guerras se libran dos veces, la primera en el campo de batalla, la segunda en la memoria”
Viet Thanh Nguyen

“¡Oh, Señor, ya sabes lo atareado que estaré hoy! Si te olvido, no me olvides Tú…”
Sir Jacob Astley antes de la batalla de Edgehill, Inglaterra, 1642

“St Laurent-sur-Mer debe haber sido en algún momento un centro turístico monótono y barato para los maestros de escuela franceses que estaban de vacaciones. Ahora, el 6 de junio de 1944, era la playa más fea del mundo”
Robert Capa

Aunque en aquel entonces todavía no podía saberse, hace justamente ochenta años se iniciaba una operación que se pensaba pondría fin a las grandes guerras para siempre. No fue exactamente así. Poco más de un año después caerían aún las bombas atómicas sobre Japón y, apenas finalizada la contienda en los campos de batalla, comenzaría un enfrentamiento ideológico, que en ocasiones también tuvo consecuencias de envergadura sobre el terreno (Corea, Vietnam, etc.), sobre el que pendía la ominosa espada de Damocles del exterminio nuclear (acaso todavía sigue pendiendo sobre nuestras cabezas). 

Terminada la Guerra Fría, con la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética, finalmente llegó a pensarse que se había alcanzado el fin de la historia profetizado por Fukuyama, en el que la hegemonía de la democracia liberal acabaría por imponerse en todas partes sin disparar un tiro. No podíamos estar más equivocados: henos aquí unos cuantos años después en tiempos tan conflictivos como no se habían vivido desde entonces, con la democracia sufriendo retrocesos después de años de sostenida expansión global1. Aun así, aquella gesta cambió el curso de la historia y quedó grabada en la memoria como pocos acontecimientos lo han hecho antes y después.

El desembarco de Normandía era un secreto tan bien guardado, que ni siquiera las tropas que la llevarían a cabo se enteraron de su destino exacto hasta unas pocas semanas antes de que comenzara. Un año antes de su lanzamiento, un minúsculo grupo ultrasecreto de oficiales angloamericanos había comenzado a trazar los planes bajo la más estricta confidencialidad. Al mismo tiempo, era un acontecimiento tan esperado, que los alemanes que se preparaban para repelerla en la Francia ocupada vivían en una constante pesadilla de zozobra e inquietud ante algo que sabían que llegaría inexorablemente, pero no sabían exactamente dónde ni cuándo. Tales eran el secreto y la incertidumbre que, el propio mariscal Rommel, el principal comandante del teatro de operaciones que conformaba la primera línea de defensa nazi en la costa francesa, fue tomado totalmente por sorpresa mientras dormía después de celebrar el cumpleaños de su esposa en su casa de Herrlingen a 800 kilómetros del frente, durante un breve permiso que se había resistido férreamente a tomarse, hasta que un último informe de campo lo convenció erróneamente de que la invasión no era inminente, en un error de juicio que resultaría fatídico.

Paracaidistas británicos reciben instrucciones para la invasión

Casi al mismo tiempo, todos los comandantes bajo su mando abandonaban sus puestos para participar en un ejercicio. El informe leído por Rommel había sido a su vez leído, aprobado y distribuido por el mariscal Gerd Von Rundstedt, jefe supremo del comando occidental, quien ante la aparente tranquilidad del frente optó por un almuerzo distendido con su hijo en su restaurante parisino favorito, apenas doce horas antes del comienzo de la invasión. A todo lo largo de la cadena de mando alemana, el pertinaz temporal que sacudía las costas normandas tuvo un efecto narcotizador, mientras el destino conspiraba para dispersar a sus altos rangos, ya que el mismísimo Hitler se encontraba en su refugio estival de Berchtesgaden. Había habido tantas falsas alarmas en el pasado que, a la hora de la verdad, todo el mundo se mostraba cauto: una vez desatados los acontecimientos, nadie se atrevió a dar la alarma sobre la base de evidencias tan aparentemente endebles, por el ancestral temor de quedar como un inepto ante el Führer si resultara falsa. Y así, presa de la confusión, vacilación e indecisión, pasarían minutos eternos y determinantes.

Por aquellas mismas horas de confusa y engañosa calma, un mensaje en código que los Aliados transmitieron luego del boletín nocturno de la BBC, como era su costumbre, y cuyo significado la inteligencia alemana había logrado descifrar algunas semanas antes, tampoco fue tomado demasiado en serio por los comandantes, pues faltaba una segunda pieza crucial que debía haber sido emitida pasadas veinticuatro horas y no lo fue. La razón del retraso había sido otra fatídica decisión del general Dwight D. Eisenhower, comandante supremo del mayor ejército que la historia hubiera conocido –alrededor de tres millones de efectivos–, postergando el Día D y la Hora H de la operación por veinticuatro horas en vista de las inclementes condiciones climáticas sobre el Canal de la Mancha –las peores en veinte años–. El propio Eisenhower se veía constreñido a dar la orden en un reducido paréntesis de tres días de junio, en los cuales se daban las condiciones ideales de luna tardía y marea baja indispensables para la operación. Aunque la segunda parte del mensaje fue finalmente emitida por la BBC, este mínimo desfase por avatares meteorológicos acabaría por descolocar a la inteligencia alemana y provocar una reacción tardía e incompleta; en consecuencia, el ejército fue sorprendido con la guardia baja durante aquellas primeras horas cruciales de la invasión.

FPG / Hulton Archive / Getty Images

La ceguera alemana fue consecuencia de una conjunción de factores aleatorios, excesos de confianza, desestimación de riesgos y una obstinación típicamente teutónica: se suponía que nadie podía invadir con esas condiciones climáticas, pero no podían saberlo a ciencia cierta, puesto que habían disminuido las labores de patrullaje y reconocimiento, mientras los mandos aprovechaban la tempestad para relajarse un poco, y además el desembarco no podía ocurrir en un punto distinto a Calais. De manera que, como hemos venido apuntando, hasta que fue demasiado tarde, fueron recibidas con desdén, incredulidad y desconcierto todas las señales que indicaban lo contrario: una gran operación militar aliada estaba efectivamente en marcha en las costas de Normandía.

La misión que Eisenhower tenía encomendada por el mando conjunto consistía nada menos que en penetrar en el continente europeo y emprender una gran avanzada, alcanzar el corazón de Alemania y destruir sus fuerzas armadas. Ahora parecía que una tormenta de verano ponía en vilo el primer y decisivo acto de esa delicada y trascendental cruzada del mundo libre contra una monstruosa tiranía que había sometido a 300 millones de personas y aniquilado a alrededor de 11 millones de no combatientes, más de la mitad de ellos judíos2.

Es casi imposible imaginar la tensión insoportable a la que se vieron sometidos las tropas y los mandos aliados que, habiéndose preparado para un ataque, viéronse de repente forzados a regresar en medio de una tormenta, tan solo para retomar el ataque al día siguiente, incapaces de descansar o hacer acopio de nuevas energías. La mayoría ocupaba esas frenéticas e interminables horas redactando cartas melancólicas y entrañables, aunque también audaces y disparatadas, a sus seres queridos. Otros, menos afortunados, llevaban más de una semana soportando los embates del mar y de la lluvia dentro de atestadas barcazas de desembarco. Y estaban los que hacían el viaje de ida y vuelta, merced a la contraorden de Eisenhower, tan solo para tener que volver a partir unas horas después. Con todo, una vez que se pusieron en marcha de forma definitiva, la tensión cedería un poco para dar paso a las plegarias, las confidencias y a la adrenalina de enfrentar el momento decisivo.

Fuera de quienes estaban directamente involucrados en la operación, a escasos metros tierra adentro de las bases y puertos ingleses donde se hacían los preparativos, la vida de la gente continuaba como un día más de la guerra, con relativa normalidad, en completa ignorancia de que en aquellos momentos se estaba gestando un acontecimiento que en pocas horas cambiaría el curso de sus vidas: la mayor concentración de hombres y equipos jamás reunida para una sola operación militar, que marcaría el comienzo del final de la Segunda Guerra Mundial. Cuántas veces a lo largo de la historia ha ocurrido que las grandes mayorías se encuentran casi totalmente ajenas a ciertos acontecimientos de importancia capital: el cruce del Rubicón por parte de César, el descubrimiento de América, el nacimiento, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo…

Fotografía de Robert Capa

También los que estaban a punto de ser invadidos vivían aquellas horas ajenos a lo que estaba por ocurrir, aunque con ansiedad y expectación, no porque estuvieran enterados de lo que vendría, sino porque 1.451 días de vasallaje y sumisión iban ya siendo demasiados. Los franceses que vivían bajo la ocupación contaban todos los días las horas para que llegara el día de su liberación y, aunque ignoraran también dónde y cuándo iba a suceder, presentían su inminencia. A pesar de esto, el día en que todo ocurrió, salvo a una docena de miembros de la resistencia que estaban más o menos al tanto –y que debían estar atentos a las claves secretas para impartir instrucciones a sus hombres–, a casi todos los pilló desprevenidos y metidos en la cama.

Estos albures del destino provocaron que una flota de más de 5.000 barcos se plantara frente a las costas de Normandía sin ser detectada y sin apenas oposición. La verdadera batalla comenzaría cuando los primeros hombres, desplegados por aire y por mar, tocaran tierra. Se toparon entonces con un amasijo de hierros diseminados por toda la playa como estructura defensiva, y con el fuego inclemente de la artillería alemana situada en ventajosas posiciones elevadas.

Fotografía de Robert Capa

Todo el cruento fragor de esa encarnizada batalla quedaría plasmado para la posteridad en las memorables y legendarias imágenes de Robert Capa en Omaha Beach, él mismo uno de los primeros en desembarcar armado tan solo con una cámara y un desdén absoluto por la muerte. Mike Tyson decía que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo en la cara. Así sucedió también en Normandía. Una vez comenzado el ataque, como en toda batalla, se desataron el caos y la confusión que solo podían vencerse echando mano de una inagotable capacidad de adaptación y un invencible instinto de supervivencia.

La puesta en escena tenía todos los elementos de un acontecimiento de esos que cambian el curso de la historia: expectación, misterio, intrigas, secretos, engaños y distracciones. En palabras de uno de sus protagonistas, de quién hablaremos a continuación, con humor, tristeza, terror y dolor, las fuerzas invasoras se lanzaron al ataque. 

Y así la crónica empieza misteriosamente a fundirse con la realidad, si es que puede llamarse así, de sucesos que, aunque ya remotos, perviven en nuestra memoria, en imágenes vistas en documentales, en la filmografía de Spielberg, en las trémulas y magistrales fotografías de Capa. Pero no quiero ser yo quien repita de mala manera lo que otros, que además lo han vivido, contaron con coraje y maestría.

Entre esos pocos civiles que estaban en el secreto de la invasión se encontraba un joven periodista irlandés, recién cumplidos los veinticuatro, que, tras haber visto frustrados sus deseos de hacerse violinista, se desempeñaba como corresponsal de guerra para The Daily Telegraph y se había fogueado ya en la batalla aérea sobre Alemania y en el frente del Pacífico3. Fue de los pocos hombres que participaron en dos incursiones el Día-D: la primera a bordo de un bombardero sobre las costas normandas; la segunda, apenas el avión hubo tocado pista, en un buque patrullero muy cerca de las playas. Casi cualquiera que hubiera vivido y tenido que relatar en caliente hechos tan duros, posiblemente hubiera querido dejarlos atrás cuanto antes y para siempre. Pero entonces: ¿Quién nos lo habría contado a nosotros?

Cuando iban a cumplirse quince años de los acontecimientos, habiéndose establecido tiempo atrás en el país y nacionalizado estadounidense, acuciado por una estrechez económica ante el fracaso de su último empleador, Collier’s, aquel periodista tuvo una iluminación. A Cornelius Ryan se le vino a la mente la idea de conmemorar el evento mediante un libro que fuera una reconstrucción casi exacta de los hechos tal y como habían sucedido. Su idea no despertó demasiado fervor entre los editores, después de todo: ¿a quién podría interesarle revivir una cruenta guerra cuyas heridas estaban todavía demasiado frescas en la memoria colectiva? ¿Quién querría evocar una batalla en medio de los años felices y relativamente apacibles de la posguerra? Sin embargo, la menos arriesgada de las revistas, Reader’s Digest, decidió hacer una apuesta arriesgada y le ofreció su apoyo.

Pocas semanas después empezaron a aparecer unos enigmáticos anuncios que rezaban: “Personal: ¿Estuviste allí el 6 de junio de 1944?”. Y así comenzaría uno de los proyectos de investigación periodística más ambiciosos de la historia: miles de personas respondieron a los anuncios, a las cuales se le haría llegar luego un cuestionario de tres páginas. De ellas, 1.150 lo enviarían de vuelta con sus testimonios. A eso le seguirían 172 entrevistas directas con los protagonistas y una revisión, llevada a cabo con una minuciosidad de arqueólogo, de ingentes cantidades de archivos, documentos oficiales y diarios de guerra de ambos ejércitos, labor que, en su afán de comprenderlo todo, le supondría a Ryan estar 18 meses lejos de su hogar. “No sé cómo voy a hacerlo”, le confesaría a su esposa Kathryn a la vista del enorme túmulo de datos e información que iba creciendo ante sus ojos. Se trataba de armar un rompecabezas de miles de piezas, en el que cada pieza iba surgiendo sobre la marcha y para el cual no había instrucciones ni un patrón establecido.

Contra todo pronóstico, dos años después de comenzar, Ryan había conseguido poner orden en el caos y construir un relato detallado y apasionante de aquellas horas cruciales. El libro, que en poco tiempo acabaría convertido en un clásico moderno de la literatura bélica, traducido a una veintena de lenguas con entre 25 y 35 millones de copias vendidas –según cálculos del propio autor–, marcaría un hito fundacional de lo que más tarde se daría en llamar el Nuevo Periodismo, es decir, el periodismo como creación literaria; es decir, el periodismo que no se limita a contar los hechos, sino que cuenta también las impresiones, las emociones; que  cuenta, en definitiva, con arte, las historias detrás de la historia.
A El día más largo, el primer gran volumen sobre el conflicto, le seguirían otros dos no menos célebres –La última batalla (1966) y Un puente muy lejano (1974)–, al mismo tiempo que a Ryan le sobrevenía una enfermedad terminal. Según sus propias estimaciones, lo que llegó a publicar sería apenas una minúscula punta del iceberg:

Tengo material para nada menos que 7.000 posibles libros sobre todos los aspectos de la Segunda Guerra Mundial. Mis archivos contienen unas 16.000 entrevistas diferentes con alemanes, británicos, franceses, etc…. Luego está la cronología de cada batalla, tarjetas de 5×7, que detallan cada movimiento sobre el terreno cada hora para el trabajo particular que estoy realizando. Se podría pensar que todo esto es una especie de locura, una obsesión. Supongo que lo es4.

Los libros le trajeron fama y cierta riqueza, una vez descontados los ingentes gastos en que incurrió, pero no el reconocimiento que tal vez hubiera deseado –la junta de los premios Pulitzer no tenía todavía un premio para la categoría general de no ficción–. Pocos meses después de publicar su último libro, la muerte alcanzó a Ryan a los 54 años. Su enorme archivo pasó a la Universidad de Ohio, donde continúa siendo una fuente de valor incalculable para los investigadores de la Segunda Guerra Mundial. Con todo, los títulos que publicó son hoy más célebres como películas –en algunos de cuyos guiones colaboró– que como libros de historia, y no muchos recuerdan a su autor. Valga la ocasión de conmemorar el hecho para recordar también a quienes nos han ayudado a recordarlo. Volviendo a los textos de Ryan puede uno casi sentir el vértigo de aquellas horas frenéticas.

El paso del tiempo es capaz de borrar casi todo, también las huellas de la guerra. Apenas quedan hoy con vida un puñado de personas que hubieran vivido y luchado en la Segunda Guerra Mundial. Del lugar de los acontecimientos: la colosal y supuestamente inexpugnable muralla defensiva que Hitler pretendió crear en lo que sería la vasta costa Atlántica de su efímero y malhadado Reich, apenas subsisten unas pocas ruinas herrumbrosas y fantasmales. Para la mayoría de los europeos de hoy, hasta hace un par de años atrás, la guerra no era más que un oscuro y remoto recuerdo. Un capítulo histórico que parecía cerrado para siempre. No ha sido así. Dentro de ochenta años, es probable que alguien vuelva a escribir sobre las ominosas guerras que hoy nos toca vivir como desatinos del pasado.

Cornelius Ryan en Omaha Beach 20 años después del Día D. Crédito: Paul Slade / Paris Match / Getty Images

Reafirmaba unos días atrás el escritor Manuel Vicent que todas las guerras que ha sufrido la humanidad han terminado por desvanecerse. La figura de Cornelius Ryan no se ha desvanecido, aunque reposa en ese imperturbable limbo de los escritores semiolvidados, de los que nadie parece acordarse hasta que todos nos acordamos. No puedo terminar estas líneas sin recordar especialmente a las víctimas, de esta batalla y de todas las guerras. Fue, como se dijo, el mayor ataque marítimo de la historia, pero también uno de los más sangrientos. La combinación de fuertes vientos, mareas encrespadas y una formidable defensa alemana, provocó la pérdida de 2.400 vidas, solamente entre los estadounidenses, al final del primer día. Cuando pasé la última página del libro de Ryan, quedó resonando en mi memoria esta frase suya leída muchos días atrás: “Entonces se hizo ese extraño silencio que parece seguir siempre a una batalla, cuando los hombres se preguntan cómo han podido salvarse y quién más habrá sobrevivido…”.

Notas:

  1. https://www.eiu.com/n/democracy-index-conflict-and-polarisation-drive-a-new-low-for-global-democracy/
  2. Hitler vs. Stalin: Who Killed More? Timothy Snyder https://www.nybooks.com/articles/2011/03/10/hitler-vs-stalin-who-killed-more/
  1. The Reporter Whom Time Forgot. How Cornelius Ryan’s The Longest Day changed journalism, Michael Shapiro https://www.cjr.org/second_read/the_reporter_who_time_forgot.php
  2. Ibid.
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