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La Santidad en Venezuela

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Hoy celebramos la Solemnidad de Todos los Santos, una fiesta que nos invita a levantar la mirada al cielo, pero que, de manera muy especial, nos exige poner los pies sobre la tierra que pisamos: nuestra amada Venezuela, la viña del Señor donde Él nos ha convocado.


El libro del Apocalipsis nos presenta hoy a una multitud incontable —de toda raza, lengua y nación—, vestidos con túnicas blancas y palmas en las manos, que son atraídos por el Señor: «Ellos son los que vienen de la gran tribulación» (Ap 7, 14). Al repasar nuestra memoria y mirar a nuestro alrededor, sabemos muy bien lo que significa la tribulación. Nuestro pueblo ha caminado por valles oscuros de dolor, de fractura social y de heridas profundas en lo político, lo ambiental y lo humano, marcadas por una violación sistémica de los derechos humanos.


Pero la Palabra de Dios hoy no nos habla de derrota, sino de victoria y de esperanza. Nos recuerda que la santidad no es un adorno para tiempos de paz, sino una fuerza transformadora que se gesta y crece precisamente en medio de las pruebas.


¿Por dónde pasa la santidad hoy para nosotros? El Papa Francisco nos insiste en que la santidad no es un privilegio de unos pocos héroes del pasado, sino la vocación de los «santos de la puerta de al lado»: esos hombres y mujeres que, en la Venezuela del día a día, en medio de la precariedad y en solidaridad con los pobres y los que sufren las injusticias del pecado estructural, deciden no dejarse robar la esperanza. Son quienes reflejan el amor de Dios en sus ambientes cotidianos, viviendo con fidelidad en la dificultad.
Como nos recordaba San Juan en la segunda lectura: «Miren qué amor tan grande nos ha tenido el Padre, que nos llamamos hijos de Dios, y para colmo, lo somos» (1 Jn 3, 1). La santidad es la respuesta agradecida a este amor que nos hace hijos y, por tanto, hermanos.


Escuchando el Evangelio de hoy, Jesús sube al monte y nos entrega el mapa de esta santidad cotidiana a través de las Bienaventuranzas. Es un mapa que confronta directamente la realidad de nuestro país y nos desafía en tres dimensiones urgentes:


En primer lugar, la santidad en Venezuela pasa necesariamente por reconocernos mutuamente más allá de nuestras diferencias. El salmo de hoy nos pregunta: «¿Quién puede subir al monte del Señor y permanecer en su recinto sagrado?» (Sal 23, 3). Y la respuesta es clara: el de manos inocentes y puro corazón, el que no confía en los ídolos. Uno de los ídolos más peligrosos de nuestro tiempo es la polarización deshumanizante, esa que nos hace ver al hermano como un enemigo simplemente por pensar diferente. Ser un santo de la puerta de al lado en nuestro país hoy exige la valentía de mirar a los ojos al otro, romper el muro del prejuicio y reconocerlo como un hijo de Dios. La túnica blanca de la que habla el Apocalipsis no tiene color político; es la dignidad bautismal que nos une a todos.


En segundo lugar, Jesús nos dice: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios» (Mt 5, 9). Los venezolanos sabemos bien que la paz no es la simple ausencia de conflicto, ni un silencio impuesto que esconde el dolor de los que sufren; no es la paz de cementerio. Buscar los caminos de la paz en Venezuela pasa obligatoriamente por la justicia. Como tantas veces nos ha recordado el Santo Padre, no hay paz verdadera si no se asienta sobre la roca de la justicia y la dignidad humana. Los santos pacificadores no son pasivos; son artesanos que se vuelcan hacia las periferias para acompañar al vulnerable, sanar el tejido social herido y exigir estructuras donde nadie quede excluido del bien común.


Finalmente, el Señor nos proclama: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Esta es la llave maestra para la reconstrucción de nuestra nación: buscar la verdad desde un corazón limpio. Un corazón limpio es aquel que renuncia a la mentira, a la manipulación y al egoísmo del «sálvese quien pueda». Construir la verdad en Venezuela nos exige una profunda purificación interior, llamar a las cosas por su nombre y buscar el bien del prójimo sin dobles intenciones. San Juan nos lo ratificaba: «Todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo» (1 Jn 3, 3). Solo desde la transparencia y la honestidad podremos edificar un futuro sólido para nuestros hijos e hijas.


Hermanos y hermanas, la santidad no se vive de rodillas y de espaldas a la realidad, sino con las manos en la faena de la siembra diaria y con el corazón puesto en Dios. Nuestros santos —como San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles— junto a nuestros beatos, vivieron en contextos de gran adversidad. Ellos no solo construyeron con su testimonio de fe nuestra Iglesia, sino que también se entregaron por entero para hacer de Venezuela un país más justo y fraterno. Ellos, junto a esos santos anónimos que viven en la puerta de al lado en nuestras comunidades, nos demuestran que es posible vencer el mal a fuerza de bien.


Pidámosle hoy al Señor, por intercesión de María, Reina de todos los Santos, y de los santos y beatos de nuestra tierra, que nos conceda la gracia de ser esos artesanos de paz, justicia y verdad que Venezuela tanto necesita. Que no nos cansemos de hacer el bien y que, en todo, podamos amar y servir. Amén.

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octubre 28, 2026
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