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Relaciones fraternas

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La base de la fraternidad es que Jesús se ha hecho nuestro Hermano incondicional

Para nosotros los cristianos las relaciones fraternas son lo más trascendente y lo son porque Dios no es sólo nuestro creador: el que con su relación constante de amor nos crea y nos mantiene en la existencia, sino el que nos ha amado tanto que nos ha entregado a su propio Hijo único y eterno, que no sólo se ha hecho un ser humano, sino concreta y específicamente nuestro Hermano, una relación de amor gratuita, horizontal, personalizada, abierta, universal y además incondicionada. Y tan profunda que nos lleva realmente en su corazón, en el núcleo originante de su amor.

En su corazón está su Padre, que lo constituye en Hijo, así como él, aceptando su relación y correspondiendo le constituye a él en Padre. Pues bien, en ese mismo corazón, es decir formando parte de esas relaciones, estamos nosotros, como hijos del Padre en el Hijo único que se ha hecho nuestro Hermano.

Las personas divinas son relaciones y nos han asociado a ellas a través de Jesús 

El Dios cristiano no es, pues, un individuo, un individuo infinito, que está tan por encima de nosotros y de toda la creación que es absolutamente trascendente a nosotros y a ella, y por eso desde nosotros no tenemos acceso a él. Así se le suele considerar como la proyección sublimada de este orden establecido piramidal: Dios estaría tan alto que se pierde de vista y además de que para nosotros es inalcanzable, su poder infinito no lo emplea, como la mayoría de los están arriba, para su provecho, sino para nuestro bien. Ese dios, gracias a Dios, no existe.

El Dios que nos ha revelado Jesús es relación: “las personas divinas son relaciones subsistentes”[1]: El Padre, Amante y Amado; el Hijo, Amado y Amante; y el Espíritu, el Amar divino que ellos actúan y que los constituye, no Amor sino Amar: verbo. 

Pues bien, las personas divinas han querido asociarnos a sus relaciones eternas: han enviado al Hijo para que, haciéndose nuestro Hermano, en él, llegáramos a ser hijos en el Hijo, animados por su mismo Espíritu; y, por consiguiente, en él, en su corazón, fuéramos hermanas y hermanos unos de otros, sin excluir a nadie. En la fraternidad de Jesús, somos hijos de su Padre, en el Hijo, y hermanas y hermanos unos de otros en el Hermano universal.

Somos hermanos de Jesús si correspondemos. ¿Qué implica corresponder?

Ahora bien, como Dios es Amor infinito, pero sólo Amor, no hace nada unilateralmente: requiere nuestra aceptación. Jesús nos tiene en su corazón con su relación de Hermano. Pero nosotros tenemos que aceptar su amor, tenemos que aceptarnos en su corazón y corresponder amándolo también como hermanos suyos. Él, aunque no lo aceptemos, mientras vivamos, no nos va a sacar de su corazón. Pero, aunque él siga siendo nuestro Hermano, nosotros no lo seremos hasta que no correspondamos.

Corresponder no consiste sólo en amarlo a él como nuestro Hermano mayor. Es aceptarnos en su corazón, es decir, aceptar su amor como lo que nos define: es vivir en todos los aspectos de nuestra vida como sus hermanos. No es, pues, una relación específica al lado de otras. Es la relación que tiene que estar presente en todas las demás: tenemos que ser hermanos hijos de nuestros padres, hermanos esposos de nuestras esposas, hermanos hermanos de nuestros hermanos de sangre, hermanos compañeros de nuestros amigos y compañeros, hermanos desconocidos de los desconocidos, hermanos enemigos de nuestros enemigos. Aceptar la fraternidad de Jesús, para decirlo gráficamente, aceptarnos en su corazón, implica aceptar a todos los demás que están en él: aceptar a su Padre como nuestro Padre y aceptar a sus hermanos como nuestros hermanos.

Ser cristiano consiste en vivir de la relación de Jesús y, en él, de su Padre y de sus hermanos

En esto consiste ser cristiano, que es el modo más humano de vivir. Consiste en vivir en estas relaciones, vivir de ellas. Las doctrinas (paradigmáticamente los dogmas), los preceptos (sobre todo los mandamientos) y los ritos (los más trascendentes, los sacramentos) sólo tienen sentido en cuanto sean expresión de esas relaciones. Pero, aunque lo sean, siempre serán provisionales: lo único eterno serán estas relaciones filiales y fraternas como respuesta a la fraternidad de Jesús.

Ahora bien, el capacitarnos en todos los campos tiene pleno sentido para expresar con la mayor eficacia posible esa fraternidad en Jesús de Nazaret. Si no lo hacemos es que no amamos suficientemente.

La fraternidad de Jesús no es sólo uno de los ámbitos de nuestra vida: tiene que dar el tono a todo

Ahora bien, esa fraternidad no se puede expresar sólo en relaciones. Tiene que crear ámbitos que las expresen y esos ámbitos tienen que tender a abarcar lo social, lo cultural, lo económico y hasta lo político. Si somos realmente hermanos de todos, eso tiene que dar el tono a los ambientes y hasta a las instituciones y las estructuras.

Cada ámbito expresa un aspecto de la realidad. Pero si la fraternidad en Jesús de Nazaret es lo único decisivo, todos tienen que reconfigurarse para que sean buenos conductores de esa fraternidad.

Tenemos que comenzar por los más próximos y por los más moldeables; pero no podemos dejar por imposible ninguno, ni siquiera la política e incluso la economía. Quiero señalar dos hitos políticos que me parecen sumamente significativos: el lema de la revolución francesa y la declaración universal de los derechos humanos.

“Libertad, igualdad, fraternidad” es la expresión más cabal de una secularidad en el fondo cristiana. El liberalismo absolutizó la libertad, con lo que terminó con la igualdad y la fraternidad. El socialismo absolutizó la igualdad, con lo que sacrificó la libertad y la fraternidad. Sólo desde una práctica solvente de la fraternidad podrá alcanzarse a la vez la igualdad y la libertad.

El primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos humanos proclama la vivencia de la fraternidad: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y en el considerando aclara que eso es así porque todos constituimos una familia: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Como se ve es una comprensión trascendente de la humanidad porque el que provengamos del mismo tronco no da para que formemos realmente una sola familia y todos los seres humanos seamos realmente hermanas y hermanos.

Preguntas inexcusables

Nos tenemos que preguntar si la relación fraterna de Jesús conmigo es lo decisivo en mi vida; si me lo juego todo en aceptarla y corresponderla.

Si voy remoldeando todas las demás relaciones para que la expresen. Si mi pertenencia a comunidades, instituciones y grupos se da como ejercicio específico de esa fraternidad en cada uno de esos ámbitos.

Esto requiere un ejercicio continuo de discernimiento. Porque tenemos que reconocer que eso no es lo que está en el ambiente, ni el ambiente establecido es buen conductor de esta fraternidad universal. Ni si quiera el establecimiento eclesiástico.

También tendríamos que preguntarnos si éste es el cristianismo que trasmitimos y si lo hacemos con tal coherencia que así lo perciben los demás.

Dios quiera que percibamos que aceptar al Hermano Jesús y vivir desde su fraternidad es el tesoro encontrado por el que puede venderse todo para vivir desde él.


[1] Santo Tomás: Suma Teológica, parte I, cuestión 40, artículo 2

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