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¿Dónde estaba Dios en esta tragedia?El misterio del mal

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Por: Carlos Márquez D.

Obispo Auxiliar de Caracas

Después de los dos terremotos que azotaron nuestra patria el pasado 24 de junio, comprensiblemente mucha gente se hace la pregunta «¿Por qué Dios permitió que sucediera este terremoto?» es una pregunta que, en el fondo, busca culpables. ¿Es Dios culpable de que nos suceda esto? ¿Por qué a mí y por qué no a otro? ¿Por qué a otro y no a mí?  ¿Por qué nos sucedió esto? ¿Dónde estaba Dios en ese momento? Estas preguntas nos paralizan y nos llenan de amargura y dolor.

Pretender dar una respuesta que resuelva este misterio claramente, sería sencillamente una acto de soberbia tremenda de nuestra parte o de cualquier persona que afirme conocer la respuesta sin ambigüedades.

Ciertamente podemos arrojar luz sobre este misterio recurriendo a algunos principios generales que nos dan ciertas pistas para comprender. El primer principio general es que Dios no es un titiritero y nosotros no somos marionetas que vamos por el mundo sin libertad. Dios nos ha creado libres, se regocija en darnos la libertad para que podamos amar; sin libertad no hay amor posible. El amor surge de la libertad; no se puede obligar a nadie a amar. Y en el amor se encuentra el camino para la verdadera felicidad y plenitud.

Es indudable que nuestra libertad mal utilizada produce sufrimiento y dolor. Podríamos preguntarnos por qué, haciendo mal uso de la libertad, se construyeron edificios en donde no debían haberse construido. La imprudencia, culposa o no, siempre termina en tragedia. A esta realidad se le define como mal moral, es el que el hombre inflige a los demás. Esto no es producido o querido y mucho menos ordenado por Dios, no es la voluntad divina.

 La otra pista importante es lo que nos dice San Pablo en la carta a los Romanos:

«La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no solo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo».

La naturaleza se reacomoda, evoluciona y en ese movimiento hay terremotos, huracanes y deslaves, que no son castigos de Dios, sino parte del proceso hacia la plenitud prometida por Jesucristo.  Hasta que la naturaleza sea recapitulada en Cristo, la creación estará sujeta al dolor. Nosotros, en cuanto creaturas de Dios, sufrimos los avatares de nuestra naturaleza humana: nos enfermamos, envejecemos, tenemos accidentes y finalmente nos enfrentamos a la muerte biológica. Por lo tanto, en nuestro camino a la plenitud de vivir felices para siempre con Cristo en el cielo, encontraremos dolores y sufrimientos.

La promesa de Cristo no fue que no íbamos a sufrir; la promesa de Cristo no fue que no iba a haber terremotos, inundaciones ni tragedias naturales. ¡No! La promesa de Cristo es clara y tiene, de manera simplificada y corriendo el riesgo de un reduccionismo, dos elementos fundamentales:

Primero, en medio del dolor, prometió no abandonarnos. No estamos solos.

«Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

No estamos solos; Dios nos acompaña, camina con nosotros en medio de nuestros dolores. Y cumple su promesa a través de la presencia de su Iglesia en medio de los que sufren. Nos da los sacramentos y su Palabra para confortarnos, para sanarnos y transformar nuestros corazones para seguir adelante. Nos regala la intercesión y el ejemplo de los santos para no desanimarnos y experimentar que no estamos solos en medio de nuestro dolor. La tragedia y el dolor se profundizan cuando estamos solos o aislados. La compañía de Dios por medio de su Iglesia, de la familia y de los seres queridos nos conforta, hace más tolerable el dolor y nos da fuerza para luchar y volvernos a levantar. Esa promesa la cumple, no nos abandona, está con nosotros.

El segundo elemento de la promesa de Cristo es la esperanza. Si vivimos unidos a Él en el dolor, seremos sus amigos en la alegría y la plenitud del cielo, en donde no hay dolor, sufrimiento ni tristeza, en donde todo es plenitud, nos enseña:

“Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados” Mt 5, 4.

Los santos son la prueba de esta realidad. Ellos enfrentaron toda clase de contrariedades, sufrimientos y adversidades, pero se mantuvieron unidos a Cristo y ahora están con Él, felices en el cielo. Esta esperanza nos señala el camino para vivir aquí en la tierra, construyendo una sociedad cada vez más parecida al cielo prometido, como lo hicieron san José Gregorio Hernández, Madre Carmen Rendiles, Madre María de san José y Madre Candelaria de san José, en medio de una Venezuela azotada por la violencia y las epidemias, asistieron con amor y solidaridad a los enfermos, huérfanos, ancianos, heridos de guerra y pare usted de contar. Fueron agentes de la misericordia divina encarnada en nuestra patria.

La muerte y la tragedia no tienen la última palabra. Dios tiene la última palabra y es una palabra de vida eterna y feliz. El dolor es pasajero, la muerte no es definitiva. Todo se pasa, Dios no se muda. Unidos en la fe, la esperanza y la caridad, con nuestros ojos puestos en Cristo resucitado, caminamos unidos en comunión para vencer esta tragedia.

En este Orden de ideas, es propicio citar a San Juan Pablo II en su última visita a nuestro país:

«Venezolanos, aunque sean serias las dificultades e inmensos los desafíos, grande ha de ser vuestro empeño. Ante un presente con incertidumbres y un futuro con interrogantes, haced valer las propias capacidades con imaginación y, sobre todo, con generosidad, confiando en Dios: Dios ama al hombre».

Venezuela se levantará y encontrará, de la mano de la Virgen de Coromoto y de sus santos, caminos de progreso, justicia y paz.

+ Carlos E. Márquez D.

Obispo Auxiliar de Caracas

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