Entrevista al Padre Ricardo Guillén sobre el balance de atención pastoral, espiritual y logístico desplegado por la Arquidiócesis
Por:Prensa Arquidiócesis de Caracas
A un mes del doble terremoto que sacudió a Caracas y La Guaira, la Arquidiócesis de Caracas presentó el informe que sistematiza la atención y acompañamiento desplegados desde la tarde del 24 de junio de 2026.
Quien estuvo en la primera línea de coordinación de estas acciones conoce de cerca el peso del dolor, pero también la fuerza de la respuesta comunitaria. El Padre Ricardo Guillén, vicario episcopal de pastoral de la Arquidiócesis de Caracas, repasa las claves del informe pastoral y explica cómo la presencia física, la escucha activa y la caridad organizada fueron la respuesta de esta arquidiócesis frente a la tragedia.
- Padre Guillén, más allá de las cifras y los datos logísticos de este primer mes, ¿cuál fue el criterio o la prioridad que guio el trabajo de la arquidiócesis en los momentos más críticos tras el sismo?
— Nuestra prioridad inmediata fue estar allí donde el dolor era más agudo; hicimos acto de presencia y compartimos de cerca la vulnerabilidad de nuestra gente. En medio del impacto de las primeras horas, entendimos que el acompañamiento no podía darse a la distancia; requería estar físicamente en los espacios de mayor incertidumbre para sostener a quienes lo habían perdido todo. Por esta razón, nos desplegamos directamente en las áreas más críticas de la emergencia. Junto a nuestro arzobispo, los obispos auxiliares, sacerdotes, diáconos, religiosos, el voluntariado laico y un grupo de seminaristas, acudimos a los sectores más afectados para evaluar de primera mano la magnitud del desastre.
En los momentos más duros de los primeros días, nos hicimos presentes en las morgues para abrazar y acompañar el doloroso silencio de las familias durante la identificación de sus seres queridos, así como en los cementerios para celebrar las exequias. Recorrimos los hospitales de Caracas y La Guaira administrando la Sagrada Comunión y llevando el consuelo de la Unción de los Enfermos. Asimismo, en los campamentos y refugios temporales, conformamos equipos multidisciplinarios junto a médicos y psicólogos para brindar atención de salud, contención emocional y espacios de escucha, mientras los seminaristas acompañaban a los niños con dinámicas formativas y recreativas. En cada uno de esos lugares, nuestra misión consistió sencillamente en estar presentes, escuchar y no dejar a nadie solo.

- Para sostener a miles de afectados se requería una logística monumental. ¿Cómo se canalizó la ayuda material desde las parroquias y qué hizo posible responder con tanta rapidez ante la magnitud del desastre?
— Debo destacar ante todo que la respuesta de nuestro pueblo en las parroquias de Caracas fue una verdadera manifestación de caridad comunitaria. De forma espontánea y masiva, los templos y salones parroquiales se transformaron en centros de acopio para recibir, clasificar y organizar alimentos, agua, ropa y medicinas.
Para encauzar esta ola de generosidad, la arquidiócesis estructuró una red logística con una comisión de atención a la emergencia, encabezada por Mons. José Manuel León, obispo auxiliar electo de Caracas, que articuló la respuesta material a través centros de acopio que recibían los aportes de los distintas comunidades parroquiales, garantizando que la distribución de los insumos hacia las zonas más golpeadas se realizara según sus necesidades prioritarias.
Quiero hacer un reconocimiento muy especial a los jóvenes de nuestras parroquias, colegios católicos y de la Pastoral Juvenil de Caracas. Con una madurez y un fervor desbordantes, asumieron largas y extenuantes jornadas de trabajo para recibir, clasificar y embalar las toneladas de ayuda que llegaban a los centros de acopio. No se limitaron a organizar insumos, sino que se desplegaron con prontitud para llevar esos suministros directamente a las comunidades más golpeadas, especialmente en el estado La Guaira. Ver a la juventud movilizada, trabajando hombro a hombro por sus hermanos, nos confirmó la profunda vocación de servicio y solidaridad que caracteriza a las nuevas generaciones de nuestra Iglesia.
Esta capacidad de respuesta no brotó de la nada ni fue una improvisación del momento; es el resultado de una fe y una vida comunitaria que cultivamos día a día en nuestras parroquias. Esa vivencia cotidiana fue el pilar que nos permitió reaccionar de manera inmediata, organizada y fraterna frente a la adversidad.
- Padre, más allá del auxilio material, ¿cómo se hizo presente Dios en medio de tanto dolor?
—La presencia de Dios se revela en la cercanía y la compasión. Por eso, desde el primer instante, nuestra acción pastoral no podía limitarse al auxilio material; la misión fundamental era ser presencia viva del Señor y sostener la fe allí donde el dolor era más profundo.
Ante el riesgo de colapso de las estructuras tradicionales, la Iglesia tuvo que salir a las calles. Transformamos plazas, parques y canchas comunitarias en altares a cielo abierto para celebrar la Eucaristía. La venerada imagen del Nazareno de San Pablo fue expuesta a las puertas de la Basílica de Santa Teresa, y llevamos el Santísimo Sacramento directamente a los campamentos para ofrecer espacios de oración y consuelo a las familias afectadas.
Uno de los servicios más conmovedores fue el acompañamiento en el duelo. Los sacerdotes estuvimos presentes en morgues, hospitales y cementerios de Caracas y La Guaira, sosteniendo a quienes sufrían; a menudo ofreciendo tan solo un abrazo, llorando con el que lloraba, orando juntos o guardando un respetuoso silencio ante la magnitud del dolor.
Por su parte, las congregaciones religiosas abrieron las puertas de sus casas y conventos para acoger a las víctimas, así como para brindar alojamiento y alimento a brigadistas y rescatistas. Las religiosas prepararon cientos de raciones de comida caliente y convirtieron sus espacios en entornos seguros para la protección de la infancia.
En los refugios, junto a médicos, psicólogos y casi 50 seminaristas en misión, nos dedicamos a sanar heridas mediante la atención médica, la escucha activa y el acompañamiento a niños y jóvenes. Llevar la gracia y el cobijo allí donde imperaba el sufrimiento fue la prueba viva de que Dios jamás nos abandona.

4. En una emergencia de esta magnitud el desgaste humano es enorme. ¿De qué manera la Iglesia protegió la salud mental y espiritual de sus propios voluntarios y sacerdotes, y cómo esa misma vocación de servicio terminó extendiéndose hacia comunidades vecinas como La Guaira?
—Fuimos plenamente conscientes de que no podíamos dar lo que no teníamos. El dolor ajeno, la pérdida y las jornadas extenuantes podían dejar huella en nuestros sacerdotes, religiosas, seminaristas y voluntariado laico. Por eso, asumimos con firmeza la premisa del cuidado de los cuidadores.
Abrimos espacios de contención emocional y espiritual, e impulsamos talleres de primeros auxilios psicológicos en alianza fraterna con el servicio de psicología de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Asimismo, nos dedicamos a formar y acompañar a más de 500 ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, para que salieran a las calles a visitar enfermos y consolar familias sabiéndose protegidos y fortalecidos por su propia Iglesia.
Y ese impulso solidario y esa fuerza espiritual que sentíamos nos hicieron mirar más allá de nuestras propias fronteras. Para la caridad cristiana no existen divisiones administrativas ni límites territoriales. Aunque La Guaira es una diócesis distinta, el dolor de nuestra gente es uno solo. Por eso nos volcamos con todo nuestro equipo hacia sectores severamente golpeados como Macuto, Caraballeda y Caribe, articulando junto a Cáritas La Guaira la entrega de alimentos, agua y medicinas, entendiendo que donde hay un hermano sufriendo, ahí tiene que estar la Iglesia.
- Padre, a solo un mes de este acontecimiento que marcó a Caracas y La Guaira, ¿cuál es la mirada de la Iglesia hacia el futuro y qué enseñanza nos deja la respuesta del pueblo en medio de un dolor tan reciente?
—El terremoto dejó huellas muy profundas, pero también puso de manifiesto la inmensa reserva espiritual y solidaria de nuestro pueblo. Esta tragedia, lejos de sumirnos en la desesperanza, se convierte en un llamado urgente a hacer de la fraternidad una forma permanente de vida, orientada al bien común y al reconocimiento de la dignidad de cada persona.
Como discípulos de Jesús, reconocemos que estamos llamados a ser reflejo vivo de la compasión divina: una compasión que no es un impulso pasajero, sino una actitud que permanece y abraza en cualquier circunstancia. Sabemos que el verdadero consuelo no requiere de explicaciones ni de grandes discursos; se manifiesta en la presencia callada, en la mano extendida, en la escucha atenta que acoge el dolor y en el silencio respetuoso que ayuda a sanar las heridas del alma.
Esta dolorosa experiencia deja profundos aprendizajes para la Arquidiócesis de Caracas. Por un lado, nos ha revelado la inmensa generosidad de nuestras comunidades cristianas; pero, al mismo tiempo, nos ha confrontado con la necesidad urgente de organizarnos mejor ante contingencias de esta magnitud. Hemos comprendido la importancia crucial de fortalecer la Cáritas Arquidiocesana de Caracas y a cada una de nuestras Cáritas parroquiales para articular una verdadera red de solidaridad capaz de llegar hasta el último rincón donde exista una necesidad. Esto exige apostar con decisión por la formación continua de nuestro voluntariado y cultivar una sensibilidad pastoral que no actúe solo en la emergencia, sino que acompañe de manera cotidiana el dolor de nuestra gente. En definitiva, este tiempo nos confirma que la fe vivida se autentifica en la caridad y en la entrega efectiva hacia los más vulnerables.
Por eso, la Iglesia en Caracas reafirma su compromiso irrenunciable de continuar caminando al lado de los afectados. No nos retiramos ahora que concluye la fase inmediata de la emergencia; permaneceremos en el largo camino de la reconstrucción social y en la sanación integral de la vida de nuestra gente.



