Ningún país latinoamericano ilustra mejor los peligros de la nostalgia estratégica que Venezuela. Durante buena parte del siglo XX, el país poseía muchos de los atributos característicos de una potencia media: abundantes recursos energéticos, capacidad financiera, influencia diplomática regional y una posición privilegiada en los mercados internacionales. En distintos momentos, Venezuela fue considerada una referencia democrática en América Latina y un actor relevante en la política hemisférica.
Sin embargo, ese éxito terminó convirtiéndose en una trampa intelectual. La élite política venezolana, tanto antes como después de la llegada del chavismo, asumió que la riqueza petrolera garantizaba una influencia permanente. Se confundió la renta con el poder, los ingresos con las capacidades y el prestigio histórico con la relevancia estratégica.
La nostalgia estratégica surge cuando una nación comienza a creer que los factores que explicaron su éxito en el pasado seguirán operando indefinidamente. En Venezuela, esta nostalgia adoptó diversas formas. Para algunos, se expresó en la idea de que el país recu- peraría automáticamente la prosperidad de los años de bonanza petrolera. Para otros, en la convicción de que las reservas energéticas bastaban para garantizar la influencia geopolítica y la autonomía internacional. En ambos casos subyacía la misma premisa equivocada: que el pasado constituía una garantía para el futuro.
La realidad siguió un camino distinto. Mientras la estructura de la economía mundial se transformaba, Venezuela profundizaba en su dependencia de un único producto de ex- portación. Mientras otros países acumulaban capacidades productivas, tecnológicas e in- stitucionales, el país fue concentrando cada vez más su riqueza en la renta petrolera. El resultado fue una creciente vulnerabilidad ante las fluctuaciones de precios, las sanciones internacionales y las transformaciones geopolíticas.
Hoy América Latina no enfrenta el dilema de elegir entre Estados Unidos y China. Su verdadero desafío consiste en evitar que esa elección sea impuesta por otros.
Brasil enfrentó las mismas transformaciones estructurales del sistema internacional, pero respondió ampliando sus opciones. A pesar de las crisis económicas, desarrolló una política exterior orientada a diversificar sus alianzas, a participar simultáneamente en múltiples es- pacios de cooperación e incrementar su margen de autonomía.
México siguió una trayectoria distinta, aunque igualmente instructiva. Su cercanía con Estados Unidos podría haber derivado en una relación de dependencia pasiva. Sin embargo, la integración productiva con América del Norte terminó por convertirse en una fuente de relevancia estratégica. La interdependencia se convirtió en una ventaja.
Arabia Saudita ofrece quizás la comparación más incómoda para Venezuela. Los saudíes comprendieron que el petróleo no podía constituir la única base de poder nacional. La diferencia fundamental es que Brasil, México y Arabia Saudita aprovecharon sus ventajas para ampliar sus opciones. Venezuela utilizó las suyas para posponer decisiones difíciles.
La soberanía no se mide por declaraciones ni consignas. Se mide por la capacidad de un Estado para tomar decisiones libres entre diversas alternativas. Y precisamente esas alternativas fueron desapareciendo.
La recuperación de la autonomía venezolana no vendrá de la nostalgia (de los ministros de CAP). No vendrá de la evocación de la Venezuela petrolera de los años setenta (Juan Pablo Pérez Alfonzo, la OPEP y PDVSA). No vendrá de la memoria de la democracia excepcional del siglo XX (la evocación del Pacto Punto Fijo). Tampoco vendrá de los proyectos geopolíticos que prometían alterar el equilibrio mundial desde Caracas (PetroCaribe). Ninguno de esos mundos existe ya.
Venezuela no recuperará su autonomía recordando lo que fue. Sólo podrá recuperarla construyendo las capacidades necesarias para el mundo que viene. La memoria es una her- ramienta valiosa; convertida en refugio, se transforma en autoengaño. Y ninguna nación ha recuperado su lugar en el mundo viviendo de recuerdos.
La tentación más peligrosa para Venezuela no es la debilidad material. Es la nostalgia.



