Por Félix Arellano

En Latinoamérica se han realizado importantes esfuerzos en materia de integración económica; sin embargo, los avances concretos son limitados y frágiles, en estos momentos la región pareciera fragmentada y desintegrada, las causas diversas, algunas de ellas estructurales, y el factor ideológico, de los radicalismos populistas y conservadores, que se ha impuesto en los últimos años, está incrementando los problemas y generando nuevos. Al respecto, la reciente XLIII Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur, efectuada en Río de Janeiro, el pasado jueves 07 de diciembre, pareciera que confirma los efectos negativos del factor ideológico.

Los radicales populistas tienden a satanizar el libre comercio, paralizan los avances técnicos en la integración, no proponen soluciones a los problemas que puede generar la agenda económica de la integración para los sectores vulnerables, paralizan el proceso y persisten en su falso discurso que capta fanáticos, quienes tienden a perder la capacidad de reflexionar.

Por otra parte, radicales conservadores tienden a mitificar el libre comercio, asumiendo que las fuerzas del mercado o “la mano invisible”, se encarga de resolver las inequidades, asumiendo posiciones de alta insensibilidad social, que estimulan el desasosiego y el desencanto, que tiende a propiciar el ascenso de la narrativa radical populista, con su libreto ya conocido para lograr el poder y luego perpetuarse.

Mercosur está resultando un laboratorio para el desarrollo de tales visiones generando estancamiento y un creciente rechazo de los sectores involucrados con la integración. Una dinámica semejante también se puede apreciar en el fracaso de proyectos tales como la Unasur, la Celac e incluso la Alianza del Pacífico.

Desde la llamada “ola roja” en la región, que se vivió intensamente en el Mercosur, con los gobiernos de Lula Da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Fernando Lugo en Paraguay y Tabaré Vázquez, pero en particular Pepe Mujica en Uruguay; el Mercosur fue entrando en una fase de estancamiento, perdiendo su orientación, sin mayores avances en los objetivos fundamentales establecidos en el tratado fundacional.

Para agravar la situación del Mercosur, el Gobierno de Venezuela, con su revolución bolivariana, ingresó como miembro pleno en el 2012. Su incorporación fue irregular, desconociendo la credibilidad o los derechos de Paraguay como país fundador y con una serie de privilegios políticos, que afectaron en el proceso. Como era de esperar la situación venezolana se convirtió en una crisis permanente para Mercosur y, finalmente fue suspendido con la aplicación del Protocolo de Ushuaia, la cláusula democrática del Mercosur (agosto 2017).

Luego de la crisis venezolana, que contribuyó al estancamiento del proceso, el factor ideológico se fue posicionando en el Mercosur, con consecuencias disruptivas. La “ola roja” se va desvaneciendo en ritmos diferentes en cada uno de los países miembros y, al llegar Mauricio Macri a la presidencia en la Argentina se encontró con el rechazo de los gobiernos que se calificaban de progresistas; en ese contexto, avanzar en los objetivos del Mercosur resultaba poco relevante.

Luego, bajo el péndulo de la política, Mauricio Macri fue sustituido en la presidencia por los populistas Fernández: Alberto y Cristina. Adicionalmente, al llegar Jair Bolsonaro a la presidencia en Brasil, el factor ideológico se presenta de nuevo y el Mercosur resulta marginal en las prioridades, lo que exacerba su estancamiento.

En ese contexto político ideológico paralizante, los aspectos técnicos fueron desplazados y se desestimaron objetivos fundamentales, tales como: el perfeccionamiento de la zona de libre comercio, pues resulta necesario eliminar las medidas que obstaculizan o impiden el acceso al mercado. También ha quedado en el limbo consolidar la unión aduanera, cargada de excepciones e incumplimientos y, todo indica que se ha desechado la construcción del mercado común, por la complejidad de la armonización de las políticas macroeconómicas.

En ese contexto, la atención se orientó a la agenda de inserción internacional, con las negociaciones comerciales con terceros países. Pero el factor ideológico, que tiende a afectar todo el proceso, también ha estimulado divergencias sobre el alcance y el ritmo de la apertura comercial. La Argentina de los Fernández se tornó renuente a los avances en la agenda internacional y, por el contrario, el Gobierno uruguayo, tratando de acelerar las negociaciones comerciales, en particular con China, está promoviendo la reforma de la normativa para lograr las negociaciones individuales.

La reciente cumbre presidencial, organizada por el Gobierno brasileño, venía marcada por el factor ideológico, desde su convocatoria, toda vez que la alianza de Lula y los Fernández, promovieron adelantar la fecha para evitar la presencia del nuevo presidente argentino Javier Milei, quien asumió, en la campaña electoral, una posición muy crítica sobre el Mercosur y, en particular, sobre el presidente Lula.

En la cumbre se aspiraba firmar definitivamente el acuerdo comercial con la Unión Europea, pero las circunstancias no resultaron favorables. Al respecto, días antes de la cumbre, el presidente Emmanuel Macron de Francia, expresó su rechazo al acuerdo en las actuales condiciones, eliminando la posibilidad de incluir el tema en la agenda de la cumbre.

Dos temas lograron la mayor atención en la cumbre y no están exentos de contradicciones. Por una parte, la incorporación de Bolivia como miembro pleno, luego de varios años de espera, finalmente el senado brasileño fue el último en aprobarlo. Una incorporación que amplía la membrecía y puede fortalecer políticamente al bloque; pero introduce más incertidumbre en temas como la unión aduanera, pues resulta difícil que Bolivia modifique sus bajos niveles arancelarios para incorporar el Arancel Externo del Mercosur.

El otro tema que acaparó titulares tiene que ver con la suscripción del acuerdo comercial con Singapur, con poco interés para el Gobierno argentino saliente y el sinsabor del Gobierno uruguayo, que aspira concentrar la atención en la compleja negociación con China, un socio comercial fundamental para el bloque.

Al margen de la cumbre ha resultado una sorpresa interesante, que la Sra. Diana Mondino, la nueva canciller del presidente Milei, ha destacado el interés del nuevo Gobierno argentino, tanto por el acuerdo con la Unión Europea, como por las relaciones con Brasil y la permanencia en el Mercosur. Una buena señal para el bloque y para la región en su conjunto.

Esperemos que la posición que ha expresado la nueva canciller sea sostenible y cuente con el pleno respaldo del nuevo presidente argentino, quien debería estar asumiendo su papel de Jefe de Estado y comprendiendo las complejidades del ejercicio del poder en un contexto democrático.

Para el beneficio del Mercosur y de la región, convendría que el nuevo Gobierno argentino oriente sus esfuerzos para avanzar seriamente en las reformas profundas que requiere el Mercosur y, en general, la integración regional y no caiga en la trampa del debate ideológico estéril y paralizante.