Aquella mañana, y los días sucesivos, K’Okal ha sido lo primero –y único– de este inicio de año que he llorado. “No pueden borrarse las huellas de personas que han caminado juntos»

Por Minerva Vitti

La fe no se cuelga de un árbol
no se queda girando
sobre su propio eje
en las alturas.
La fe no enmudece
en la casa de los pájaros
ni se entrega
a la saliva de las moscas.
La fe es un Baré Mekoro ¹
que brilla adentro de la oscuridad
más oscura del follaje.
Como el temblor que cae
desde la rama más alta
la fe
se encarna en la tierra
abre los ojos en el infinito
de los muertos.

A Josiah K’Okal, misionero de la Consolata y defensor de los pueblos indígenas, lo conocí en 2016 cuando me inscribí en un curso sobre idioma y cultura warao que organizó la Fundación Abyayala. K’Okal era el encargado de enseñarnos cómo nombra el mundo este pueblo indígena, por tanto tiempo ágrafo; mientras que Teresa Farrera, docente jubilada warao, nos sumergía en la cosmovisión. El curso duró casi cuatro meses, y tanto Teresa como K’Okal llegaron a formar parte activa de mi vida y mi oficio como periodista. Desde entonces siempre que tuve alguna duda recurría a alguno de los dos, y no recuerdo haber dejado de conversar con ellos, al menos una vez al año, desde que nos conocimos.

Un día conocí la casa de los Misioneros de la Consolata, en Caracas, una amiga había venido desde Kenia, el país donde creció K’Okal, y me invitó. Nuestro querido Baré Mekoro (padre negro), como le decían cariñosamente los warao, nos recibió con una sonrisa, la que siempre tenía para todo aquel que se le acercaba.

De K’Okal admiraba la paciencia que tenía para explicarte las cosas más complejas. Compartió su vida más de ocho años con los warao, cuando estuvo viviendo en Nabasanuka, una comunidad indígena en los caños del delta del Orinoco. Esta experiencia hizo que se convirtiera en un experto del pueblo warao porque sabía su idioma, respetaba su cultura y podía entablar un diálogo interreligioso, intercultural y bilingüe con ellos. La suya fue una vida inculturada que despertaba en mí el deseo de seguir donándome a los indígenas.

Una de las últimas entrevistas que le hice fue durante la pandemia. La titulamos  Josiah K’Okal: “Encontrarme con los indígenas warao en Brasil es tomar una posición política y defender su causa”. En ese momento él estaba varado en Brasil, porque justo cuando cerraron las fronteras, estaba haciendo el trabajo de campo para su tesis sobre la migración forzada de los waraos en este país; luego debía regresar a Ecuador a culminar su maestría. Me contó que se había encontrado con indígenas en cuyas casas había comido y dormido en el delta, que no era justo que ahora estuvieran en Brasil en esas condiciones. También me dijo que estaba cumpliendo parte de su sueño “volver a compartir la vida con los warao”, pero que para que fuese completo, debía ser en el delta, cuando los warao en diáspora también regresarán a su tierra. Conversar con él fue vital para poder documentar la situación en medio de lo que parecía el fin del mundo, y sobre todo para comprender que el Buen Vivir de los pueblos indígenas y, el
de toda la humanidad, debía ser aquí y ahora, honrando y respetando el gran misterio de la vida.

La última vez que K’Okal y yo hablamos fue el año pasado, ya estaba de vuelta en Delta Amacuro y era feliz. En mi celular quedó pendiente el recordatorio de contactarlo en enero de este año para una nueva historia que estoy trabajando. No lo logramos. El 8 de enero me enteré que estaba muerto.

Durante los últimos días de 2023 y los primeros de 2024 estuve en un retiro de meditación. Recibí el año en silencio y desconectada de todo. El 8 de enero, cuando finalmente revisé mi celular y mi correo, tenía mensajes de varias personas informándome de la muerte de K’Okal. Aquella mañana y los días sucesivos K’Okal ha sido lo primero –y único– de este inicio de año que he llorado. Mirar la transmisión de la misa a través de las redes sociales, los bailes de los waraos, tanta gente conocida me hizo sentir su legado.

No puedo comprender su muerte, el presunto suicidio dictaminado por los mismos responsables de las violaciones de los derechos humanos de los pueblos indígenas que tanto denunciaba K’Okal, entre estas de la trata y tráfico de personas en Delta Amacuro. Una religiosa a quien quiero mucho me habla de las dos hipótesis, asesinato y suicidio, y de cómo solo Dios y K’Okal saben lo que ocurrió. Una compañera de la universidad, que conoció a K’Okal, me dice que en cuanto supo que estaba en Italia lo primero que sintió es que estaba a salvo. Los duelos se nos mezclan cuando vemos morir a compañeros que han trabajado juntos en las mismas causas.

Entonces entiendo por qué no puedo comprender la muerte de Baré Mekoro, porque nunca he podido comprender la fe sin justicia. De esto ha tratado casi toda mi vida. La pregunta que me persigue siempre, hasta en mis mayores crisis existenciales y preguntas vitales sobre el autocuidado y el cuidado en nuestros trabajos, es cómo poner mis dones al servicio de los demás. K’Okal lo hizo siempre, su vida es testimonio de esto, quizás por eso lo quise tanto
desde el momento en que me enseñó mis primeras palabras en warao. Él me abrió a un mundo que pasó de ser algo exótico a uno donde encontré profundidad y me permitió comprender que tomar postura en la defensa de los pueblos indígenas es una opción de vida, porque también se trata de las nuestras y la de todos los seres de este planeta. No puedo ser una simple relatora de lo que acontece, necesariamente siento la necesidad de crear vínculos con los indígenas. Mis viajes al delta y a tantos lugares se han convertido en un diálogo con todo el territorio, y eso me lo han enseñado personas como K’Okal. Adentrarme en la cosmovisión, aprender a nombrar, así sea un poco, en otro idioma.

Por los momentos lo único que puedo hacer es llorar esta tristeza y confiar en que la semilla que sembró K’Okal en mí y que hoy continúa dando frutos, seguirá haciéndolo. También puedo unirme a las voces que exigen a las autoridades competentes del Estado una investigación más exhaustiva sobre esta muerte. Finalmente cierro con la última pregunta que le hice a K’Okal en la entrevista que cité anteriormente:

—¿Cuál ha sido tu experiencia con el pueblo warao y qué aportes consideras
que te han brindado a lo largo de tu vida?

—Te cuento que yo vine a Boa Vista para hacer una investigación, un trabajo de campo. Podemos decir que mi misión era netamente académica. Pero, ¡qué va! Cómo se dice en mi tierra, no pueden borrarse las huellas de personas que han caminado juntos. Me di cuenta que mi trabajo era una posición política. Yo era más que un observador participante. Y me di cuenta que hay algo que nos une, por lo cual ellos también esperan que yo pueda ser su portavoz. En estos espacios yo me encuentro con personas en cuyas casas comí y dormí. Encuentro personas que me siguen llamando daje, daka, dakobo 2 . El warao me enseñó el valor de la familia, la familia alargada, donde no importa el color. El warao me enseñó lo que resumo en la palabra polifonía: somos sonidos, diferentes pero armoniosos. Cada uno tiene su lugar y su valor. El warao me enseñó a mirar la selva, el río, de una manera diferente: son parte de nosotros, y tenemos que dialogar con ellos. Al río hay que pedirle permiso para navegar. A la selva hay que pedirle permiso para cortar un árbol.

¿Cómo podré olvidar esa gran lección sobre la primacía del ser humano sobre los ritos? Era un domingo en la comunidad de Nabasanuka. Había monikata, rito warao de reconciliación. El rito había comenzado en día sábado. Era domingo, casi las cinco de la tarde. El padre K’Okal, pensando que como buen sacerdote tenía que cumplir con sus deberes dominicales. Y sugiero: “Vamos a parar aquí y celebrar la misa”. ¡Qué metida de pata más agradable! El señor Regino Arintero, de una manera muy educada me dice: “Padre, usted no se da cuenta que esta es nuestra misa de hoy. Si logramos resolver este asunto, ya habríamos celebrado la misa”. Sus palabras se guardaron para siempre en mi corazón. La hermana de la Consolata Luigna Goffi, que estaba conmigo en la misión, hizo un gesto eucarístico de una magnitud incomparable. Hizo unas domplinas (tortas de harina de trigo), unas cotufas (palomitas de maíz), y alrededor de las 7:30 p. m., cuando terminó el rito, coronó la experiencia con una
comensalidad, donde todos participaron.

Gracias por enseñarme tanto. Gracias por hacerme uno de ustedes. Mi sueño: volver a compartir la vida con los warao en el delta. Por supuesto, espero que todos los warao en diáspora habrán regresado a su tierra.

Querido K’Okal: somos tierra fértil. Como me dijiste una vez : “No pueden borrarse las huellas de personas que han caminado juntos”. Y las nuestras no lo harán.

Notas:

1) Baré Mekoro significa “padre negro” en el idioma del pueblo indígena warao.

2) Daje (hermano mayor de un hombre), daka (hermano menor de un hombre), dakobo
(hermano de una mujer).

Notas de la autora:
1) La fotografía de este artículo, me la envió K’Okal mientras estaba haciendo el trabajo de campo para su tesis sobre “La migración transfronteriza del pueblo warao” en Brasil. Abril 2020.

2) Josiah K’Okal nació en Uganda el 7 de septiembre de 1969 y se crió en Kenia. Tras una formación inicial en Kenia e Inglaterra, fue ordenado sacerdote el 9 de agosto de 1997 y ese mismo año fue destinado por sus superiores al trabajo misionero en Venezuela. En 2005, llegó al Vicariato Apostólico de Tucupita y dedicó su ministerio junto al pueblo Warao, en Tucupita y Nabasanuka, estado Delta Amacuro. “Amaba y conocía al pueblo Warao y a los venezolanos como nadie”, tanto que se convirtió en uno de ellos e incluso obtuvo la ciudadanía de nuestro país. Desapareció el 1 de enero de 2024 y su cuerpo sin vida fue encontrado al día siguiente, colgado de un árbol, en Boca de Guara, en el estado Monagas. Tenía 54 años.