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Francisco ante el reto del tercer milenio

Cortesia de la Civilta Cattolica

Por Rafael Luciani* y Serena Noceti**

Un camino de maduración en la recepción del Concilio

El Concilio Vaticano II fue un concilio de reforma. Así lo testimonian los discursos pronunciados por Juan XXIII y Pablo VI al comienzo del primer y segundo período de los trabajos del Concilio. El primero habló de aggiornamento. El segundo de renovatio ecclesiae. Incluso, recurriendo a una expresión de Lutero, el Decreto sobre el ecumenismoUnitatis redintegratio— habla de la ecclesia indiget reformatione. La forma eclesial a la cual debía apuntar la reforma conciliar la describió una de las mentes más brillantes de Lumen gentium, el Cardenal Suenens. Poco después de haber culminado el Concilio, Suenens destacó que los dos elementos más ricos de la renovación eclesiológica eran la imagen del Pueblo de Dios como totalidad y la corresponsabilidad en la misión que de ella deriva para todos sus miembros. Por una parte, se entendía que la esencia de lo eclesial reposa sobre el estado de creyentes de todos sus miembros y no en la jerarquía. Por otra, se reconocía la historicidad de la Iglesia en tanto que esta la configura a través de las realidades socioculturales en donde desarrolla su misión.

Profundizando el espíritu y el texto del Concilio, el pontificado de Francisco inicia una nueva fase en la recepción del Vaticano II y recupera la imagen conciliar de una Ecclesia semper reformanda, como dirá el 9 de noviembre de 2013 en Santa Marta. Días después, explicará en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium que no se trata de un acto puntual de revisión de ciertas estructuras, sino de un proceso permanente de conversión eclesial enraizado en la eclesiología del pueblo de Dios. Esto acontecía en medio de una iglesia que comenzaba a ser mundial y culturalmente policéntrica, e inauguraba un pontificado cuyas raíces remiten a la experiencia eclesial latinoamericana. De hecho, la noción que moldeará su ideal de reforma al inicio de su pontificado vendrá de la recepción del Vaticano II que hacen dos Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Se trata de la conversión pastoral

Para la Conferencia de Santo Domingo (1992) esto significaba revisar “la praxis personal y comunitaria, las relaciones de igualdad y de autoridad, y las estructuras y dinamismos” (SD 30). Para Aparecida (2007), la puesta en marcha de la conversión pastoral responde al modelo de la Iglesia como Pueblo de Dios y requiere “actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles” (Ap 368). Especialmente, que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (Ap 371) de la misión eclesial.

Esto no quiere decir que su pontificado haya querido implantar el modelo eclesial latinoamericano. Francisco ha dicho enfáticamente: “las cosas que hice no las inventé ni las soñé después de una noche de indigestión. Recogí todo lo que los cardenales habíamos dicho en las reuniones pre-cónclave que debía hacer el próximo Papa. Dijimos las cosas que había que cambiar” (Telam, 1-7-2022). El Documento preparatorio del Sínodo sobre la sinodalidad señala el desafío que el Papa encontró: “la Iglesia entera está llamada a confrontarse con el peso de una cultura impregnada de clericalismo, heredada de su historia, y de formas de ejercicio de la autoridad en las que se insertan los diversos tipos de abuso (de poder, económicos, de conciencia, sexuales). Es impensable una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios” (n.6). Hoy se quiere responder a esta realidad por medio de una conversión sinodal que lleve a “reformas espirituales, pastorales e institucionales” (Ap 367).

Procesos de reforma en clave sinodal

Para muchas personas las reformas que ha emprendido Francisco se circunscriben en torno a la renovación de los Sínodos de los Obispos. Uno de los cambios se refiere a la praxis, al ampliar la fase de escucha a todo el pueblo de Dios. Como ejemplo están los dos cuestionarios del Sínodo sobre la familia, la preasamblea del sínodo de los jóvenes, la consulta a más de 80.000 personas y 270 reuniones preparatorias del Sínodo para la Amazonia. Hoy en día, esto se profundiza al convocar a un Sínodo sobre la sinodalidad (2021-2024). Es el acontecimiento más importante luego del Vaticano II y el esfuerzo más amplio que haya hecho la Iglesia Católica en toda su historia por involucrar a todos los fieles en “la obra de renovación y de reforma” (UR 4). 

Sin embargo, hablar de un proceso de reformas en clave sinodal va más allá de la celebración de Sínodos. Se trata de un proceso de maduración de la eclesiología que encuentra su fundamento en el capítulo II de la Lumen gentium [Iglesia como Pueblo de Dios]. Podemos hablar de una reforma en clave sinodal porque la sinodalidad es el modo de constituirnos en Iglesia Pueblo de Dios con la participación corresponsable de todos. El documento de la Comisión Teológica Internacional define a la sinodalidad como una dimensión constitutiva de toda la Iglesia porque se refiere a “la específica forma de vivir y obrar/operar (modus vivendi et operandi)”, lo cual supone revisar “relaciones y mentalidades” (ser), y “dinámicas comunicativas y estructuras” (operar).

En este sentido, la sinodalidad no es algo opcional. Las palabras del Papa Francisco a la Diócesis de Roma son iluminadoras al respecto (18 de septiembre de 2021):

El tema de la sinodalidad no es el capítulo de un tratado de eclesiología, y menos aún una moda, no es un slogan o un nuevo término a usar e instrumentalizar en nuestros encuentros. ¡No! La sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo y su misión. Por tanto, hablamos de una Iglesia sinodal, evitando, así, que consideremos que sea un título entre otros o un modo de pensarla previendo alternativas.

El reto de caminar juntos

En el Discurso de la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015), Francisco hizo explícita esta visión y sostuvo que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”, para lo cual ha invitado a toda la Iglesia a emprender procesos de consulta, escucha y discernimiento que contribuyan a construir un nuevo modelo institucional. En ese mismo discurso, el Papa describe el nuevo modelo con las siguientes palabras: “lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”. Caminar juntos —laicos, pastores, Obispo de Roma”. Pero, ¿qué significa esto?

El Documento Preparatorio del Sínodo de la sinodalidad nos explica que: 

[…] caminar juntos puede ser entendido según dos perspectivas diversas, fuertemente interconectadas. La primera mira a la vida interna de las Iglesias particulares, a las relaciones entre los sujetos que las constituyen (en primer lugar, la relación entre los fieles y sus pastores, también a través de los organismos de participación previstos por la disciplina canónica, incluido el sínodo diocesano) y a las comunidades en las cuales se articulan (en particular las parroquias) (DP 28).

“La segunda perspectiva considera cómo el Pueblo de Dios camina junto a la entera familia humana” (DP 29). 

En ambos casos, se nos habla de:

[…] la forma específica de vivir y obrar/operar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora (Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia 6). 

Esto implica el hecho de que cualquier proceso de reformas debe buscar los modos de involucrar a todo el Pueblo de Dios, en su totalidad, mediante procesos de escucha, discernimiento comunitario, elaboración y toma de decisiones porque, como sostiene la Comisión Teológica Internacional, “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (n.76). 

En este sentido, caminar juntos supone revisar tanto las “relaciones y las mentalidades” (ser), como las “dinámicas comunicativas y las estructuras” (operar) de la Iglesia. Así, este pontificado ha iniciado un proceso de renovación eclesial que supone un cambio en la comprensión de la conciencia colectiva de lo que es ser Iglesia Pueblo de Dios, lo cual conlleva el reto de generar nuevos modos de relacionarnos entre los sujetos eclesiales (conversión), así como la actualización de estructuras existentes y la creación de otras (reforma) que permitan el ejercicio de la corresponsabilidad efectiva de todos los fieles. Pero, ¿por dónde comenzar?

Hacia un nuevo modelo institucional

Francisco habla del nuevo modelo usando dinámicas comunicativas. Explica que “una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”. El ejercicio de la escucha es indispensable para cualquier cambio eclesial pues parte del reconocimiento de la identidad y la contribución propia de cada sujeto eclesial —laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa. Se recuperarían las relaciones horizontales que brotan de la dignidad bautismal, la participación en el sacerdocio común de todos los fieles y el ejercicio de la corresponsabilidad en la misión.

La práctica de la escucha activará el proceso de conversión y reformas hacia un nuevo modelo institucional que se inspire en el clásico principio que reza: lo que afecta a todos debe ser tratado y aprobado por todos. Por tanto, en una Iglesia sinodal, la escucha se realiza en el marco de un proceso, porque su finalidad no es simplemente encontrarnos y conocernos mejor, sino discernir y elaborar decisiones pastorales que nos afectarán a todos, “siguiendo lo que podemos considerar el primer y más importante manual de eclesiología, que es el libro de los Hechos de los Apóstoles” (Francisco a la Diócesis de Roma, 18 de septiembre 2021). Además, se trata de escuchar a los otros “para conocer lo que el Espíritu dice a las Iglesias (Ap 2,7)” y encontrar modos de proceder acordes a nuestra época. Por ello, la escucha incluye a quienes tienen puntos de vista diverso, a los que no han sido escuchados o son excluidos. No podemos pretender domesticar al Espíritu y decirle por donde ha de hablar.

La sinodalidad puede ser nueva para nosotros, pero no para la larga y rica tradición de la Iglesia. Podemos concluir recordando la regla de oro de San Cipriano, que ofrece el marco interpretativo más adecuado para pensar los retos actuales: “nada sin el consejo de los presbíteros y el consenso del pueblo”. Para este obispo, tomar consejo del presbiterio y construir consenso con el pueblo fueron experiencias fundamentales a lo largo de su ejercicio episcopal para mantener la comunión en la Iglesia. Él implementó métodos basados en la escucha, el diálogo y el discernimiento en los que participaban todos los fieles y no solo los ministros ordenados. 

Llamados a emprender procesos de conversión sinodal y pastoral

Anteriormente mencionábamos que el Documento Preparatorio (DP) del Sínodo sobre la Sinodalidad ofrece dos significados de caminar juntos. El primero tenía que ver con la Iglesia ad intra, en sus relaciones, dinámicas comunicativas y estructuras. Pero hay una segunda definición que se ofrece. “La segunda perspectiva considera cómo el Pueblo de Dios camina junto a la entera familia humana” (DP 29), es decir, la Iglesia que peregrina y vive en medio de otros pueblos y sus culturas. En esta segunda acepción surge una confluencia entre conversión sinodal y conversión pastoral. De hecho, la Comisión Teológica Internacional sostiene que “la Iglesia está llamada a una constante conversión que es también una conversión pastoral y misionera, consistente en una renovación de mentalidad, de actitudes, de prácticas y de estructuras” (CTI, Sin 104).

Esta segunda perspectiva del caminar juntos subraya el hecho de que no puede haber una Iglesia misionera sin la participación activa de todos sus miembros —fieles— como sujetos corresponsables en la misión (CTI Sin, 6). La razón es que, en una Iglesia sinodal, “todo el Pueblo de Dios es el sujeto del anuncio del Evangelio y, en él, todo Bautizado es convocado para ser protagonista de la misión ” (CTI, Sin 48). En otras palabras, “en la Iglesia, la sinodalidad se vive al servicio de la misión [ya que] Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est. [Por tanto,] “ella existe para evangelizar”” (CTI, Sin 48). 

Al relacionar la sinodalidad con la conversión pastoral se profundiza la eclesiología del Pueblo de Dios misionero (LG-AG) que no permite desvincular “la Iglesia que evangeliza” de la “Iglesia que es evangelizada” (Evangelii nuntiandi 14-15), “porque todos somos discípulos-misioneros” (CTI, Sin 48). En clave sinodal esto se traduce como “una Iglesia que escucha” y “aprende de lo escuchado” para tomar, en conjunto, “decisiones pastorales” (CTI, Sin 68). Esta perspectiva supera la tentación de la autorreferencialidad y evita el regreso a la desigualdad que existía en el modelo de una Iglesia que enseñaba y otra que aprendía.

La pregunta sobre “cómo el Pueblo de Dios camina junto a la entera familia humana” (DP 29) encuentra respuesta en la comprensión de la sinodalidad como ejercicio corresponsable para la misión compartida. Esto supone integrar dos dimensiones de la conversión eclesial: la sinodal y la pastoral. Ambas se van desarrollando simultáneamente en el marco de un proceso orgánico. De hecho, podemos hablar de la necesidad de “la conversión pastoral para la puesta en práctica de la sinodalidad” (CTI, Sin 105), porque “el gran desafío para la conversión pastoral que hoy se le presenta a la vida de la Iglesia es intensificar la mutua colaboración de todos en el testimonio evangelizador a partir de los dones y los roles de cada uno, sin clericalizar” (CTI, Sin 104).

Conclusión

Hoy, Francisco nos deja con un gran desafío para el tercer milenio: construir una Iglesia toda ella sinodal que viva la comunión desde la participación y la corresponsabilidad de todos los fieles como miembros de una Iglesia Pueblo de Dios. Para ello, es fundamental, como ya hemos dicho, recuperar el texto y el espíritu del Concilio Vaticano II que entendió a la Iglesia en estado de conversión y reforma permanentes (Unitatis Redintegratio 4.6). Este fue el sentir de las voces de todo el mundo que fueron recogidas en el Documento para la etapa continental del Sínodo de la sinodalidad. Ahí se señala, con parresia, que: “caminar juntos como Pueblo de Dios requiere que reconozcamos la necesidad de una conversión continua, individual y comunitaria. En el plano institucional y pastoral, esta conversión se traduce en una reforma igualmente permanente de la Iglesia, de sus estructuras y de su estilo, siguiendo las huellas del impulso al aggiornamento continuo, legado precioso que nos ha dejado el Concilio Vaticano II” (DEC 101). 

Podemos decir, con gran convicción, que estamos viviendo un Kairós que está dando forma a un estilo de ser y hacer Iglesia a la luz de la corresponsabilidad y la participación activa de todos los fieles en la misión compartida. La conversión sinodal se irá logrando en la medida en que la Iglesia se renueve caminando inter et cum fideles, y se reforme pastoralmente a partir de esa experiencia. En otras palabras, es una conversión que se manifiesta en “el tránsito pascual del yo entendido de manera individualista al nosotros eclesial, en el que cada yo, estando revestido de Cristo (cfr. Gál 2,20), vive y camina con los hermanos y las hermanas como sujeto responsable y activo en la única misión del Pueblo de Dios” (CTI, Sin 107). 

Quisiera terminar esta reflexión con una interrogante que hizo Congar a la luz de la experiencia que vivió en una Iglesia que estaba en transición del Concilio al posconcilio. Él decía: 

[…] habremos de preguntarnos si será suficiente un aggiornamento o si no será necesaria alguna otra cosa. La pregunta se impone en la medida en que las instituciones de la Iglesia arrancan de un mundo cultural que ya no podría tener cabida en el nuevo mundo cultural. Nuestra época exige una revisión de las formas ‘tradicionales’ que va más allá de los planes de adaptación o de aggiornamento, y que supone más bien una nueva creación. 

Esta interrogante que nos dejó Congar en 1972 se puede leer hoy como una invitación a seguir profundizando los procesos de “reformas espirituales, pastorales e institucionales” como sostuvieron los obispos en Aparecida en el 2007 (Ap. 367). Sin embargo, esto supondrá, la parresia de saber “abandonar estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (Aparecida 365) y se hayan convertido en obstáculos para el anuncio y la encarnación del Evangelio. Lo que está en juego es el testimonio de nuestro “seguimiento de Jesús” como condición indispensable para la renovación de la Iglesia y la recuperación de su credibilidad (Unitatis redintegratio 4.6). Podemos concluir citando al Documento Preparatorio del Sínodo que, con gran parresia, nos recuerda que “si no se encarna en estructuras y procesos, el estilo de la sinodalidad fácilmente decae del plano de las intenciones y de los deseos al de la retórica” (DP 27). Tenemos, pues, el desafío de comprometernos con la conversión sinodal de toda la Iglesia.

*Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma), donde también estudió la licenciatura en Teología dogmática. Es licenciado en Educación, mención Filosofía, por la Universidad Católica Andrés Bello.

**Teóloga laica italiana. Profesora titular en el Instituto de Ciencias Religiosas de Florencia, Italia, de la Facultad Teológica de la Italia Central. Ha sido miembro fundador de la Asociación de Mujeres Teólogas Italianas y vice-presidente de la Asociación Teológica Italiana. Ha sido asesor de la Red Eclesial para la Pan-Amazonia (Repam) durante el Sínodo de los Obispos para la Amazonia y es miembro del Grupo Iberoamericano de Teología para la reforma de la Iglesia.

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