En la novela el Gatopardo el protagonista, Tancredi, en un momento le dice a su tío «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi» o lo que es lo mismo en español «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie», y bueno es una sensación que pareciera estar muy presente en estos días. Percibimos que todo se está moviendo pero a la vez nada se mueve. Y en parte puede ser nuestra responsabilidad o siendo menos severo, es algo que tenemos que atender.
Pareciera que, en este complejo 2026, hemos pasado de ser protagonistas de la historia a espectadores de un show donde la obra se escribe en un idioma que no terminamos de entender. Hoy nos asalta una interrogante ¿en qué momento todo pasó a una solución expresa de «fuerzas externas» o de «vacíos de poder», mientras nosotros quedamos fuera de la dinámica?
Hemos caído en una suerte de inercia peligrosa. Si bien eventos pasados rompieron esa apatía, hoy la incertidumbre parece habernos devuelto a la casilla de salida. El ciudadano se siente un «extranjero» de su propio destino. Miramos hacia Washington o hacia las cúpulas locales esperando que «algo” suceda.
Esta pérdida de centralidad del ciudadano no es casual. Es el resultado de un desgaste donde la realidad cotidiana —el esfuerzo por sobrevivir, los abusos y falta de derechos— corre por una vía, mientras el discurso del poder corre por otra, blindada y autorreferencial. Hemos permitido que la política sea algo que nos «informan» y no algo que «hacemos».
Sin embargo, para retomar el papel de agentes de cambio, es imperativo entender que la transformación de un país no es un evento que se recibe por mail o luego de una presentación de power point de tres etapas. Tenemos que recordar que el cambio no es un regalo del destino ni de un tercero bondadoso; es una construcción de voluntades que se encuentran en lo cotidiano y evitar caer en la fácil creencia de que nada de lo que hagamos importa, porque precisamente ahí, en la resignación, es donde el ciudadano pierde su última cuota de poder.
La política debe volver a ser una herramienta al servicio de la gente y no un juego teledirigido desde afuera. El desafío actual es dejar de mirar hacia los lados buscando salvadores y empezar a mirar hacia adentro y hacia el frente. Recuperar el protagonismo exige la valentía de habitar la realidad, con todas sus grietas, y decidir que nuestra voluntad sigue siendo el factor determinante para edificar lo que viene. Solicitar la vía electoral es un primer paso necesario para lograr esto. Una elección en paz, transparente, competitiva y con la observación internacional necesaria, donde cada uno sea garante e impulsor de su propio derecho a participar y ser escuchado.
Al final, la distancia entre ser un espectador y ser un agente de cambio es una línea que solo nosotros podemos cruzar. Quizás sea momento de dejar de mirar el show de los demás y recordar que, efectivamente, nosotros estamos aquí.
*Álvaro Partidas: Abogado. Magíster en Estudios Estratégicos y Derecho Ambiental.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista SIC.



