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El niño que le ganó el juego a la guerra

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Por Germán Briceño

Eldar Emric, un experimentado periodista, cineasta y camarógrafo bosnio, asiduo colaborador de la Associated Press, recordaba algún tiempo atrás lo que sucedió en los Balcanes hacia julio de 1995. Cómo, en medio del atroz conflicto bélico que azotaba a la región, una milicia de serbios de Bosnia asaltó un refugio protegido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Srebrenica, un pueblo enclavado entre colinas verdes al este de Bosnia Herzegovina. Separaron al menos a 8.000 hombres y niños bosnios de sus esposas, madres e hijas, los obligaron a marchar en medio de la oscuridad por los bosques que rodean la población y los asesinaron a sangre fría.

Acto seguido, los perpetradores arrojaron los cuerpos de sus víctimas a fosas comunes, que luego pretendieron allanar y encubrir atropelladamente usando excavadoras, esparciendo algunos restos por otros lugares para dispersar y ocultar la evidencia de sus crímenes de guerra. Durante el accidentado proceso de enterramiento, los despojos a medio descomponer fueron hechos pedazos. Todavía hoy se encuentran fragmentos humanos diseminados alrededor de Srebrenica, los cuales se siguen recolectando e identificando mediante un minucioso análisis de ADN.

Cuando se logra identificar a las víctimas a las que pertenecieron, se devuelven a sus familiares y se procede a darles una sepultura digna en el cementerio del centro conmemorativo, ubicado en una explanada a las afueras de Srebrenica, cada 11 de julio, aniversario del día en que comenzaron los asesinatos en 1995. Fue la mayor masacre cometida en territorio europeo desde los tiempos de la Shoah, y un terrible recordatorio de que el anhelo de paz mundial sigue siendo, tristemente, una hermosa pero frágil utopía, que se ha hecho añicos una vez más contra los delirios y ambiciones de un tirano demencial en tierras ucranianas.

Pero como la vida suele ser un drama en el que se suceden y entreveran la tragedia y la dicha, la vida y la muerte —Herodes ordenó la matanza de los inocentes justamente porque había nacido nuestro Señor Jesucristo—, no demasiado lejos de allí, en la norteña ciudad serbia de Sombor, apenas cinco meses antes, otra familia celebraba el nacimiento de su tercer hijo. Desde muy pequeño, ajeno a todas las vicisitudes que estaban ocurriendo a su alrededor, de las que no tenía culpa ni conciencia, el más joven de la casa solo tuvo cabeza para dos cosas: el baloncesto y los caballos.

Creció en un estrecho apartamento de dos habitaciones que compartía con sus padres, sus hermanos mayores y su abuela. Contrario a lo que predica la sabiduría convencional, pasar mucho tiempo confinado en un espacio pequeño no pareció afectar su desarrollo físico, antes bien le propinó un estirón impresionante y pronto sobrepasó a sus dos hermanos una década mayores, hasta alcanzar los impresionantes dos metros once de estatura. Si no la envergadura, cuando menos la fiebre por el baloncesto estaba repartida a partes iguales entre toda la prole. Strahinja y Nemanja, los dos mayores, comenzaron a jugar en Serbia y llegaron hasta la liga universitaria de los Estados Unidos, que no es poca cosa. Al menor, el destino le tendría reservadas alturas aún mayores.

Recordaba Anna Gordon, corresponsal de la revista Time, que el baloncesto fue introducido en el territorio de la antigua Yugoslavia en 1923, por un estadounidense que trabajaba con la Cruz Roja, pero su auténtico desarrollo no comenzaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen del mariscal Tito se propuso fomentar la práctica deportiva como parte de su agenda política socialista. Es posible que el enfoque igualitario y colectivista que se imprimió a los deportes por equipos, atenuara las individualidades y fomentara un estilo de juego colectivo, dando como resultado grandes jugadores especialistas en lo que se conoce como baloncesto sin posición, en el que cada pieza puede desempeñar distintas funciones y posiciones según las necesidades del juego.

Esa fórmula demostró ser altamente efectiva. A partir de los años sesenta, y casi sin interrupciones hasta el presente, la camada de grandes jugadores balcánicos ha sido talentosa y prolífica. Entre 1960 y 1990, la selección masculina de la entonces Yugoslavia, ganó cinco medallas olímpicas, seis medallas de la Copa del Mundo de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA por sus siglas en francés) y trece medallas del FIBA EuroBasket, derrotando a países mucho más grandes y poderosos. Pero justo cuando la pequeña Yugoslavia parecía erigirse en un gallardo David sobre los Goliats del baloncesto, sobrevino la terrible década de guerra que dejó como saldo la desintegración del país, 140.000 muertos, cuatro millones de desplazados y la exclusión de sus equipos deportivos de las competencias internacionales.

Lo asombroso es que las semillas del baloncesto siguieron germinando aquí y allá y varios jugadores se abrieron paso hasta la NBA; un camino que algún tiempo después seguiría aquel niño de Sombor cuyo nombre empezó a captar la atención de los reclutadores serbios hace unos diez años atrás, siendo un juvenil, después de haber alcanzado un Índice de Rendimiento (una peculiar estadística de uso común en el baloncesto europeo que indica la diferencia entre las jugadas consideradas positivas y las negativas) mayor a 50 en dos partidos consecutivos. Poco a poco se fue forjando una carrera ascendente aunque relativamente desconocida fuera de sus propias fronteras, al punto de que, en el draft de la NBA de 2014, fue seleccionado por los Nuggets de Denver en el turno 41 (se dice que ha sido una de las gangas más escandalosas de la historia del deporte, quizás sólo superada por la selección de Tom Brady, mítico quarterback del fútbol americano, en el turno 199; Michael Jordan, por contraste, fue seleccionado como número 3).

Esa forma un tanto silenciosa, inopinada y carente de espectacularidad de entrar en escena, de algún modo prefiguraba e imprimiría un sello personal a lo que vendría a ser su peculiar estilo de juego: una especie de prodigiosa habilidad para, sin llamar excesivamente la atención, estar en el lugar indicado en el momento preciso, y casi detener el tiempo en torno suyo mientras considera con minucioso cálculo la siguiente jugada genial. Claro que, ante semejante superpoder, sus rivales no han tenido oportunidad alguna, pues lo que para él transcurre en una imposible cámara lenta que parece durar siglos, para ellos son fracciones de segundo de una guerra de trincheras vertiginosa y salvaje.

Finalmente, en 2015 hizo acto de presencia en la NBA y, tras algunas temporadas se podría decir que de práctica y calentamiento, fue ascendiendo sin prisa pero sin pausa. A partir de 2017 se desató un vendaval silencioso, en cuyo curso se fue haciendo un sitial como jugador franquicia de su equipo y varias veces All-Star de la liga, y jugador más valioso en las dos temporadas previas a la actual, en la que acaba de alcanzar la máxima cúspide de la disciplina con el título de la liga de 2023 y el trofeo al jugador más valioso de las finales.

Su forma de jugar es imposible de definir: la relativa torpeza que uno esperaría encontrarse en un tipo de su tamaño, se transforma en una pasmosa y calculada habilidad de ajedrecista, y la aparente lentitud de sus movimientos, es tan solo un ardid para ocultar una velocidad de reacción y una visión panorámica desconcertantes, que casi siempre terminan en una anotación o en un pase imposible al compañero mejor ubicado. Ha llegado al dominio absoluto de lo que el comentarista deportivo del New York Times, Kurt Streeter, acertadamente denominó el arte de la lentitud. Pero para dominar un arte hace falta primero ser un verdadero artista, alguien que, en la clásica definición de mi antiguo profesor de lógica jurídica, Pompeyo Ramis, es capaz de hacer fácilmente aquello que al resto de los mortales nos parece imposible.

En lo que a mí concierne, sin ninguna razón aparente, estuve bastante tiempo alejado de los tabloncillos de la NBA (a través de la televisión, claro está), hasta que algunas semanas atrás un providencial impulso me llevó a ponerme delante de la pantalla para ver el primer partido de la final entre los Nuggets de Denver y los Heat de Miami. No hace falta que diga que no fui capaz de despegarme del aparato hasta el último segundo del último partido. La culpa la tiene aquel niño serbio convertido hoy en una suerte de antihéroe de Michael Jordan —amo y señor del baloncesto y sinónimo de destreza sobrenatural y liderazgo avasallante sobre la cancha—. Nuestro protagonista, en cambio, es como el gigante bondadoso de un cuento de hadas, que le quita importancia a su talento y su enorme poder y se prodiga en genialidades y trucos asombrosos casi sin querer, más dado al juego colectivo que a la individualidad, concediéndole el mérito siempre al equipo antes que a él.

Su historia es la de alguien que, a pesar de las adversidades y un entorno en el que no abundaban las oportunidades, fue capaz de dedicarse con talento y pasión a aquello que más le gustaba en la vida y logró triunfar en los Estados Unidos, ese país que casi ha convertido en un lema el hecho de que sin importar de donde vengas, si tienes lo necesario y te esfuerzas tanto como el que más, es probable que encuentres el camino para llegar hasta las máximas alturas. Esas a las que literalmente ha llegado Nikola Jokic, un niño de Sombor al que ni la guerra, ni las privaciones, ni siquiera la desintegración de su propio país, fueron capaces de impedirle seguir jugando el deporte que amaba y así cumplir su mayor sueño: convertirse en el mejor jugador de baloncesto del mundo.

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