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El doctor Duque

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Por Germán Briceño Colmenares

Muchas veces, todo lo que uno necesita en la vida es alguien que nos tienda una mano. Puedo decir que he corrido con esa inmensa fortuna. Mientras iba cursando sin pena ni gloria la carrera de derecho, sin saber muy bien qué iba a ser de mí al graduarme, el cielo se abrió de par en par ante mis ojos y una mano generosa tomó la mía. No pretendo decir con esto que era la mano de Dios (aunque ustedes y yo sabemos que evidentemente lo era), pero era una mano que se le parecía bastante: la mano bienhechora y magnánima del doctor Román José Duque Corredor.

En otros momentos de la vida, lo que necesitamos es alguien que confíe en nosotros, y da la casualidad de que también corrí con esa enorme suerte. Cuando ni siquiera yo confiaba en mis posibilidades para dedicarme a una carrera que cursé más por tradición familiar que por vocación, el doctor Duque, como lo llamé y lo llamaré siempre, confió en mí. No hace falta que diga que a partir de entonces mis dudas se transformaron en certezas y mis temores dieron paso a seguridades: sabía que me había arrimado a un buen árbol y que, por lo tanto, buena sombra me cobijaría. Fue el único y el mejor mentor que he tenido jamás.

Allí comenzó la mejor etapa de mi vida profesional: lo más útil y provechoso que llegué a hacer como abogado lo hice a su lado y de su mano. Ejercer con alguien que ha encontrado en el derecho su vocación y su pasión termina contagiándose, y por un tiempo tuve el privilegio de acompañarlo en algunas de sus andanzas jurídicas como un fiel escudero. Trabajar con él era al mismo tiempo una cátedra jurídica y una escuela de vida, se aprendía de derecho del bueno y de virtudes humanas de las buenas, porque, como se dijo de alguien alguna vez: enseñaba no como los escribas, sino como quien tiene autoridad.

Claro que yo no era el único que gozaba de ese privilegio, puesto que su sapiencia era requerida por todos los rincones del país y más allá, y él la prodigaba con liberalidad ilimitada: de Mérida a Coro, de Guayana al Zulia y allende nuestras fronteras. Nunca le negó a nadie su vasta sapiencia de jurisconsulto, muchas veces sin esperar nada a cambio. Fue la suya una sabiduría convertida en servicio hasta el último momento. Toda una lección para nosotros, que queremos que el país cambie, pero que a veces no hacemos todo lo que podemos para conseguirlo, empezando por intentar mejorar nosotros mismos. A lo mejor lo que quiso decirnos fue que cuando parece que el derecho y la justicia han perdido toda relevancia, es cuando son más necesarios e importantes.

Por supuesto que yo no hubiera llegado a encontrarme con el doctor Duque por pura casualidad. Fue amigo de mi padre y, por edad y trayectoria, hubiera podido ser el mío (ahora reparo en que quizás, huérfano de padre como quedé más bien pronto, en más de una ocasión se comportó como tal) y, más adelante, se convirtió en mi pariente. Con todo, tenía esa rara capacidad de acortar distancias cuando media diferencia de edades, con humor y familiaridad, pero siempre guardando un irreprochable respeto.

Como roca sólida que sostenía su andamiaje intelectual, estaba su acendrada condición de hombre de fe, firmemente arraigada en la espiritualidad ignaciana que lo llevó a amar y servir en todo. No he conocido a nadie más, salvo que se tratare de algún religioso, que tuviera una Biblia en su escritorio de trabajo, quizás una reliquia de sus juveniles escarceos con el sacerdocio. Y no estoy hablando de un adorno, sino de un ejemplar con las inconfundibles señas de haber sido auscultado con frecuencia en busca de luces, sabiduría y consuelo.

El otro pilar que sostenía e inspiraba sus quehaceres era un inquebrantable amor a la patria grande, y un especial amor al terruño y a la familia. Dijo alguna vez un poeta que quien no tiene una provincia se la inventará. Al doctor Duque no le hizo falta inventarse ninguna, pues llevó siempre a Mérida sembrada en lo más profundo de su corazón, y aún quedaba espacio en ese corazón ancho para hacerle sitio al noble pueblo de Zea, cuna de la copiosa estirpe de prohombres de la familia Duque.

Seguramente en estos días leeremos y escucharemos infinidad de merecidas elegías destacando sus virtudes intelectuales y humanas. Yo me quedo con el mayor elogio que puede recibir un hombre y que le escuché a Eduardo Fernández en un homenaje que le rindió el Centro de Políticas Públicas IFEDEC al doctor Duque. Decía Eduardo que Román Duque Corredor era sobre todo y por encima de todo una buena persona. Y yo no tengo nada más que agregar.

La lección más importante que me enseñó es que la vida humana, la de verdad, es sobre todo vida espiritual e intelectual abierta al prójimo, lo demás es como flor de heno; se seca el heno y cae la flor. Tengo con él una deuda que jamás podré pagar, y por eso me reprocho a mí mismo no haber procurado vernos con más frecuencia últimamente, pero a la vez me consuela la esperanza de volver a encontrarnos en un lugar y un tiempo mejores.

Unos días atrás, a propósito de un comentario que me hizo llegar a través de las redes sociales –que a pesar de su mala prensa nos mantienen en contacto con gente a la que no hemos podido ver– sobre un artículo que esta revista tuvo la gentileza de publicarme, le envié un breve libro del doctor Oliver Sacks, que es una especie de testamento espiritual que escribió en sus últimos años. En una de esas misteriosas premoniciones que tienen algunas personas ante las postrimerías de la vida, me lo agradeció diciéndome que venía “oportunamente”… Yo, que no sé de premoniciones ni de nada, apenas me enteré de su muerte, he vuelto a aquel mensaje que tal vez volvió a leer por última vez el 22 de septiembre a las 3:09 PM, y solo me queda reprocharle con afecto y dolor: cómo fue que decidió irse en el momento más inoportuno…

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