“El hombre nada es en sí mismo; no es más que una posibilidad infinita. Pero es el responsable infinito de esta posibilidad».
— Albert Camus, Carnets de la drôle de guerre
Por : Addison Lashly*
Cuenta la leyenda que mi abuelo conoció a mi abuela el día que ella celebraba sus quince años; ella en la fiesta y él desde la ventana. Hay una melancolía particular en ver la fiesta desde la rendija de la puerta. Para el venezolano, el Mundial de Fútbol no es solo un torneo; es un espejo roto donde buscamos un reflejo que no terminamos de enfocar. En este país, a la vez de talentos volcánicos y de naufragios colectivos crónicos —donde el reciente triunfo en el Clásico Mundial de Béisbol se sintió como una anomalía estadística tras una historia de sequía de triunfos colectivos—, el fútbol sigue siendo nuestra asignatura pendiente, nuestro trauma sin resolver.
Los estadios, en su silencio previo al rugido, son catedrales de grama y concreto donde se guardan los sueños de países enteros. Se espera que más de mil millones de humanos, de una forma u otra, vean este evento. Pero para nosotros, la cita mundialista tiene una lectura propia: la de quien contempla la gloria ajena mientras intenta descifrar por qué la propia se le escapa entre los dedos como arena fina.
Ética y Estética del Esfuerzo: Del Yo al Nosotros
Existe una ética y una estética, invisibles en la cancha, que van más allá del simple resultado expresado en el marcador. Es la búsqueda de la excelencia no como un fin egoísta, sino como una ofrenda al conjunto. El juego, cuando alcanza su cúspide —Pelé en el 70, Maradona en el 86, ponga usted aquí a su Crack de preferencia— y los equipos que les acompañaron, son manifestaciones puras del talento individual al servicio de algo más grande, de un colectivo que se nutre y alimenta a ese talento. Ver el engranaje de un equipo que se entiende sin mirarse es comprender que la belleza puede ser una forma de verdad. Es el pase perfecto, ese que nadie ve sino el que lo ejecuta, un acto de desprendimiento absoluto por un bien mayor.
No todo es luz, y hay que recordarlo. Cuando el espectáculo devora la esencia, el deportista deja de ser un hombre para convertirse en mercancía, y nosotros, los aficionados, pasamos de ser partícipes de un rito a simples consumidores pasivos. La arquitectura del dinero, la sospecha del dopaje y el nacionalismo ciego pueden, a veces, deformar esta mística, convirtiendo el campo de juego en un frío tablero de intereses donde el alma se vende al mejor postor.
Una Pausa Colectiva en 90 Minutos
Propongo que leamos este mes de fútbol como una introspección global, un retiro donde la humanidad se examina a sí misma a través de una gramática de emociones compartidas. No se trata de una distracción, sino de un examen de conciencia frente al televisor. En el fragor del torneo, la pasión deja de ser un eslogan publicitario para convertirse en el hilo que nos une por encima de fronteras e ideologías, recordándonos que todavía somos capaces de vibrar con el extraño. Pero esa euforia es solo una cara de la moneda; la otra es el sufrimiento, la derrota entendida no como un fracaso moral que deba ocultarse, sino como una pedagogía del límite que nos obliga a reconocer nuestra propia vulnerabilidad.
En ese tránsito, la gloria surge no como un botín individual, sino como un destello de lo que seríamos capaces de alcanzar si jugáramos siempre para el otro, en una armonía de esfuerzos que trascienda el ego. Para el venezolano, que todavía lame las heridas de la última eliminatoria suramericana —ese vacío que ya adquiere tintes de trauma histórico—, el Mundial debe ser una oportunidad de autopsia. No clasificamos, es cierto, y en esa ausencia late un mensaje incómodo sobre nuestra propia incapacidad de construir proyectos que sobrevivan a las individualidades. El Mundial no es solo ver quién levanta la copa, sino observar, con la crudeza del espectador que se sabe fuera, cómo se articula la voluntad de una nación en el esfuerzo de once jugadores.
De Cómo Entrar a la Fiesta
Mirar el Mundial desde Venezuela, en medio de nuestros propios abismos y anhelos, es entender que el fútbol es una metáfora de la construcción de una nación. Un país que no logra cristalizar su identidad en su selección es un país que aún está buscando su propio centro de gravedad, su propia armonía colectiva.
Si este evento es el más importante que celebramos los humanos, es porque en esos 90 minutos se resume la tragedia y la épica de nuestra existencia. Debemos dejar de ser espectadores de la luz ajena para empezar a trabajar en la nuestra. Que este Mundial sea, entonces, el silencio antes de la palabra. Porque solo cuando comprendamos que el éxito colectivo no es una casualidad, sino un ejercicio de excelencia común, estaremos listos para dejar de mirar por la rendija y entrar, por fin, a la cancha de nuestra propia historia, ¿verdad abuelo?
Addison Lashly. Abogado. Consultor jurídico



