Por Humberto Valdivieso 

Actualmente, la pregunta “¿quién piensa?” pareciera emanar de una fuente lejana cuya voz ya es débil. Su desaliento detenta un tono melancólico derivado de cierta nostalgia por una autoridad presente en el debate, por un interlocutor con respuestas firmes, unívocas y sustentadas en evidencias. Convertida ahora en un murmullo, esta pregunta ha quedado solapada. Otra voz, más vigorosa y cercana, nos interpela en la contemporaneidad de forma distinta: “¿quiénes piensan?”. Su repentina cercanía y aliento la hacen sentir como un empujón, una sacudida al alma de una cultura mundial en muchos aspectos aún acomodada al interior de los tradicionales limites “humanos”. Esta última voz es la del presente, la cual apunta al mismo espacio donde lo digital incomoda a la centralidad del anthropos ordenador, diferenciador y modelo privilegiado de la vida.

Dirigida al ámbito anteriormente sólido e inviolable del “hombre”, la nueva pregunta desata los efectos propios de un mundo que ha llegado a sus límites y carece de respuestas confiables. De ahí la desorientación ante el nuevo orden de las cosas y las ideas, el miedo a los efectos desconocidos de la innovación y el dolor por la pérdida de las categorías tradicionales que sustentaban la vida. El ambiente tecnológico digital, con su condición heterogénea, es lo que ha suscitado la incomodidad súbita de semejante pregunta, que nos ha puesto ante la necesidad de preguntar en plural, de abrir espacio a otros pensantes. Fue su voz la que suscitó un problema urgente, el cual debemos considerar si deseamos comprender el estado del mundo en el siglo XXI. Responder, por lo tanto, es una exigencia y no una opción porque nuestro ambiente ha cambiado.

La tecnología, no importa la época, trae consigo la expansión y la multiplicación. Se la asocia a ciertos peligros, entre otros, el posible desbordamiento de las fronteras sociales donde la vida permanece cotidiana y segura. También, el descontrol de las dimensiones del mundo conocido. Por eso, desde el inicio de los tiempos, los inventos causan asombro y producen temor. De ahí que el infierno esté lleno de mecanismos extravagantes como en las pinturas del Bosco y los robots de muchos filmes y series de televisión aparezcan como una amenaza. La tecnología digital no ha escapado al desconcierto y sobresalto de la gente ante lo nuevo. Su mayor desafío ha sido constituir una invasión al espacio soberano del anthropos. La inteligencia del “hombre”, que reinó con orgullo hasta mediados del siglo XX, está siendo asediada por otras inteligencias.

Las máquinas y las redes neuronales artificiales han descompuesto los hábitos de la centralidad humana. Esto activó las alarmas del presente. Algunas voces desde la filosofía han sopesado el nuevo ambiente tecnológico con desasosiego. Byung-Chul Han1 afirma que “no vivimos en un reino de violencia, sino en un reino de información que se hace pasar por libertad”. Yuval Noah Harari2 teme que los humanos no puedan sobrevivir a la inteligencia artificial. Para Éric Sadin3, “estaremos rodeados cada vez más de fantasmas encargados de administrar nuestras vidas”. En la cultura popular los argumentos generados por el miedo a lo digital son tautológicos y antiguos: el posible fin del mundo, grandes amenazas para la humanidad o la demanda de detener lo novedoso.

Junto a las voces críticas hay otras tratando de responder a la pregunta del presente fuera del territorio del pesimismo. La mundialización y la diversidad han permitido pensar desde otros lugares e imaginarios. Por ejemplo, el de las lenguas no occidentales. Shuang Lu Frost, en un texto intitulado Translating chinese AI: from ‘man-made intelligence’ to ‘black tech’4, explica que el término chino para inteligencia artificial es rengong zhineng. Este proviene del japonés jinkō chinō. Ambos se traducen literalmente como “inteligencia hecha por humanos”, lo cual suprime el carácter de artificialidad impuesto a la tecnología. Incluso, ella apunta a un dicho popular chino donde la inteligencia artificial necesita “más rengong, trabajo manual, que zhineng, inteligencia” pues hace falta más esfuerzo humano que algoritmos para codificar los datos y procesar la información.

La pregunta “¿quiénes piensan?”, surge de haber extendido la inteligencia más allá del cuerpo biológico, de la razón humana. La ciencia contemporánea nos ha dicho que las otras “especies” comparten con nosotros esta capacidad y a veces nos superan. Para la bióloga Emmanuelle Pouydebat5, la inteligencia “apareció al mismo tiempo que la vida, es decir, aun antes que lo hicieran los primeros verdaderos animales, hace aproximadamente tres mil quinientos millones de años”. A su vez, el antropólogo Eduardo Kohn6 explica que:

Aunque toda vida es semiótica, esta cualidad semiótica se amplía y se hace más evidente en la selva tropical, con sus tipos y cantidades sin parangón de seres vivos. Por eso quiero encontrar formas de prestar atención a cómo piensan los bosques; los bosques tropicales amplifican, y por tanto pueden hacernos más evidentes, las formas en que piensa la vida.

Sin embargo, la fuerza de la pregunta que nos ocupa recae con fuerza en lo no biológico. El temor no emerge del estudio de las otras especies, sino del trepidante desarrollo de lo llamado “artificial”. Pues serían las máquinas y no los animales quienes pudiesen superarnos y tomar el control de la vida.

El espejo, los umbrales y el dios Jano

El filósofo canadiense Pierre Levy7 en un texto sobre los tres cerebros –animal, humano y electrónico– aclara que no hay una conciencia autónoma en las máquinas cuando ellas simulan, mediante el cálculo electrónico, nuestra forma de pensar.  Para él, la experiencia fenoménica es propia de los organismos biológicos y los datos manipulados por las máquinas adquieren sentido para los humanos cuando aparecen en una interfaz. De un lado del espejo digital está la inteligencia artificial, del otro la humana. Sin embargo, no se trata de un límite absoluto donde están confrontados dos espacios inconexos, pues tal como explica Levy:

Los nuevos cerebros electrónicos sintetizan y ponen a funcionar –virtualizan y actualizan– la enorme memoria digital a través de la cual recordamos, nos comunicamos y pensamos juntos. Detrás de “la máquina” debemos vislumbrar la inteligencia colectiva que cosifica y moviliza.

Por lo tanto, en los dos lados ocurre una multiplicación de las capacidades de la inteligencia humana y la tecnológica imbricadas en el universo de la inteligencia colectiva.

Sin abandonar la metáfora del espejo digital pensemos en la posibilidad de atenuar la importancia de la frontera (interfaz) entre las dos inteligencias y priorizar aquello que las atraviesa. Hay algo que cruza de un espacio al otro, de lo físico a lo virtual y viceversa.  Una energía intelectual que de un lado transfiere la memoria, los deseos y la imaginación a lo electrónico. Y del otro, una que invade de cálculos y algoritmos a la conciencia humana. Ello convierte al espejo en una especie de mandala zen: un modelo del cosmos humano-electrónico. Ahí las propiedades de cada parte están contenidas en su contrario. La dicotomía, por lo tanto, es una ilusión, ya que en realidad todo es parte del movimiento vital de la existencia: neuronas y circuitos electrónicos constituyen un mismo estado de la vida con “inteligencias” desplegadas dentro y fuera del planeta, física y virtualmente. Es el espacio del “netizen” (net-ciudadano) cuyo cerebro es biológico y electrónico.

Trans

De esta figura ambigua –bioelectrónica– emerge uno de los dilemas contemporáneos: la imposibilidad de estar situados. El anthropos como centro es imposible en la cultura digital. Atravesamos otros organismos pensantes y ellos nos atraviesan a nosotros, estamos de un lado y del otro en el espejo digital. Escuchamos la voz de Siri o Alexa, y ellas escuchan la nuestra. Cruzamos hacia sus universos virtuales con nuestros deseos y memorias, y ellas nos devuelven datos ordenados que mezclan nuestros anhelos y sus algoritmos. Kaiber, transforma nuestras ideas en videos, Craiyon convierte las palabras en imágenes y Cogram toma notas por nosotros en una reunión.

La metáfora de los lados del espejo, donde la interfaz digital y la interfaz humana están reunidas una frente a la otra, también puede pensarse como la interfaz del dios Jano. Él rige los límites –inicios y finales–, la navegación y los tránsitos. Por lo tanto, una interfaz que mira hacia un lado y hacia el otro es también el umbral donde una misma inteligencia transita: de la profundidad de lo virtual a las honduras de la conciencia humana y viceversa. Esta condición del presente nos revela un mundo transhumano en el cual, lo “humano” está desplazado de su antiguo centro y extendido en la tecnología. En el siglo XXI ya no es posible hablar de una inteligencia situada, sino de inteligencias interconectadas a ambos lados del umbral. Lo “trans”, supone “atravesar”, “ir al otro lado de” y no “ir más allá”. Transitar entre “aquellos” que piensan:  lo biológico y lo electrónico, en el espacio mismo de la vida.

Notas:

  1. De la cosa a la ‘no-cosa’. (2022, febrero 18). Recuperado de https://ethic.es/2022/02/revolucion-digital-de-la-cosa-a-la-no-cosa/
  2. ‘I don’t know if humans can survive AI’. (2023, abril 23). Recuperado de https://www.telegraph.co.uk/news/2023/04/23/yuval-noah-harari-i-dont-know-if-humans-can-survive-ai/
  3. Éric Sadin y la Inteligencia Artificial. (2020, julio 13). Recuperado de https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/eric-sadin-inteligencia-artificial-rodeados-fantasmas-administraran-vidas-_0_-jImDVLQN.html
  4. Frost, S. (2022). Translating chinese AI: from ‘man-made intelligence’ to ‘black tech’.  Artificial intelligence in China. MIT PRESS.
  5. Pouydebat, E. (2018). Inteligencia animal. Cabeza de chorlitos y memoria de elefantes. Plataforma editorial.
  6. Kohn, E. (2013). How forests think. Toward an anthropology beyond the human. University of California Press.
  7. Le virtuel et les trois cerveaux (2023, abril 25). Recuperado de https://pierrelevyblog.com/2023/04/25/le-virtuel-et-les-trois-cerveaux/