La celebración el primero de mayo, del Dia del trabajo y del trabajador, nos debe impulsar a transformar radicalmente nuestro modelo económico estatista y rentista por un modelo eficiente y productivo, que asuma el estudio, el trabajo y la producción como medios esenciales de realización personal y para garantizar a toda la población bienes y servicios de calidad, lo que exige valorar positivamente el trabajo y remunerar adecuadamente al trabajador para que le sea posible una vida digna. Para ello, debemos recuperar a Simón Rodríguez y hacer nuestro su empeño, de cultivar el amor al trabajo, pues era necesario, como sigue siendo hoy, “colonizar el país con sus propios habitantes”. Estaba convencido de que la riqueza no consistía en las minas sino en las capacidades productivas, y que el trabajo era la llave del progreso y de la dignificación. Por ello, resulta incongruente y camino al fracaso maltratar a los trabajadores con sueldos de miseria que no les posibilitan vivir con dignidad. En todos los centros educativos que creó, Rodríguez montó talleres productivos e insistía en la necesidad de cambiar la mentalidad del funcionario y gobernante que se apropia de los bienes públicos que pertenecen a todos como si fueran suyos, y la mentalidad del mendigo que espera que el Estado le de todo, por una mentalidad honesta y productiva que entiende que el trabajo de calidad y bien remunerado, debe ser el medio esencial para resolver sus problemas económicos y lograr un país próspero y en paz.. Cuando Rodríguez no conseguía trabajo como maestro, para sobrevivir, se dedicó a producir jabones y velas e ironizaba diciendo “Así lavaré la conciencia de los americanos y alumbraré América con mis velas”. Durante toda su vida combatió la cultura limosnera que degrada a las personas y varias veces escribió: “Yo no pido que me den, sino que me ocupen, que me den trabajo. Si estuviera enfermo, pediría ayuda. Sano y fuerte debo trabajar. Sólo permitiré que me carguen a hombros cuando me lleven a enterrar”.
Como lo comprendió muy bien Rodríguez, en Venezuela, necesitamos con urgencia una educación que siembre el valor del trabajo, de las cosas bien hechas, de la responsabilidad, de la honestidad, de la productividad, de la puntualidad. El pensar que, por ser un país petrolero y minero, somos ricos y que, en consecuencia, tenemos derecho a disfrutar de la renta sin necesidad de producir y de esforzarse, ha contribuido a profundizar nuestra pobreza y alimentar la corrupción. Venezuela es un país potencialmente muy rico, lleno de recursos y potencialidades, pero en estos momentos, es un país pobrísimo, saqueado, con su aparato productivo destruido, sueldos miserables que no posibilitan vida digna y servicios públicos ineficientes e incluso prácticamente inexistentes.. Pero sólo a través del trabajo bien remunerado, asumido creativa y responsablemente, y mediante unas políticas vigorosas que promuevan la productividad, la eficiencia, la calidad y combatan la corrupción, el clientelismo, el nepotismo, el amiguismo, la irresponsabilidad, la incompetencia, y la mentalidad limosnera, mesiánica y populista, convertiremos esas posibilidades en realidades, haremos de Venezuela un país próspero donde todos podamos vivir con dignidad.
El actual sistema educativo, raíz y fruto de una sociedad rentista y despilfarradora, debe dar paso a una educación en y para el trabajo, germen de una sociedad de productores. La educación debe ser entendida y asumida como un medio para capacitar humana, ética, política y laboralmente a la población, de modo que generemos los bienes y servicios de calidad necesarios para que todos podamos vivir dignamente. Esto debe llevarnos a asumir más creativamente la necesaria integración entre teoría y práctica, trabajo intelectual y trabajo manual, capacitación y formación, saber y saber hacer, unión entre empresas y escuelas. Las escuelas deben producir y las empresas deben enseñar y apoyar la educación. Se trata, en definitiva, de promover una cultura que asuma el trabajo –tanto manual como intelectual-y la necesidad de actualizarse y formarse permanentemente, como valores esenciales, como medios imprescindibles para lograr la propia realización personal y posibilitar una economía vigorosa que posibilite a todos el disfrute de sus derechos esenciales.



