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 2026: La Diplomacia Vaticana ante la Policrisis Internacional 

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 “Nosotros somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les rogamos: ¡reconcíliense con Dios!” – 2 Corintios 5, 20. 

Jonathan A. Maynard A*

La Santa Sede puede entenderse desde tres perspectivas: como epicentro de fe, institución de influencia global y referencia de valores civilizacionales. La iglesia católica sigue siendo un epicentro de fe porque sigue la advocación de la creencia como un elemento aglutinador de creyentes, además de ser uno de los puntos articuladores mas potentes entre grupos sociales; como institución de influencia global por ser tener una denominación de Estado, así por el impacto de la iglesia en las diversas naciones en feligresía como impronta cultural; y como referencia de valores civilizacionales al demarcar los puntos morales que remiten la cultura de nuestra humanidad, aun en nuestros tiempos.

En una realidad donde las corrientes religiosas vuelven a ser puntos de tensión en problemas geopolíticos, se presentan nuevas formas de orden internacional y la corriente digital redefiniendo nuestra identidad como seres humanos, la iglesia viene a configurar una postura diplomática que reviste influencia para ser un jugador clave en diversas disputas actuales. Por esa razón, la idea es recorrer un 2026 trascendente para la Iglesia Católica desde lo recorrido y ofrecer un panorama acerca de las coyunturas que tiene el papado de León XIV como “Vicario de Cristo”.

León XIV: El legado de Francisco hecho Doctrina

2025 marcó el fallecimiento del Papa Francisco y la vacancia de la regencia vaticana. Su desempeño está marcado en 5 grandes premisas: 1.- Reforma sustantiva de la institucionalidad de la Iglesia, 2.- Enfoque asertivo con temas globales contemporáneos y con activismo manifiesto; 3.- Mano dura con aquellas practicas que pervierten la institucionalidad católica; 4.- Mayor compromiso con los vulnerables del mundo (pobres, víctimas de guerra) así como la cercanía con la gente; y 5.- Visibilidad a otras latitudes y manifestaciones católicas del mundo que deben ser reconocidos.

El legado del pontífice argentino ha sido transformado en la doctrina de una Santa Sede con una vocación activa de participación en las dinámicas globales, desde la defensa de la propuesta “franciscana” de un catolicismo contemporáneo (sin pretender ser un cisma rimbombante, pero con una visión compartida sobre el rol de la iglesia católica en el mundo). Según la lectura cardenalicia del conclave, existe el menester de fortalecer el trabajo de posicionamiento de la Iglesia como espacio de convergencia pacifica y promoción de valores de conciliación, coexistencia y humanidad, a partir de las premisas que la Iglesia construye. En los cimientos de esta reflexión, el Cardenal Robert Prevost se transforma en el Papa León XIV con una perspectiva clara: Continuar el trabajo construido por el Papa Francisco.

Desde su nombramiento, ha tenido un relacionamiento activo en diversos escenarios y coyunturas. Como ejercicio doctrinal se destacan la carta apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”1 y la exhortación apostólica “Dilexi te” . En la carta apostólica, habla desde la responsabilidad educativa como una herramienta de acercar la palabra de Dios a la feligresía, así como el reforzamiento de su masificación como un derecho humano fundamental, dando la oportunidad de ofrecer puentes con las nuevas propuestas que aborda el mundo y a su vez, se construye fraternidad social desde la institucionalidad educativa de la fe con la innovación, la capacidad resolutiva y el desarrollo de una vocación de unificar la racionalidad con el espíritu.

La exhortación apostólica se refiere a la renovación de los votos hacia la pobreza como “una declaración de amor”, es decir: avocarse al sufrimiento y la carencia del vulnerable como una misión apostólica. Es la continuación del “Dilexit nos” del Papa Francisco, cuando habla del amor como el reencuentro con la sensibilidad que conecta y compromete con lo posible, con lo emotivo como motor humano de existencia y vinculo. Es por eso por lo que el Papa León XIV nos propone una conexión comprometida con los vulnerables y pobres (en una gran distinción: pobres materiales, marginados, pobreza moral, cultural, existencial, etc.) en virtud de ser instrumentos de la gracia divina, a partir de un nexo constructivo y compartido con el mundo y sus problemas.

Como vocero mundial y Jefe de Estado del Vaticano, ha sido portavoz del cuidado y resguardo de la vida de los vulnerables en diversos conflictos en el mundo: Gaza, Madagascar, Venezuela, entre otras; así como ha realizado encuentros ecuménicos con el Patriarca de Constantinopla para afianzar los vínculos con la Iglesia Ortodoxa; así como ha realizado encuentros con jefes de estado como Recep Tayyip Erdoğan, Rey Felipe VI de España, Rey Carlos III de Inglaterra, el Presidente Argentino Javier Milei, el Vice-Presidente Americano J.D. Vance; así como ha servido de facilitador de negociaciones, como lo realizado entre el presidente americano Donald Trump y Volodimir Zelensky de Ucrania, entre otros. Su itinerario de vuelo como Papa ha incluido países como Turquía y Líbano, donde pudo compartir espacios con liderazgos políticos y religiosos de las zonas visitadas.

En la conmemoración del Año Jubilar, el Vaticano se ha vuelto epicentro de esfuerzos constructivos para el fortalecimiento reflexivo y vocacional de la fe, a partir de la identidad católica hacia el mundo.

Prueba de esto, se da en el “Sínodo de la Sinodalidad” como un espacio de reconocimiento y adaptación teleológica de la fe católica, a través de sus feligreses y liderazgos constituidos en la fe. Esto habla de una Diplomacia Vaticana que ejerce sus relaciones exteriores, no solo como un Estado que ejerce una soberanía e intereses en juego, sino como el representante de una red universal de instituciones y filiaciones, basados en valores y preceptos religiosos que han sido la piedra angular de una premisa que hoy esta en debate constantemente: La Civilización Occidental.

En momentos donde nuevas propuestas políticas globales hablan sobre la concepción de lo que debería ser Occidente, La Iglesia Católica asume y encara su rol de unidad cultural en la civilización occidental, si lo entendemos desde la lectura de Arnold Toynbee como especialista en la materia: La Iglesia como uno de los arquitectos históricos y culturales de naciones, imperios y continentes, mas allá de la referencia cartográfica; un actor que ha sobrevivido con el paso del tiempo con su devenir de procesos políticos, económicos y sociales a generar identidad, cohesión y certeza al ser humano, a partir de la trascendencia celestial.

Otro autor que puede acompañar la comprensión de la Iglesia como una piedra angular de la Civilización Occidental, sería Oswald Spengler: Su rol como “Comunidad Histórica” que prevalecido con resiliencia a ciclos políticos, económicos y sociales, otorga un pivote renovador que reconecta la concepción humana con su propósito trascendente, como respuesta personal como individuo; además de jugarse una estrategia de reevangelización civilizatoria que vincula la autonomía individual, el bien común y el reconocimiento a la otredad, desde los valores católicos que construyen un sentido de “comunión”. Evidencia histórica de esto, ha sido su propia iniciativa de promover educación, salud y formas de cohesión social, como una forma de concreción de valores que conectan la necesidad material de subsistir con la trascendencia divina que ofrecen las santas escrituras.

Esta argumentación brinda la causalidad acerca de la materialización del legado del Papa Francisco como Doctrina y el refrescamiento estratégico del “Soft Power” Vaticano como mecanismo de acción, a través de León XIV. El Papa Francisco utiliza su ímpetu reformador de la Iglesia Católica y su conexión con el pueblo vulnerable para reconectar con una lectura civilizacional de Occidente para ofrecer una comunión que sea legitima en las nuevas generaciones y para los perfiles sociales que han desertado de la institucionalidad católica; además de reafirmar los valores religiosos para rehacer la comunión entre las necesidades tangibles y la trascendencia divina, en una sociedad sumergida en la “Polícrisis” que deja una serie de vulnerabilidades masivas y existenciales que comprometen el vinculo de la persona con su propia existencia.

León XIV intensifica el valor de la fe como herramienta de cohesión y comunión social para la búsqueda de puentes o espacios de consenso que puedan ser útiles para la pacificación del planeta, es decir: Una zona franca para hacer de los valores católicos y la fe religiosa como un motor que construya certezas y movilice hacia la comunión de la comunidad occidental como hermanos.

Los Grandes Retos Contemporáneos de la Fe.

El término “Polícrisis” tuvo una primera acepción con el sociólogo Edgar Morin para caracterizar la crisis ecológica, a partir de “la interacción simultanea e interdependientes de diversas crisis, con consecuencias amplificadas en su contexto”. Posteriormente, el historiador Adam Tooze actualiza su interpretación conceptual como “la simultaneidad e interconexión de múltiples crisis (económicas, geopolíticas, ambientales, etc.) que se amplifican mutuamente”.

El cruce entre esta nueva manera de entender las coyunturas globales con la institucionalidad católica (como referencia de fe, Estado-Nación e institución promotora de valores civilizacionales) se remite el núcleo de estos retos: Los retos internos, los retos externos y la postura oficial del vaticano ante la pugnacidad del mundo.

Los retos internos que tocan a este nuevo año a la regencia de León XIV pasa por 3 grandes premisas: La continuidad del trabajo adaptativo de la Iglesia, iniciado por el Papa Francisco; la convergencia entre la perspectiva clásica, la vanguardia más progresista y aquellas representaciones locales que han construido su forma de promover el mensaje de la Iglesia Católica en su sector, así como el rescate de la legitimidad institucional de la Iglesia ante diversos actores globales (especialmente en la población llana).

La continuidad del trabajo adaptativo de la Iglesia (o la materialización doctrinal del legado del Papa Francisco) pasa por integrar cada elemento que conforman las fuerzas vivas de la institucionalidad católica (desde las instancias sacerdotales a las organizaciones laicas que extienden el esfuerzo e influencia católica en diversos espacios de la vida pública) para construir una sinergia que capitalice el valor humano hacia una relación renovada con la espiritualidad católica, sin basarse en la exclusión pero priorizando el valor del servicio como una evidencia de fe.

Esto pasa por la integración de personajes que no tenían voz en la toma de decisión institucional, como la población femenina católica, presencia de la diversidad geográfica y demográfica que representa el catolicismo en el mundo. León XIV ha tenido una vocación mas dialogante y negociadora que el Papa Francisco, que tuvo una voz frontal y directa contra corrientes conservadoras en la Institucionalidad Católica, haciendo una clara oposición a la propuesta de “transformación franciscana” que se esta promoviendo.

Los retos externos se configuran en aquellas coyunturas que toca afrontar a la Iglesia, pero sin tener el control de la problemática. Corrientes políticas que pretenden reescribir la noción de Occidente y la influencia del cristianismo como bandera de reivindicación tradicional; Grupos Sociales que conciben un antagonismo natural con la creencia cristiana como punto clave su esencia organizacional; y una prevalencia digital que plantea la trascendencia divina como un símbolo de creencia obsolescente ante un pragmatismo voraz que plantea la digitalidad contemporánea.

Existe otro dilema intrínseco que esta en los retos externos de la Iglesia Católica: ¿Dónde se sitúa la Iglesia en los paradigmas de Orden Internacional emergentes y hegemónicos que existen? En un contexto donde se inscriben dos trampas :La Trampa de Tucidides, donde una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante; y la Trampa de Kindleberger, donde la potencia hegemónica no quiere o puede ejercer el liderazgo y la potencia emergente tiene la capacidad o la voluntad de asumir la responsabilidad de asumir el dominio) la Iglesia tiene una influencia fuerte para validar el avance o estancamiento de estas formas de orden internacional.

Esta influencia sucede ya que la religión, como elemento cohesionador de las civilizaciones, puede potenciar y referenciar interpretaciones compartidas de valores, aspiraciones e interpretaciones sobre las trascendencias que se deben construir. Más allá de pensar acerca de las versiones de Orden Internacional como propuestas de adaptación transnacional de las culturas civilizatorias de los países potencia (tal como lo plantea Alexander Dugan, con su planteamiento de pasar del concepto de “Estado-Nación” al “Estado-Civilización”), podemos entender las formas de comprender una relectura de Globalización para la construcción de espacios de convergencia o coexistencia (siendo esto último, la propuesta ideal).

La institucionalidad de la Iglesia Católica contemporánea es una atractiva ventaja competitiva para ejercer su vocación de “Soft Power” como punto de reencuentro sociohistórico. Evidencia de esto, se dio en noviembre del 2025, en la conmemoración del aniversario del Primer Concilio de Nicea (realizado hace 1700 años) cuando el Patriarca Bartolomé I y el Papa XIV leyeron el credo niceno ortodoxo. En una mirada simple, puede verse como un acto ecuménico ceremonial pero la importancia histórica de este acto representa el reconocimiento de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana hacia los ritos y costumbres de la Iglesia Católica Ortodoxa: ambos ritos que han forjado imperios, sociedades, culturas y estados; permitiendo un punto de encuentro acerca de la adaptación del catolicismo como fuente de respuestas desde las costumbres, creencias y moralidades de sus creyentes.

Otro reto externo que se carga en las responsabilidades civilizacionales del catolicismo pasa por la persecución contemporánea de feligreses católicos en África y Medio Oriente, especialmente cuando se citan los ataques a feligreses católicos en la Franja de Gaza, Nigeria y las restricciones para profesar su creencia en diversos países del mundo. La iglesia católica desplaza otra de las herramientas de “Soft Power” como mecanismo de incidencia: Su capacidad de voluntariado. Su acción social en países en vías de desarrollo, así como sus instituciones de capital social han marcado metodologías empíricas para el fortalecimiento de las capacidades sociales: Educación, Salud, Seguridad Social y Organización Comunitaria.

En la interpretación política, las “trampas” se entienden como situaciones estructurales donde los Estados, actuando bajo una lógica de interés propio o seguridad, se ven arrastrados a resultados desastrosos e indeseados, como guerras o crisis sistémicas en una lógica existencial (suma cero) donde el aumento de poder de uno se percibe como la amenaza al otro.

Estas instituciones no solo han generado vocación para prestar asistencia directa a la población vulnerable; sino que el seguimiento de los abusos, crímenes y coyunturas que impiden la libre manifestación de la devoción católica, ha permitido que naciones potencias puedan proteger y resguardar la integridad de sus creyentes. Esto se acompaña con la activa presencia de figuras en la estructura vaticana que han permitido darles relevancia a dichos casos, así como el respeto a la lógica universal de los Derechos Humanos en el mundo, especialmente visto en conflictos internacionales.

“Cuanto más reconciliados estemos, tanto más podremos los cristianos dar un testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es anuncio de esperanza para todos, mensaje de paz y de fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones.

La reconciliación es hoy un llamamiento que surge de toda la humanidad afligida por los conflictos y la violencia. El deseo de plena comunión entre todos los creyentes en Jesucristo va siempre acompañado de la búsqueda de la fraternidad entre todos los seres humanos comentó el Papa León XIV en su encuentro en Turquía. La posición oficial que se observa en este papado es generar sinergia con diversas culturas, grupos, naciones y sociedades distintas a la perspectiva cristiana y/o católica para afianzar una coexistencia pacífica, respetuosa de la integridad de la persona y hacia la vocación de apoyo hacia la vulnerabilidad que conecte la idea de progreso con la idea clásica de la trascendencia divina que asumen los valores, principios y enseñanzas generadas por la cosmogonía católica.

El Catolicismo Global

Esta idea no solo habla de la Santa Sede como actor, sino de las parroquias y congregaciones en el mundo, sus instituciones de capital social y las redes de laicos comprometidos como creyentes que la integran, es decir: hasta el creyente que pueda estar leyendo estas palabras. El reto compartido por el catolicismo global pasa por 3 grandes focos: La fe como herramienta de paz y cohesión; La iglesia como embajadora de una premisa civilizacional y la feligresía organizada desde la cohesión eclesial.

El catolicismo es la impronta histórica y política de naciones y regiones continentales, generando identidades y perspectivas de afrontar la vida. Esta frase no debe verse como una iniciativa hegemónica y expansiva, sino como un epicentro de valores compartidos que han construido una idea del ser humano (con sus luces y sus sombras). El Papa Francisco asumió esta reflexión autocritica desde el primer momento de su papado y ha sido la referencia para las reformas estructurales la institución religiosa, así como se ha permitido escuchar y compartir reflexiones con grupos sociales que han sido antagónicos con la impronta histórica de la religión durante siglos.

Es por ello por lo que la construcción del pensamiento del Papa Francisco como doctrina, así como su continuidad por parte del Papa León XIV busca un nuevo acercamiento de la fe con la feligresía (la actual, la perdida y la venidera) desde la búsqueda de la paz, la plenitud, la comunión, la prevalencia de la identidad clásica de la humanidad y el abrazo hacia los vulnerables como el epicentro y comunión de la fe.(5)

La iglesia, como punto referencial de los feligreses, tiene la oportunidad de reavivar espacios de reflexión sobre la esencia del ser humano, desde la trascendencia divina como punto de partida y motor de acción social para el mejoramiento de la calidad de vida y la dignidad de las personas. No solamente, desde la premisa de las sagradas escrituras sino desde la sinergia interpretativa con otras interpretaciones mas seculares como la doctrina de los Derechos Humanos, enfatizando en la adaptación con un modelo de Orden Internacional consolidado de derechos, deberes, libertades y responsabilidades, así como el respeto equitativo para todos (sea naciones, personas y seres).

Por ese por esa razón, se parte la idea de la Iglesia como embajadora de una premisa civilizacional. Hemos aprendido sobre la sustentación de la iglesia en la arquitectura de lo que entendemos como Occidente, pasa por cohesionar valoraciones morales sobre la vida, la humanidad y sus formas de vivirla; así como los roles, perfiles y maneras que han configurado los grupos sociales que se han ido transformando en culturas, sociedades y versiones civilizacionales de una idea primigenia original. Hay una contemporaneidad dinámica y voraz que requiere respuestas y propuestas, con la andanada digital de una Inteligencia Artificial que reconfigura la idea de la acción social y con nuevas interpretaciones sobre la humanidad y su devenir, la feligresía tiene el reto de volver a empalmar la transitividad de la interpretación católica en el pasado, presente y futuro hacia el hambre emancipatorio del futuro y su incertidumbre.

La feligresía se encuentra ante el reto de reconfigurar su vinculo con la comunidad (como concepto y hecho social). Las instituciones de capital social están asumiendo el reto de construir nexos renovados con la educación que se formula, con la salud que se resguarda y la comunidad que se configura, así como otros polos de desarrollo (sector económico, cultural y político) que van desarrollando bienes, servicios, experiencias y métodos de integrarse con el mundo con sus realidades. La premisa busca la reconexión y la comunión entre la idea construida de emancipación y la fe como atenuante espiritual de la vida cotidiana. 2026 viene a ser un año donde la policrísis y su dinámica retará la prevalencia de la noción espiritual del ser humano, su definición y su idea de realización. Por lo pronto, la Iglesia no solo se juega su impronta de principios y valores en este esfuerzo contemporáneo de prevalecer su idea de humanidad con su universo moral, sino la razón de ser de la fe como elemento inmanente de la humanidad. Solo nos queda lo dicho en Juan 13, 7: “Ahora no puedes comprender lo que estoy haciendo, pero lo entenderás después.”.

*Jonathan A. Maynard A

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