La mutación cualitativa de la democracia en la nueva geopolítica
Los hombres fuertes y los demagogos destacan en el escenario político contemporáneo. Son la manifestación de una fractura profunda en los pilares del orden democrático vigente. Estamos ante una transformación de orden cualitativo: la desafección de la democracia ya no es una disfuncionalidad del sistema, sino un cambio de paradigma donde la lógica de los pactos y contratos sociales ha sido suplantada por el ejercicio crudo y personalizado del poder. Comprender este dinamismo es imperativo para situar la tragedia venezolana no como un caso aislado, que requeriría solo ajustes incrementales, sino como evento en el reordenamiento global donde el derecho y la legitimidad ceden ante la fuerza. En este nuevo tablero, asistimos al uso puro y duro de la potencia militar y tecnológica, que busca justificarse bajo nuevas concepciones del papel de potencias como Estados Unidos, Rusia y China.
Este despliegue de fuerza muestra los límites de concepciones hasta ahora respetadas como soberanía, nación o Estado y configura un entorno atemorizante donde, sobre todo, la gente de a pie ha sido reducida a la condición de mirones de palo frente a dispositivos autoritarios de control y vigilancia. El desgaste de la representación política, producto de atropellos o desinterés colectivo, ha dejado un vacío que los autoritarismos llenan con la voluntad de dominio, provocando una pérdida de subjetualidad política y una crisis de sentido histórico que se expresan en la disolución del tejido mismo de las sociedades.

El escenario venezolano: el desafío de superar el tutelaje
El núcleo del conflicto político actual de las democracias contemporáneas no radica únicamente en una crisis coyuntural frente a las autocracias, sino en una fractura de sus cimientos. El desafío que tenemos consiste en abordar la democracia como un tejido de relaciones interdependientes, donde la transformación requiere una visión de conjunto y un compromiso sostenido con la justicia y la no repetición de la violencia.
El mundo que servía a los venezolanos de marco de referencia para la acción política ha desaparecido, y la otrora legitimidad nacida de los pactos y los acuerdos ha sido aplastada por la combinación de fuerzas reaccionarias locales con la fuerza militar y tecnológica de USA. Ante la obstinación del régimen a la alternancia en el ejercicio del poder político, surgió la tentación desesperada de acudir al “Catire quitapesares” del norte. La consecuencia de pedir el auxilio de un actor que opera en los márgenes de la ética y la legalidad internacional fue advertida y le está cobrando la factura no solo a los solicitantes, sino a las grandes mayorías. Al buscar el shortcut violento quirúrgico, la dirigencia local opositora comprometió su autonomía. La secuela de este modo de proceder es el capture fáctico de la política venezolana, convirtiendo tanto a demócratas como a déspotas en meros administradores tutelados. La expectativa democrática quedó escorada por el proceder a la fuerza. Luego, si la democracia es restaurada mediante un acto de fuerza soberana externa (un estado de excepción), esa democracia nace marcada por la excepción.
El debate entre los venezolanos, principalmente en las redes sociales, a propósito de la capture de Nicolás Maduro se ha quedado en una moralización estéril que ignora a la gente de a pie, quienes solo aparecen en la ecuación liberadora como coartadas. La perorata antiimperialista del poder local repite sus eslóganes de resistencia mientras pacta en las sombras con la agresión externa. Y, sus opositores, postergan la celebración de la extracción en espera de una segunda parte en medio del temor y la incertidumbre. Ahora, si no se pasa de los enunciados altisonantes ni se cuestiona la fuerza metódica para dirimir el conflicto, difícilmente se verá la acción alternativa al proceder autoritario vigente.
Por otro lado, muchos han seguido el sufrimiento venezolano preguntándose cómo hacerse cargo y encargarse de las dinámicas reales del país. Entienden que la recuperación de la democracia no vendrá de fuerzas externas, sino de la consolidación de la base social como fundamento de lo político. La verdadera liberación no vendrá de un ejército que “limpia” un país para imponer un orden, sino de un sujeto político que rechace ser reducido a mero gestor (empleado o aliado) de la supervivencia. Si la fuerza metódica extranjera abrió un espacio, solo un sujeto político interno autónomo puede habitarlo democráticamente.

El sujeto político popular: más allá de la suma de individuos
Urge constituir un sujeto político popular capaz de reconstruir el equilibrio entre el sentimiento popular y la gestión experta. Las maquinarias partidistas son hoy artefactos desvencijados y las redes sociales no logran suturar el tejido social roto. Necesitamos un vínculo ético que trascienda lo doméstico y la realidad virtual, y funde relaciones constituyentes entre las personas.
De la mera suma de individuos con incentivos privados no surge el sujeto político de la democracia. Se requiere tejer relaciones que constituyan un demos que se haga cargo y se encargue de lo público. Hay que ir más allá de los meros procedimientos. Habrá que reconocerse en la acción compartida que reclama la hora del país. Esto exige la instauración de nuevas prácticas que cristalicen en la reinstitucionalización de la sociedad.
Para que este sujeto sea transformador, debe operar más allá del análisis de coyuntura. No puede limitarse a observar o denunciar, lo cual termina por fetichizar al opresor al hacerlo el centro de toda acción. Su autonomía radica en la capacidad de decidir e incidir de manera propia, recuperando la praxis política frente a los dinamismos militares-empresariales que hoy pretenden controlar el futuro.
Ciertamente con realismo, pero crítico, que entiende la política basada en estrategias concretas para cambiar la sociedad. En lugar de perseguir sueños irrealizables, la tendencia maximalista, “todo o nada”, “el ganador se lo lleva todo”, analiza la realidad actual y la tradición política que se ha transmitido hasta nuestros días. La capacitación del sujeto político surgirá de la apropiación de las posibilidades que nuestra historia política muestra para actuar y así garantizar que el nuevo sistema pueda construirse con éxito.
Memoria e historia: la tensión entre el trauma y el horizonte ético de la reconciliación
Tendremos que contar el cuento de lo que vamos siendo en la tensión constante entre recordar y decidir qué olvidar para seguir adelante. El pasado no debe ser una carga que victimice de nuevo, sino una oportunidad de compromiso ético. Es fundamental evitar reducir la humanidad de las víctimas a una condición menesterosa o a una «mano tendida». Las víctimas no son sufrientes permanentes carentes de subjetualidad, sino personas cuyo dolor debe transformarse en un imperativo ético para la nación. Esto implica su incorporación a procesos de formación que hagan posible la emergencia de un “nosotros” político. Debemos, por tanto, buscar un equilibrio entre el «olvido terapéutico» y el «imperativo de recordar». El entrelazamiento de ambas dinámicas inscritas en el horizonte universal de los derechos humanos es lo único que puede sanar lo que los venezolanos hemos venido siendo, sin caer en el fundamentalismo o la parálisis social.

Amnistía sí, amnesia no: hacia una reconciliación activa
Este horizonte es vital para una transición que evite los extremismos e instaure una paz civil genuina. La propuesta se centra en un “perdón difícil” que no borra los hechos ni opaca la memoria, sino que transforma el sentido del dolor hacia el futuro como base de una convivencia renovada. Se trata de un proceso activo de reconciliación política y social que reconoce la deuda impagada con las víctimas y la convierte en compromiso de no repetición de la violencia, articulando la tensión de lo “incondicional” (un perdón que se ofrece pese a lo imperdonable, sin cálculo ni compensación) y lo “condicional”, que requiere políticas públicas de memoria, justicia y reparación.
En este horizonte, el “perdón difícil” se traduce en acciones programáticas como la institucionalización de la memoria, la creación de espacios de diálogo y reconocimiento, el impulso de mecanismos de justicia transicional y la promoción de prácticas democráticas inclusivas, de modo que el pasado no se niegue ni se olvide, sino que se reconfigure como horizonte de responsabilidad compartida y convivencia justa.
Se propone la amnistía no como un «efecto placebo» impuesto por el poder para mantener el statu quo, ni como cosmética que pospone los conflictos y oculta los rencores, haciendo imposible la verdadera sanación al negar la verdad. La amnistía que se propone de cara a la transición exige que los actores del conflicto se encuentren en este horizonte. Los rabiosos de ambos extremos trancan el tránsito hacia la paz. Su incapacidad para superar el antagonismo los inhabilita para el proceso democratizador. La verdadera democracia surgirá cuando el reconocimiento deje de ser una lucha a muerte y se convierta en una práctica de convivencia reinstituida.
El desafío de apropiarse del futuro
En Venezuela esperamos que el modo de proceder no determine el producto final. Si aceptamos la fuerza como partera de nuestra libertad, difícilmente el resultado será un sujeto político que realmente instaure la democracia. Debemos abandonar la neolengua autoritaria, esos clichés lingüísticos y los automatismos de la polarización que estandarizan el pensamiento, entrar en la profundidad del corazón de los venezolanos y encontrar palabras e imágenes auténticas que permitan leer nuestra realidad. El futuro de la democracia en Venezuela ya depende de la capacidad de las personas para dejar de ser espectadores de la fuerza y convertirse en autores de su propia historia. Solo un sujeto político autónomo, consciente de su memoria y capaz de agonismo democrático, puede garantizar que la transición no sea un simple cambio de mando, sino una verdadera liberación.
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