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Variaciones sobre felicidad social

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Horacio Biord Castillo

Una frase chusca ampliamente usada en Venezuela es “éramos felices y no lo sabíamos”. Como comentario jocoso aplicado a la situación actual del país y, a la vez, queja por las extremas dificultades de las circunstancias presentes, parecería acertada a simple vista. Si como chiste funciona bien, pues sintetiza un descontento generalizado, no ocurre lo mismo como juicio sociológico. Como tal encierra, en el mejor de los casos, solo verdades a medias.

Es bastante probable que el país nunca haya vivido una situación tan compleja como la actual; pero, de allí a creer que antes “éramos felices” hay un trecho largo. La gravedad de la situación actual corre pareja con su visibilidad social, principalmente porque afecta de manera dura y sostenida a dos sectores que facilitan la percepción del fenómeno: las clases medias y la población urbana. Ello plantea dudas sobre si en el pasado hubo o no situaciones de gran pobreza y carencia de bienes comparables a la actual.

La pobreza rural tiene componentes distintos de la urbana, pues ocurre en contextos de saberes y haceres tradicionales y modos de producción que facilitan el acceso a recursos y productos que mitigan las necesidades básicas, a diferencia de las grandes concentraciones y hacinamiento de las barriadas populares urbanas, amén de las nuevas dependencias tecnológicas. Por otro lado, la visibilidad de un fenómeno implica su más amplia difusión. De allí que la situación actual haya adquirido una mayor visibilidad y, por ende, genere mayor preocupación que situaciones de inequidad del pasado.

Una duda sobre si antes éramos o no felices es la relativa a quiénes realmente lo pudieron ser. He ahí la grave cuestión de cuya respuesta depende, en gran parte, la construcción de un nuevo proyecto de país. Vale la pena interrogarse muy críticamente si esa felicidad era policlasista, sin diferencias regionales o de estrato social, de género, étnicas y tantas otras que hacen al país enormemente diverso y rico, por tanto, en su misma diversidad. Además el empleo del copretérito como tiempo verbal (“éramos”, “sabíamos”), se refiere a un antes impreciso y, por tanto, difícilmente situable en el continuo espaciotemporal.

Si nos fijamos en el país moderno, entendido a partir del impacto económico de la renta petrolera, podemos suponer que la frase de la supuesta felicidad se refiere, por tanto, a un relativamente largo y desigual período de la historia de Venezuela que comenzaría hacia 1920 y culminó, para emplear fechas redondas, en torno a 2000. Pero esos años fueron muy desiguales en campos como la política, la economía, lo social, la producción cultural, etc.

Un aspecto importante que no debe soslayarse es, sin embargo, la inversión del Estado en sanidad y salud, nutrición, educación, construcción de vialidad y viviendas. Ello (aunado a un efectivo proceso de movilidad social ascendente que caracterizó a la sociedad venezolana entre, al menos, 1930 y 1980 y posibilitó el surgimiento y consolidación de clases medias) contribuyó a crear la percepción de “felicidad social”, sobre todo visto ese largo período a la distancia, es decir, con suficiente perspectiva histórica.

Cuestiones que deseo enfatizar y dejar muy claras son las siguientes:

  1. a) obviamente estamos ante una situación sociopolítica y económica muy compleja que necesita soluciones verdaderas y sostenibles en el tiempo;
  2. b) los distintos gobiernos desde 1920 en adelante, especialmente entre 1936 (para tomar como evidencia el “Programa de Febrero” de Eleazar López Contreras) y 1999, se esforzaron con aciertos y desaciertos, cada uno con su estilo y talante político e ideológico, en lograr un país con menos desigualdades; pero
  3. c) decir que “antes” todos “éramos felices” e ignorábamos tal condición, me parece no solo exagerado sino inexacto.

Esta última cuestión sería baladí si solo se tratara de un chiste, pero como los comentarios jocosos suelen encerrar críticas sociales no expresadas de otra forma, me preocupa que las ideas y creencias que la subyacen se proyecten en el futuro. No debe plantearse ni asumirse de ninguna manera, explícita o no, la aspiración de querer regresar a un tiempo supuestamente idílico.

Bolívar, en el discurso pronunciado el 15 de febrero de 1819 ante el congreso constituyente reunido en Angostura (hoy Ciudad Bolívar), sintetiza su visión de estadista. En él expresó que el “el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”.

Esa idea ha sido recogida y parafraseada ampliamente en la propaganda oficialista en Venezuela en los últimos años. Incluso, en el “Plan de la Patria” para guiar el desempeño gubernamental entre 2013 y 2019, el segundo gran objetivo es “continuar construyendo el socialismo bolivariano del siglo XXI, en Venezuela, como alternativa al sistema destructivo y salvaje del capitalismo y con ello asegurar “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política” para nuestro pueblo”.

Con ello, y como también es posible aprehender en las metas (llamadas allí “objetivos nacionales”) y actividades u objetivos específicos (denominados “objetivos estratégicos y generales”), se establece una equivalencia entre el llamado por Chávez y sus seguidores “socialismo bolivariano” o “socialismo del siglo XXI” y la concepción de Bolívar sobre el mejor sistema de gobierno expresada en el Discurso de Angostura.

Probablemente 2018 será un año decisivo y definitorio para la vida venezolana de las próximas décadas. Lo que se haga o deje de hacer en materias como lo político, lo económico y lo electoral influirá de manera marcada y definitiva sobre el modelo de país que se adopte en el futuro inmediato. El llamado “socialismo bolivariano”, pese a sus intenciones, no logró responder a los retos del manejo del país y ha generado mayor pobreza, exclusiones y represión. En el campo ideológico, es muy común que los reformadores sociales asuman que el fin justifica los medios.

De allí la relevancia absoluta de desterrar la falsa idea de que antes éramos felices sin saberlo. De haberlo sido, y a mis oídos vienen entre otras (pese incluso a sus propias y, en muchos sentidos, lógicas contradicciones) las advertencias de Uslar Pietri sobre las dos Venezuela, reinterpretadas quizá a la luz de las décadas transcurridas, la historia hubiera sido distinta. De haber sido un país feliz, una masa importante de votantes, muchos de ellos políticamente ciegos y alienados de sus verdaderos intereses grupales, no hubiera privilegiado proyectos políticos como el del socialismo bolivariano y no hubiera castigado de manera tan reiterada y contundente -casi pienso “castrado”- a los principales actores políticos que contribuyeron a construir la Venezuela del siglo XX.

En otras palabras, el advenimiento del “socialismo bolivariano” o “socialismo del siglo XX”, no tanto su formulación como su concreción, responden a situaciones socioeconómicas objetivas que contrastan ampliamente con la pretendida anterior felicidad social desconocida.

Por tanto, Venezuela reclama la formulación de un verdadero proyecto de país que privilegie la equidad, la igualdad y la inclusión, desterrando para siempre la discriminación de cualquier tipo (incluso la ideológica), la exclusión (y, consecuentemente con lo anterior, la derivada de razones políticas), el racismo y las inequidades (aun las más sutiles e inaprehensibles).

El reto de 2018 es construir participativamente un nuevo proyecto de país y un insoslayable compromiso con él: la persistencia de la unidad y la determinación por horizontes más promisorios hacia escenarios de “mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”, nos aconsejaría casi doscientos años atrás, viendo quizá lo insumergible y enhiesto de la Piedra del Medio, el propio Bolívar.

Fuente: http://reportecatolicolaico.com/2017/12/variaciones-sobre-felicidad-social/

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