Por Israel David Velásquez, SJ*

En el libro Venezuela Heroica de Eduardo Blanco se narra la Batalla de la Victoria, una contienda que tenía como antagonista a José Tomás Boves, a quien Blanco describe como “un temible y bestial militar español” que parecía ser una eterna amenaza cuando nuestra República daba sus primeros pasos. Ante su presencia los bosques se llenaban de fugitivos que preferían confiar la vida de sus hijos a las fieras de las selvas antes que a la clemencia de aquel “monstruo que jamás conoció la piedad”. Los que no habían podido huir a las montañas buscaban la oscuridad para ocultarse, atormentados por los ruidos que para ellos eran precursores de la catástrofe que les amenazaba. En los pueblos el silencio lo dominaba todo, nada se movía, casi ni se respiraba. Esa era la descripción de aquella Venezuela que hace Eduardo Blanco y que estaba descrita dentro del carácter literario propio de la época que buscaba la exaltación romántica de sus protagonistas.

Hoy no se necesita de la estela literaria de Blanco, de Vallenilla Lanz o Briceño Iragorry –por nombrar algunos de nuestros historiadores– para narrar un presente que tiene como antagonista a la desesperanza y la resignación sembrada por un sistema político que somete a cualquiera a su paso, que al igual que Boves es temible y donde muchos han preferido, con razones válidas, buscar otras oportunidades fuera de nuestras fronteras. Tristemente algunos han fracasado en el intento, y solo por referir un ejemplo encontramos la embarcación de venezolanos interceptada a tiros por la Guardia Costera de Trinidad y Tobago, donde falleció un niño el pasado sábado 5 de febrero. Al mismo tiempo, dentro del país a veces pareciera existir un silencio incómodo que aturde a muchos jóvenes que quieren seguir soñando en nuestro país, llevando adelante una empresa compleja –y tal vez heroica– en nuestros días: resistir a la desesperanza y la resignación.

Sin enaltecer a unos y sin querer ser juez de otros es menester reconocer que hoy Venezuela vive entre dos extremos. Nuestro país está en los profesores que se olvidaron de su vocación aun cuando la resignación les ha ganado la batalla, olvidándose de que están para enseñar y no para frustrar al joven; pero Venezuela también está en el profesor que impulsa con sus palabras al alumno, que le acompaña, que hace el sacrificio silencioso para llegar a la universidad, al colegio o liceo, sin olvidar el esfuerzo adicional por motivo del Covid-19 que los ha llevado también a actualizar su pedagogía.

El país está en el comerciante que se ha aprovechado de la situación para llenar su bolsillo, pero está también en aquel que ha cambiado el aviso en su bodega o en su quincalla de “hoy no fío, mañana sí” por las palabras de “siempre que te pueda ayudar, te ayudaré” porque sabe que el hambre hoy está y mañana también.

Venezuela está en aquel que se fue del país y se olvidó de él, y en aquellos muchos que desde la distancia siguen atentos y no han dejado de soñar con algún día poder volver. Venezuela está en los gobernantes que no escuchan el clamor popular y que han hecho de la política literalmente su “mina de oro”, pero también está en aquellos liderazgos emergentes que, a pesar de las barricadas que coloca el totalitarismo y el continuismo, van hacia adelante codo a codo con la gente.

resistencia

Crédito: AP / Ariana Cubillos (2017)

Venezuela está en el militar que sirve a una ideología y en el estudiante que no deja de soñar y luchar por mantenerse firme en el aula de clases. Venezuela está en el pastor o el sacerdote al que su desesperanza le ha ganado y que hace la cruz más pesada en el viacrucis venezolano. No obstante, el país también está en el pastor o sacerdote que se mantiene con su feligresía, haciendo Resurrección.

Esto no se trata de una división entre “buenos” y “malos”, somos todos venezolanos. La diferencia está en que unos han sido vencidos por el poder que oprime mientras otros siguen resistiendo y van luchando para distanciarse del “sálvese quien pueda”. ¿Quién hace lo correcto? No es la pregunta tampoco. Lo único cierto es que esta realidad que vivimos hay que enfrentarla, y si no estamos de acuerdo con ella hay que cambiarla.

Cuando hay sistemas que oprimen y persiguen, bien lo afirma Jürgen Moltmann: “hay que decidir entre la tolerancia de un poder injusto e ilegal o la resistencia activa, encaminada a conseguir la libertad del país y establecer un estado constitucional y en consonancia con los derechos humanos”. La decisión no siempre es compartida, las realidades a veces se imponen cruel y desesperanzadamente.

En aquella batalla del 12 de febrero de 1814, aparecieron unos héroes anónimos ante el desgaste que había producido varios años de lucha. La batalla se daba en una Venezuela extenuada y con un déficit considerable en su ejército. El país se vio obligado a recurrir a sus estudiantes. Tal vez no sabían manejar las armas, no estaban acostumbrados a los sonidos propios de la guerra; no fue una empresa fácil, pero sabían que el riesgo era necesario, la patria se los reclamaba.

Nuevamente, hoy muchos jóvenes se mantienen garantizando la resistencia. Cabe preguntarse, si aquella joven que pudiera estar en cualquier otro lugar, y por el contrario está en un ancianato dando sus primeros pasos como religiosa, acompañando, regalando amor y cuidando con delicadeza a las abuelas que tal vez solo tienen la sonrisa de esa hermanita, no nos muestra una actitud heroica. Para algunos no puede representar nada, para las abuelas puede serlo todo; abuelas que tal vez en tiempos anteriores asistieron como enfermeras a los partos de tantos venezolanos o que educaban en el aula de un colegio a otros venezolanos.

Es propicio preguntarse también si la esperanza no se hace visible en aquellos jóvenes que se montan en la buseta, en la camionetica o en el Metro con sus uniformes vinotinto, amarillo o azul celeste indicándonos que son estudiantes de medicina e inevitablemente, al ver sus rostros, vemos en ellos la posibilidad de que lo que hoy se vive en las emergencias de los hospitales venezolanos, pueda cambiar algún día. De igual manera, no es mi intención ofrecer una definición de la esperanza, pero estoy convencido de encontrarla en la vocación de una joven que ha crecido escuchando que los medios de comunicación están censurados y, aunque ella misma se ha dado cuenta de ello, esa joven hoy es periodista y lleva adelante un programa de radio. No se quedó con lo que otros le dijeron, se atrevió a abrir un micrófono para dar voz a la esperanza, siendo ya su testimonio el mejor ejemplo de la misma.

Tal vez estos ejemplos para algunos no representan lucha política alguna, sin embargo, a la mayoría de nuestros jóvenes les ha tocado asumir responsabilidades antes de tiempo, mientras que a otros les ha tocado mantenerse en sus responsabilidades, aunque ya quisieran estar jubilados. Hoy la realidad política, social, económica y cultural no garantiza una sana transición generacional. Hoy no es visible –como en aquel 12F– un José Félix Ribas que en esta oportunidad, sin mesianismo, sea capaz de organizar y liderar a tantos héroes anónimos para la lucha. No obstante, puede que ese José Félix Ribas esté en el corazón de los que aún resisten y que anónimamente hacen que la esperanza no sea pura utopía, sino que se convierta en hechos.

Hoy el país necesita de la imprudencia, la autonomía, los sueños y del heroísmo de la juventud. Los jóvenes no necesitan de una simple asistencia social o ser defendidos por otros. Hoy la juventud, que quisiera hacer más por el país, necesita compañeros de lucha, compañeros de resistencia, necesita buenos referentes. Por ellos vale la pena, por ellos una vez más ¡es necesario vencer! Y si alguno quiere despertar la lucha política, que la resistencia de los jóvenes sea “un mensaje a García” para que se sepa que en la calle aún hay venezolanos que esperan les anuncien que es la hora de luchar.


*Politólogo. Jesuita en formación. Estudiante de Filosofía.