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Ucrania, un año después

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Por German Briceño C.

Decía el buen analista Lluís Bassets, en un artículo que echaba una mirada retrospectiva a los hechos más relevantes ocurridos el pasado año, que 2022 entero quedaría en la historia como el año de la guerra de Ucrania. En efecto, los doce eternos meses transcurridos desde la injustificable invasión de ese país por parte de Rusia, que todos hemos presenciado horrorizados en vivo y directo, se han hecho tan largos y dramáticos que parecen más bien años, llenando páginas enteras de la historia universal de la infamia, opacando cualquier otro evento inscrito en esa hoja del calendario que arrancamos no hace mucho. 

Cuando se escriba la historia de estos tiempos, habrá nombres que retumbarán para siempre como un hachazo en la memoria y en la conciencia de la humanidad (o cuando menos en la mía…): Mariupol, Gostomel, Bucha, Irpin, Kramatorsk, Járkov, Jersón, Bajmut, Soledar y un largo etcétera… Habrá también imágenes que no podremos olvidar jamás, como la ahora tristemente célebre calle Yablonska de Bucha, testigo de una masacre dantesca que evocaba las horas más oscuras del nazismo, con más de cuatrocientos civiles vilmente asesinados, una estela de cadáveres maniatados y tiroteados, abandonados durante semanas por sus verdugos como perros muertos en medio de la calzada. Lo más triste es que aún no ha terminado uno de sobreponerse a los horrores asociados a alguno de esos lugares cuando aparece otro para reclamar su siniestro protagonismo.

Cortesía El País

En los últimos días los focos se han posado sobre Bajmut, una población fronteriza de la región del Donbás, donde se libran encarnizados combates calle a calle por el control de un nudo de comunicaciones estratégico y con un gran valor simbólico: Rusia busca desesperadamente anotarse una victoria que durante tantos meses le ha sido esquiva; Ucrania, por su parte, quiere establecer una cabeza de playa en la disputada región, azotada por su propia guerra particular desde hace casi una década. En Bajmut se ha verificado el mismo patrón de destrucción que se repite en casi todas las poblaciones por las que ha pasado el ejército invasor: éxodos, torturas, violaciones, saqueos, ejecuciones sumarias, fosas comunes… En Bajmut también se pone en evidencia el curso actual de la contienda: una guerra de trincheras, palmo a palmo, con pérdidas incalculables, en la que las posiciones apenas se mueven.

Cortesía RTVE

Leyendo una crónica de la buena corresponsal María Sahuquillo, una de esas intrépidas periodistas que siguen los acontecimientos sobre el terreno, acerca de la desesperada situación de quienes allí han permanecido, atrapados en un pueblo fantasma, llama mi atención una foto que acompaña el reportaje: en una calle de edificios humeantes, destrozada por las bombas y la metralla recientes, no se observa un ser vivo, salvo por un perro famélico, solitario y desprevenido que sigue trabajosamente su camino entre los escombros. Uno de esos chuchos que sobrevive como puede. No pude evitar pensar en cómo se las arreglaría el pobre animal en medio de una guerra, sin entender un ápice del infierno demencial que los humanos desataron a su alrededor, seguramente acogido por el buen corazón de algún vecino caritativo, sin reparar en las propias privaciones, a pesar de la falta de alimentos, luz y calefacción, en medio de un invierno gélido.

 Y, por supuesto, están también las personas. Cuenta Sahuquillo que de los más de 70 mil habitantes que llegó a tener la ciudad, hoy apenas malvive un diez por ciento entre las ruinas heladas. Uno de ellos es Stas, de siete años, que, tras la liberación temporal por parte de las fuerzas ucranianas, dijo que había pasado todo este tiempo rezando y esperando por la evacuación. Sus plegarias fueron atendidas, y ahora ha sido evacuado junto a su familia hacia el occidente del país. Katya, una mujer joven que andará por los treinta, decía en cambio que no pensaba marcharse: 

“¿Sabes? La vida antes de esta guerra tampoco era muy buena, pero esta es nuestra casa al fin y al cabo… Las mujeres de esta zona somos fuertes, resistentes. Así que créeme, no nos quebrarán”.

Bajmut no es más que el último eslabón de una larga cadena de horror que, según algunas estimaciones, ha causado casi 300 mil bajas en los dos ejércitos, más de 40 mil víctimas civiles –muchas de ellas mujeres, niños y ancianos–, cerca de 15 millones de desplazados y refugiados, dentro y fuera de Ucrania, y una onda expansiva cuyas repercusiones militares, económicas, humanitarias, éticas y geopolíticas se han hecho sentir en el mundo entero. Un año después, no parece haber perspectivas de paz, pues la única paz duradera y justa sería una que restituya la situación anterior al 24 de febrero de 2022, a lo que los invasores no parecen estar dispuestos.

El presidente Volodímir Zelenski, la viva encarnación del indomable espíritu ucraniano, convertido en un valiente y heroico líder, intérprete y vocero de su pueblo, concluía unos días atrás una rueda de prensa de más de dos horas y media, en la que hizo balance de la invasión rusa hasta el momento, con una emocionada nota personal: 

No puedo pasar mucho tiempo con mi mujer y mis hijos. También hace mucho que no veo a mis padres. Es muy importante para mí no decepcionarlos, y que mis hijos estén orgullosos de mí… Es muy importante que puedan ir a una universidad en Ucrania… Cuando eres el presidente de un país en guerra, tienes que estar aquí. Porque los hombres y las mujeres de tu país están muriendo aquí. Soy muy afortunado de tener esta familia y a este país.

La guerra de Ucrania, el primer gran conflicto de los tiempos del Internet y las redes sociales, ha capturado la atención del mundo entero como nunca antes, pues nadie es capaz de permanecer impasible ante injusticias y sufrimientos de esa magnitud de los que somos testigos a diario. 

El premio Nobel de economía estadounidense Paul Krugman confesaba hace unos meses que estaba tratando de limitar sus lecturas sobre Ucrania a trece horas al día. Tal vez yo no llegue a tanto, pero no hay día en que no piense en Ucrania y en su sufrido pueblo y no haga mías las palabras del papa Francisco: «¿Podrá el Señor perdonar tantos crímenes y tanta violencia?». A pesar  de las cruces que todos llevamos, pero gracias a Dios con la posibilidad de descansar un poco por las noches en una habitación tranquila –mientras en Ucrania se van a la cama sin saber si un misil los golpeará en medio del sueño–, me resulta imposible no compadecerme de los millones de ucranianos, y de otros millones en tantos sitios –algunos muy cerca de nosotros–, que a estas mismas horas, tantas veces por culpa de los delirios, complejos y ambiciones de algún sátrapa, siguen condenados al escarnio inenarrable de la miseria y la guerra.

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