Por Francisco Contreras
Las transiciones son exitosas, factibles y posibles cuando se convoca con la mayor amplitud y tolerancia a los mejores y más calificados ciudadanos de un país.
Cuando se recuente la historia de Venezuela algún día, los hechos permitirán concluir que, los avances más significativos del desarrollo económico, cualitativa y cuantitativamente, se dieron en el lapso de 1936-1948. Desde al Siglo XX hasta el presente, fue este pequeño país, casi analfabeta, pobre y plagado de malaria uno de los de mayor progreso mundial en el más corto tiempo.
Más le debe Venezuela a la ciencia, a la institucionalidad y al espíritu cívico que, a las armas, a los relatos épicos, a los caudillos, al voluntarismo inmediatista y al autoritarismo. Más vidas salvadas tienen en su haber gente como Arnoldo Gabaldón y Ettore Mazzarri, que a los héroes patrios que reposan en el panteón nacional.
Más importancia prospectiva tuvieron los sueños de “Colombeia” de Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez de Espinoza, la única visión compartida y efectivamente cumplida del “Programa de febrero de 1936” y el frustrado Plan de la COPRE que cualquier compendio de afanes retóricos, radicales e inmediatistas del país. No habrá luz sin agenda, sin plan, sin hoja de ruta, sin movilización social, sin organización y sobre todo sin sentido de propósito.
Necesitamos lo mejor para la reconciliación, la unidad y el cambio del país, condicionados por el respeto de los derechos de las minorías y del pluralismo, para no referirnos a lo consustancial de la democracia: poderes autónomos, independientes y legítimos con transitoriedad de aquellos sujetos al sufragio. Una economía de mercado, libre de la emisión irresponsable de dinero, de las asimetrías de información, de los incentivos perversos y del poder discrecional, es decir un marco regulatorio inmune a la extracción de rentas.