Los macrodatos al servicio de un proyecto teológico-político
Peter Thiel no es solo un multimillonario de Silicon Valley. Es uno de los pensadores más influyentes del poder tecnopolítico contemporáneo. Fundador de “Paypal” es también fundador de “Palantir”. Esta última no es una simple compañía de software, sino una peculiar teoría del Estado transformada en empresa para la implementación estratégica de decisiones a partir de macrodatos.
Palantir condensa en una sola institución, vigilancia, guerra, capital e ideología. Por ejemplo, uno de sus productos más exitosos es “Gotham”. Desde hace años, sirve a las principales agencias de seguridad y de inteligencia del mundo. Por eso el problema de Palantir no es únicamente técnico, sino político y antropológico. Cuando una plataforma se vuelve indispensable para policías, estrategia militar y servicios de inteligencia, aparece el “vendor lock-in”: el Estado ya no compra solo un servicio, sino la inteligibilidad misma de sus decisiones. La dependencia tecnológica se convierte en una cesión de soberanía.
No estamos ante un instrumento neutral, sino ante la infraestructura ideal de un poder tecnoautoritario, capaz de clasificar poblaciones, priorizar objetivos y ocultar decisiones políticas bajo la apariencia de pura eficiencia técnica. El ejemplo concreto es “Maven” —software integrado con IA y utilizado en la guerra de Irán— transforma la cadena de decisión hasta reducir al ser humano a una garantía casi simbólica. La pregunta “¿quién es un objetivo legítimo?” corre así el riesgo de desplazarse del juicio prudencial humano al sistema de optimización algorítmico. Y algo semejante ocurre en la cuestión migratoria: “Falcon” e “ImmigrationOS” permiten localizar personas, reconstruir vínculos familiares, rastrear hábitos de movilidad y coordinar violentas expulsiones. El migrante deja de aparecer como rostro y biografía y se convierte en un “target” que es preciso lograr.
Palantir se entiende mejor cuando se estudia la teología política que habita en la mente de su fundador. Thiel toma de John Henry Newman el deber de vigilar los signos del Anticristo; de Renè Girard, la intuición de que la violencia mimética estructura la historia; y de Carl Schmitt, la lógica amigo-enemigo. El problema es que, donde Girard veía en Cristo la ruptura del mecanismo sacrificial, Thiel conserva el diagnóstico de la violencia pero desplaza la respuesta hacia la acumulación de poder. Para Thiel debe existir una fuerza que contiene al Anticristo, y esa fuerza es siempre ambigua, siempre a un paso de convertirse ella misma en Anticristo. Los Estados Unidos, en su lectura, ocupan exactamente esta posición límite.
El Papa Francisco advirtió en el G7 que ninguna innovación es neutral y que la IA puede imponer modelos uniformes y reforzar un “paradigma tecnocrático”; El documento vaticano “Antiqua et nova” insiste en que la paz no puede sostenerse con instrumentos que justifiquen injusticia, violencia u opresión; León XIV ha reiterado que la IA debe evaluarse a la luz del desarrollo integral de la persona y nunca confundirse con la inteligencia y mucho menos con la sabiduría. Palantir de este modo es un importante “signo de los tiempos”: cuando la técnica promete salvarnos mediante vigilancia total, selección algorítmica de enemigos y administración logística de los vulnerables, el poder deja de servir al hombre y comienza a reclamar su obediencia.
Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina
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