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Solidaridad e insensibilidad

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Por Antonio Pérez Esclarín

El terremoto en Siria y Turquía nos conmovió profundamente a todos. Cada día presenciábamos atónitos cómo subía el número de muertos y desaparecidos. Las fotos de ciudades destruidas arrugaban el corazón. Nos sentimos orgullosos porque la solidaridad puso en movimiento, con rapidez, equipos de rescate y maquinarias de muchos países.

Admiramos el valor y entrega de voluntarios de varios países dispuestos a arriesgar sus vidas para salvar a otros. Nos admiramos al ver cómo el rescate de una persona era suficiente para dar por bueno el duro trabajo, más todavía cuando los salvados bajo los escombros eran niños, cuya foto nos emocionaba y hacía brotar las lágrimas.

Pero, al mismo tiempo, por las rutas de Europa y Asia se sigue transportando hacia Ucrania todo tipo de armas letales en una guerra que lleva más de un año, ha aniquilado más vidas que el propio terremoto, ha devastado territorios y, por supuesto, engorda los bolsillos de los fabricantes y vendedores de armas. El gasto militar en el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), asciende a más de un billón de dólares, es decir, un millón de millones (1.000.000.000.000). La fabricación de armas es la industria más próspera a nivel mundial, y como las armas hay que venderlas y usarlas, se promueven guerras y se fomenta la carrera armamentista.

Hay una evidente desproporción entre la emoción y los medios suscitados para salvar vidas en un terremoto y el envío de instrumentos de muerte para resolver este conflicto humano.

Pero todavía me parece más ilógica la falta de solidaridad con las numerosas víctimas, muchas de ellas niños y niñas, que mueren cada día por el hambre y la miseria. Para frenar este flagelo –que causa muchísimas más víctimas que todos los terremotos y maremotos– la humanidad no se moviliza y más bien vive de espaldas a esta realidad ignominiosa y fácilmente derrotable si hubiera sensibilidad y respeto a las vidas de todos. 

Hoy estamos en el mundo unos ocho mil millones de personas y, según datos de la ONU, la humanidad está en capacidad de alimentar a unos doce mil millones. Sin embargo, siguen muriendo, no ante nuestros ojos pues el hambre no es noticia –como sí lo son los terremotos y los grandes cataclismos– para los medios de comunicación, que deciden qué es noticioso y qué no. Nuestro mundo es tan absurdo que con lo que se gasta en armas en 10 días, se podría proteger a todos los niños del mundo.

Hay dinero y mucho dinero para matarnos y destruir la vida humana y natural, pero no hay dinero para proteger las vidas de los pobres y de los más vulnerables. Y no hay dinero porque la humanidad ha perdido la sensibilidad social. Jean Ziewgler, exrelator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, no vacila en catalogar el actual orden mundial como asesino y absurdo: “El orden mundial no es sólo asesino, sino absurdo, pues mata sin necesidad. Hoy ya no existen las fatalidades. Un niño que muere de hambre hoy, muere asesinado”.

El pasado 22 de febrero, Miércoles de Ceniza e inicio de la Cuaresma, el papa Francisco hizo un llamado para combatir el hambre con acciones concretas, y reiteró la necesidad de encontrar una solución pacífica al conflicto bélico entre Rusia y Ucrania y a todas las diversas guerras en el mundo, ocultas por los grandes medios de comunicación porque no ponen en peligro los intereses de sus países. Ojalá que en esta Cuaresma, y en la próxima Semana Santa, cultivemos la genuina solidaridad orientada a impedir que sigan muriendo vidas inocentes.

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