Por Bernardo Moncada Cárdenas*

Aunque la abundante y bien pagada propaganda anticatólica haga ver lo contrario, la Iglesia ha dado siempre muestras de discernir con claridad los signos de los tiempos y responder en direcciones muchas veces sorprendentes. ¡Es genético! Se puso de manifiesto esa vocación desde que Jesús se presentó como el Verbo encarnado, Hijo del Hombre, desconcertando escribas y fariseos, y Pablo protagonizó su radical conversión, pasando de celoso perseguidor a incansable predicador del Evangelio. Los sucesivos concilios de su historia son dramáticos momentos de revisión, evolución, y adaptación que, sin proponérselo, inciden en el contexto mundial.

Su Santidad Francisco, primer Papa latinoamericano –lo cual ya ha sido una inesperada novedad– está decidido a dar mayor velocidad a lo que sus predecesores iniciaron. En la actualidad, la Iglesia católica se estremece con el llamado papal a la sinodalidad. “Sínodo” es un apelativo tradicional para ciertos encuentros eclesiásticos; no es ocioso repetir que encierra dos conceptos: “Sin”, unión, unidos, juntos, y “odos”, vía, camino, caminar, raíz que hallamos en “método” (vía hacia un fin), “odómetro” (lo que los venezolanos llamamos cuentakilómetros y mide el camino recorrido).

Pero el llamado a la sinodalidad, al caminar juntos, lanzado con el Sínodo sobre la Sinodalidad, agrega un exhortación crítica a una Iglesia que, como institución, no ha podido extirpar hasta ahora la tentación del clericalismo, distorsión de la autoridad sacerdotal. Ésta, por una parte, releva a los fieles de sus deberes como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, con una sustancial misión, relegándolos al papel de simples empleados de las parroquias, mientras encumbra al sacerdote –a veces seduciéndolo hacia un autoritarismo no cónsono con su vocación de servidor- y lo recarga con tareas que bien podrían realizar laicos bien formados. Esta distorsión no solamente pervierte el objetivo de la estructura eclesial, sino que -como advierte el teólogo chileno Ronaldo Muñoz- «las estructuras de forma clerical, digamos las que asumen el clericalismo como parte de la vida cotidiana, se convierten en obstáculos para el anuncio del Evangelio», vulnerando el propósito esencial del sacerdocio y laicado.

Por supuesto que, desde la inercia que toda institución genera, esta exhortación encuentra renuencias. Bien lo ha previsto el Papa: «Hay mucha resistencia a superar la imagen de una Iglesia rígidamente dividida entre dirigentes y subalternos, entre los que enseñan y los que tienen que aprender, olvidando que a Dios le gusta cambiar posiciones: ‘Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes’ (Lucas 1,52), dijo María» (18.IX.2021).

Pero el principal impedimento a vencer no está en la Iglesia, precisamente. El clericalismo es una plaga que permea todas las estructuras organizativas de la sociedad, especialmente las que se denominan políticas. Esta división tajante entre dirigentes y subalternos, esta total consignación del poder en manos de unos pocos, a quienes entonces se hace responsables exclusivos, se ha impuesto como cultura genérica de las organizaciones. Por ejemplo, en la educación (como en la evangelización) se hace especialmente dañina, cuando los padres renuncian alegremente a su tarea de educar, dejándola en manos de maestros y psicólogos.

El llamado a la sinodalidad cobra especial urgencia cuando, en nuestra sociedad, hasta la facultad de pensar y decidir se deja en manos ajenas. Rafael Luciani, asesor venezolano en la organización del Sínodo sobre la Sinodalidad, ha explicado con entusiasmo que la sinodalidad «significa en la vida cotidiana, una cultura nueva del consenso, no una cultura donde unos deciden y el resto ejecutan pastoralmente algo, una cultura del consenso en la Iglesia es en función de la misión y todos somos corresponsables de la misión, por tanto o hacemos la misión a partir de consensos o simplemente seguiremos divididos«. Seguiremos divididos, exactamente.

Este resaltar la corresponsabilidad de todos, de hecho, supera los límites de una confesión religiosa. La Iglesia, madre y maestra, convoca a recobrar una actitud participativa, un civismo, que nos lance a ser protagonistas responsables de la marcha de nuestras organizaciones y nuestra nación.

Aunque el Papa Francisco haya advertido que no es una consigna, el término “sinodalidad” corre el riesgo de convertirse en una de esas palabras talismán, como los neologismos que la banalidad moderna utiliza invocando supersticiosamente un avance que nunca llega, así “empoderamiento”, “gobernanza”, etcétera. Por lo contrario, su significado exhorta a un cambio profundo en nuestra actitud frente al mundo.

«Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», la consigna lanzada por Francisco, bien puede aplicarse a la conducta que la realidad nos pide en todos los ámbitos. Sinodalidad es responsabilidad.


*Arquitecto y máster en filosofía. Profesor investigador (ULA).

Nota:

Este artículo fue publicado en el portal reportecatolicolaico.com

Fuente:

Boletín del Centro Arquidiocesano Monseñor Arias Blanco del 05 al 11 de noviembre de 2021/ N° 123: mailchi.mp